Azul y Homero Alsina Thevenet

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Sin buscarlo, del palomar donde son abandonados los libros que en principio nadie quiere, rescato un libro cuyo título no me dice nada aunque parece encerrarlo todo, Las cataratas. Se me abren los ojos cuando desemboco por azar en un capítulo titulado ‘En azul’ y del que extraigo apenas algunas de las frases que, como una palinodia, ha recopilado Eliot Weinberger:

 

“Kandinsky dijo que el azul crea una sensación de calma sobrenatural. ‘Al mezclarse con el negro adquiere un tono de tristeza inhumana […] Al inclinarse hacia la luminosidad […] se torna indiferente como el cielo claro y lejano”.

 

La calma sobrenatural apela a una concepción metafísica. Y la tristeza inhumana ¿a qué clase de plomo, cobalto, estepa, vacío apela? Mezclado con el negro. Los sentimientos de los colores nos llevan entreteniendo desde que el ojo empezó a distinguirlos y la lengua a nombrarlos. ¿Azul indiferente como el cielo claro y lejano? Es posible. Ha pasado el momento del alba, de ese primer crepúsculo, se han definido las siluetas que han logrado sobreponerse a la capa de alquitrán, a la nada con la que –con tanta torpe pereza- identificamos a la noche. Con el día asentado, al levantar la vista del plano, de las alpacas, de la carretera, de la nuca del que nos precede, de las señales, de los muros de las casas, de la ventana, del escritorio, de la pantalla vemos por fin un azul avitaminado, anémico, el adjetivo que Leila Guerriero utilizará dos veces en la crónica El gigante que quiso ser grande.

 

Agrega Eliot Weinberger unas líneas más abajo que “el azul es un sonido”. Y después de un punto y aparte:

 

“Amy Beach afirmó que un la bemol es azul. Rimski-Kórsakov, que un mi sostenido es azul. Franz Liszt, durante un ensayo en Weimar en 1842, imploró a la orquesta que añadiera un poco de azul”. Antes de terminar su leve exordio (es una exageración: en realidad son apuntes para que alguien se sirva lo que guste, tapas azules, caja de bombones azules, caja de lápices con variaciones sobre el azul) y escribir el año [2008], Eliot Weinberger todavía apunta, bajo los romanos VIII, una cita de Malevich:

 

“He roto la frontera de los límites del azul y he entrado en lo blanco”.

 

Al igual que mi padre, el azul, el número 5 y la letra A son mis favoritos. ¿Por qué? No he hecho suficientes indagaciones. A mi padre ya no puedo preguntárselo sin recurrir a las artes oscuras. En mi caso puedo trazar algunas hipótesis. Pero no esta noche.

 

 

 

Durante una larga temporada, mi hermana Marta se dedicó a hacer cajas a la manera de Joseph Cornell. (En Cornell es muy importante el color azul). Durante mucho tiempo soñé con tener una casa con una habitación en la que instalar un banco de carpintero (provisto de un diamante para cortar cristales) para fabricar cajas a la manera de Cornell. Pero me voy haciendo viejo –hoy ya son 54 años, me voy acercando al azul cobalto de algunas tumbas remotas- y todavía no he conseguido hacerme con una casa en la que quepan todos mis libros y en la que pueda tener una habitación en la que instalar un banco de carpintero (provisto de un diamante para cortar cristales) para fabricar cajas a la manera de Cornell.

 

Esta caja está datada, por detrás, en el año 1994, y se titula Caja de Ángel. Aunque mi padre se llamaba Ángel, esta caja está dedicada a nuestro hermano Ángel. Mi hermana emprende hoy un largo viaje hacia Australia. Cuando pienso en las antípodas (durante años escribí «los antípodas», abducido por el Libro de estilo de El País. Pero me he cansado de escribir los antípodas. Aunque sea lo correcto, todo el mundo dice las antípodas, y suena mucho mejor las antípodas que los antípodas), es decvir, en Nueva Zelanda, el país de mis sueños y de mis deseos durante buena parte de mi adolescencia, inmediatamente me viene a los labios el color azul, y no por su bandera, y no porque se trate de dos islas y el mar esté mucho más presente que en Vigo, donde nací.

 

En otro de los reportajes que forman parte de la antología Frutos extraños, de Leila Guerriero, el dedicado a Homero Alsina Thevenet (un tipo que, como a Max Aub y el pueblo de Conventry, me hubiera gustado haber conocido, y a veces tengo la sensación de haber soñado intensamente que los conocía: a los tres, Homero, Max y Coventry), se recoge una de las entradas que HAT había incluido en sus Enciclopedias de datos inútiles, bajo el título de ‘Algunas sugerencias para periodistas modestos’, un texto que, cuenta Leila, “cada vez que un nuevo periodista era incorporado al suplemento ‘Cultural’ [del diario El País, de Montevideo, que Homero dirigía: el suplemento, no el periódico entero] se le entregaba el manual de estilo, una versión resumida de…”:

 

“Comience toda nota en el centro del tema […] Las primeras líneas deben apresurarse a establecer qué, quién, dónde, cuándo. El cómo puede esperar al segundo párrafo. Elimine al máximo el Yo, el Nosotros, los otros pronombres respectivos (me, mí, nos). El enfoque gramatical de primera persona debe reservarse para aquello que es absolutamente intransferible […] Salvo casos de extrema necesidad elimine los signos de interrogación; el lector quiere respuestas y no preguntas. […] Evite los signos de admiración: el concepto deberá ser bastante asombroso con sólo enunciarlo, sin que usted le coloque una bandera encima […] Elimine las referencias al hecho mismo de estar escribiendo una nota. Sea un espejo sin decir ‘aquí estoy como un espejo’. La prosa tersa no se dobla sobre sí misma. […] Reescriba toda vez que pueda hacerlo. Si tiene a mano un lector que ignora el tema, confíele una primera revisión del texto. Si él no entiende algo, la culpa es de usted […] Elimine rodeos y larguezas. Un título periodístico llega a alargarse para llenar espacios como ‘Se experimentaron precipitaciones pluviales en todo el sur de la república’ pero siempre será mejor que usted escriba, llanamente, ‘llovió en todo el sur del país’”.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con el azul? Nada. Pero a veces me da por pensar que la lluvia, tanto en Monteviedo como en Lisboa, es azul.

 

“Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro, cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges”.

 

Así comienza la novela Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. El siguiente párrafo consta solo de una frase:

 

“Mi madre llevaba varios días muerta”.