viernes, julio 19, 2019
Gazeta de la melancolía   el blog de Víctor Colden
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Víctor Colden

Víctor Colden
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En el museo de Málaga se exhibe el casco de bronce de un guerrero de hace más de dos milenios. La escritura de Víctor Colden es su casco corintio: herrumbroso, abollado, delicadamente roto en dos o tres pedazos. A la guerra de la vida va con ese casco lleno de costurones: sus cuadernos, y la destilación de prosa que en ellos van dejando los días.En su tabuco de escribidor, ha compuesto Colden una cincuentena de crónicas personales sobre el idioma español reunidas bajo peculiar seudónimo en su "Cuaderno de lengua", el relato inédito "Veinticinco de hace veinticinco" (un combate personal a todos esos asaltos con el año 88) y la novela "Inventario del paraíso" (Libros Canto y Cuento, 2019).También los textos de esta "Gazeta de la melancolía", en los que anda siempre a vueltas con la memoria, la amistad, los libros queridos y los discos de antes, las carreteras secundarias, los árboles y los ríos, el paso del tiempo, las amarguras viejas y la felicidad. Entre la atracción del gabinete de lectura y la tentación de la montaña.

El triunfo de la luz

«Málaga o el triunfo de la luz», se va diciendo al caminar. De la abundancia de la luz, de la luz que se derrama sobre los montes como una miel, como un don, como una mano lenta y suave que acaricia el mar y los árboles. Y mientras camina, se pregunta cómo sería vivir aquí: vivir así —o morir— bañado en luz, en luz de oro.

El caballero inactual

Levantamos la mirada de la página degustando las evocaciones que suscitan en nosotros los pasajes leídos. Y nos sumimos un momento, como aquel personaje de otro libro de Azorín, “en dulce evagación”. ¿Por qué tiene su prosa siempre este efecto en nosotros? ¿Será por la armónica impresión de actualidad y atemporalidad? No lo sabemos bien, pero ha de ser algo así.

Fantasías que se apagan

«Me parece que fue a principios de siglo...», dijo con una sonrisa, «cuando empecé a dejar de creer en un puñado de cosas en las que, tal vez de manera vaga pero persistente, había creído durante mucho tiempo». Me sorprendió el arranque de mi amigo. Pero sucede a veces: hay diálogos así, aunque a uno se le antojen ya casi exclusivos de novelas o películas. «La amistad, la conversación, el verano, el anhelo del viaje o la aventura». Mi amigo parecía inspirado...

Huele a junio

De este año no pasa: en nuestro mes favorito, caminaré por el parque aprendiéndome —por fin— el poema de memoria (“bajo tu sombra quiero ver madurar los frutos”), más de treinta años después de que lo leyéramos por primera vez (“las manzanas silvestres y los higos cuajados de corales submarinos”), y lo haré pensando en ti, en Nacho y en Pía, “la duquesa”, y como humilde homenaje a su autor, uno de nuestros ídolos, que hace poco ha muerto en Córdoba (“la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes…”).

Diario de Valvanera

Martes 6 de diciembre. Parece que sí: me voy mañana al monasterio de Valvanera, a escribir. A ver si le doy un buen impulso al Inventario del paraíso. Dudas, tironeo entre las ganas de hacerlo y el temor a la soledad, más esa sensación de inevitabilidad ante las decisiones tomadas que, aunque todavía podríamos dar marcha atrás, sabemos que ya no tienen remedio.

La llamada

La desoí mucho tiempo, pero ella no cejaba. «Ven», me decía con su voz azul. Andaba yo confuso, el tiempo y sus enredos me habían atrapado. Y la miraba de reojo, con nostalgia y fingida indiferencia: como si no me importara. Aunque sabía que era suyo. «Ven», me decía la montaña, «tú eres mío». Yo era suyo, sí, y no podía desobedecer a su llamada.

La risa de Bruno

«¡A mí no me quiere ni mi madre!», recuerdo que aullaba Bruno en mitad de una partida, tras ganar otra mano. Había ido encadenando victorias, casi tantas como tragos de cerveza, y acordándose del “afortunado en el juego…”, emitía de repente su conclusión, siempre a voz en grito —«¡A mí no me quiere ni mi madre!»—, y todos nos echábamos a reír. Era imposible no hacerlo, porque la risa de Bruno se contagiaba con facilidad.

Algo mío en Cádiz

Yo de Cádiz podría decir lo mismo que dice Xuan Bello de los puentes: que me gusta porque tiene algo mío que no me explico, y que esta afición ya estaba conmigo cuando del mundo nada conocía. ¿En qué pienso cuando pienso en Cádiz? En un tacto de siglos al acariciar por las calles los cañones herrumbrosos de las esquinas y los poros de la piedra ostionera...

Negroni

Desde el principio me pareció notar un fondo de descreimiento en el entusiasmo del editor estadounidense («Pero mi madre era argelina y la familia de mi padre procedía de Cracovia»). En esa atracción que decía sentir por las personas que conocía en sus frecuentes viajes internacionales, ¿habría algo más que una clase particular de cinismo? ¿O era escepticismo? Pronto él mismo confirmaría mis sospechas, entre trago y trago de su segundo negroni. 

Las amarguras viejas

En tu sueño tenías, igual que el poeta, una colmena dentro del corazón. “Y las doradas abejas / iban fabricando en él, / con las amarguras viejas, / blanca cera y dulce miel”. Pero siempre dudaste. ¿Tan lento va el proceso o será que no funciona?