Ay mi escalerita

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Solo quedan las fuerzas policiales que aún siguen con el subidón de adrenalina de por la mañana después de que Nasrallah reapareciese en el sur de Beirut entonando como Chanquete que de Siria no, no los moverán.

 

Las escaleras Massad se encuentran en Mar Mikhael, enfrente de la farmacia Michel, que trata mis recurrentes diarreas otoñales por envenenamiento y los abortos tan deseados de muchas de las clientas emparejadas de la zona. Una asociación que se dedica a preservar el patrimonio histórico y cultural de la capital libanesa organiza un acto con el fin de impedir la destrucción de las emblemáticas escaleras en favor de una autopista que permitirá a las libanesas arrancarle unos minutos más a sus depilador de chochos preferido.

 

Teresita me espera allí donde no tiene pérdida, al lado de una improvisada barra donde se vende sangría y cerveza en honor a todos los viejos edificios que resisten. Pero hoy he llegado un poco tarde enfrascada como estaba intentando averiguar si existe un porno musulmán y cuáles serían las posibles localizaciones. Me he perdido irremediablemente el plato fuerte de la jordana: la visita del ínclito Nadim Gemayel, un gordito de la Falange libanesa hijo del asesinado Bashir Gemayel, y que ya la montó parda hace unos meses liándose a tiros en un bar de lesbianas del barrio. En este aburrido Beirut había depositado toda mi fe en Gemayel hijo, con la esperanza de que en un ataque de ira se sacara ese rabo histórico en medio de las escaleras y le gritara a la concurrencia bollera: “Tomad Falange zorras”.

 

Desgraciadamente Teresita me informa de que Gemayel ha llegado, ha saludado para las noticias de las 8 y desparecido raudo en busca de alguna bolsa de Chetos. Solo quedan las fuerzas policiales que aún siguen con el subidón de adrenalina de por la mañana después de que Nasrallah reapareciese en el sur de Beirut entonando como Chanquete que de Siria no, no los moverán…

 

A falta de políticos de alto nivel, esto es, gente con más de cinco condenas a cadena perpetua en su haber por asesinatos y matanzas varias, nos conformamos con el presidente de la comunidad de vecinos de la casa que se levanta junto a las escaleras. Un armenio agitanado y trajeado que si se pone a zapatear sería la reencarnación de Chiquetete y que supervisa el cotarro, da entrevistas y se hace fotos con las viejas tenderas de la calle. Para amenizar la velada han contratado al primo de Chiquetete a la guitarra y que, probablemente borracho, canta que los libaneses quieren a los armenios, quieren a los srilankeses, quieren a los egipcios… Quieren que los sirios se vayan ya a su puta casa.

 

No faltan los típicos europeos trendy, hipster, ecológicos, bohemios, concienciados, un tanto subnormales, que se sienten especiales formando parte de esa escena cultural libanesa en la que básicamente no hay ni escena. Una chica delgada y de aspecto cool con sus grandes gafas y sus pantalones pitillos negros fotografía las escaleras con la misma cara que debió de poner el gran Schliemman el día que ante sus ojos aparecieron las ruinas de Troya. La gente come mazorcas de maíz con una devoción difícil de entender para mí. El contraste vital se hace evidente cuando visualizo, en una pesadilla, como habría sido mi infancia si mi abuela hubiese interrumpido el suministro a escondidas de patatas Risi y de gusanitos para decirme: Hala niña, hoy toca merendar rica mazorquita de maíz.

 

El guitarrista, inflamado por el éxito obtenido, se lanza ahora a cantar “Ay mi escalerita, mi escalerita” según mi impagable traductora, la gente lo inmortaliza con sus móviles, cuelga fotos en Facebook dando las gracias a todo quisqui por su inestimable support, por venir a Mar Mikhael a pillarse un pedo, consumir drogas, comprar magdalenas en el barrio y, especialmente, por querer conservar ese Beirut heritage molido a palos, ignorado, vilipendiado y saqueado aunque sea en forma de unos vulgares escalones.

 

Teresita me invita a su acogedor salón a tomar un vodka con mirinda de naranja y hablar de nuestras cosas. Charlamos, guardamos silencio, nos sumergimos en el dulce vicio de la conversación pausada. Hoy, 14 de noviembre, se cumplen 100 años de la publicación de En busca del tiempo perdido, un libro magistral que me recuerda a menudo el gigantesco simulacro que la vida necesita para seguir girando. Un simulacro que por momentos me harta, me enferma, haciéndome desear llegar a esos viejos salones de Beirut en los que algunas noches he recuperado no solo el tiempo perdido sino, sobre todo, el placer de ser yo misma.