¿Bailamos?

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Cuando tú lo único que quieres es alguien que te espere leyendo novelas policiacas y fumando, como Patti Smith a William Burroughs: "Él sale tambaleándose de El Quixote, un poco borracho y desarreglado. Le enderezo la corbata y le paro un taxi. Es nuestra tácita rutina." Con eso basta.

 

 

“¡Qué buena noche, cojones, qué buena noche! ¿Qué hora será?”

 

Sabor a mí, P. J. Gutiérrez

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=0Uc3ZrmhDN4

 

Lo suyo es escucharla y luego tararearla como se pueda. De todas formas, lo de tararear una canción tampoco es tan complicado. El asunto es dedicarle la bochornosa imitación a alguien para así salvar los muebles, con una dedicatoria que te haga sentir una estrella de rock encubierta y que diga:

 

Con cariño, de Antonio.

 

Antes de entrar en la facultad cobraba por doblar corbatas y servir champán lo suficiente como para permitirme el lujo de que me multasen por aparcar en sitios raros. Ahora, cinco años después (de becario), gano lo justo para celebrar mis ingresos hasta el cuarto día del mes, y no llega a más. Y bueno, la carrera todavía no la he terminado, pero ese es otro tema. Aún me guardo derecho de 2º curso porque no quiero precipitarme, quiero dejarme la asignatura en la guantera, para poder decir siempre que estoy con un proyecto entre manos y asomarme por clase demostrándome a mí (y de paso al resto) que aún no estoy listo. Que cuando el profesor pregunta la definición de jurisprudencia y todos en el aula se giran hacia mí esperando una respuesta por llevar más barba (y ya es poca), yo pongo cara de ceder la palabra en función de un protocolo de respeto. Al día siguiente voy a las prácticas y entro en la sala de edición murmurando la palabra jurisprudencia por si me sirviese de algo.

 

Así están las cosas cuando me quedan tres chelines en la cuenta corriente el quinto día del mes, y Línea Directa me notifica que finalmente tengo que pagar una multa que reclamé con ellos hace un año. O bien ir a juicio.

 

-Iré a juicio- digo sacando pecho.

 

-Muy bien. Ha de pagar el juicio, un abogado, tasas, y cuando pierda tendrá que pagar la multa con recargo.

 

Me imagino declarándome inocente y el símbolo de Batman proyectado en el techo del juzgado pero termino asumiendo que será mejor pagar antes de que se me vaya de las manos. 200 euros por circular por el arcén una fría mañana de un lunes de febrero, a las 7, que los agentes deberían entender que no son horas para andar con sobresaltos. Cuando me pararon me puse tan nervioso que miraba hacia el maletero por el retrovisor como si escondiese algo.

 

-¿Qué he hecho?

 

-Circulaba usted por el arcén sin razón alguna.

 

-Bueno agente, es que por la calzada había atasco.

 

Me pusieron la multa mientras yo asentía como un corderito degollado y cuando desparecieron en el horizonte saqué la cabeza por la ventanilla y les grité envalentonado:

 

-¡Canallas!, veréis que no la pago.

 

Y en esas ando. Haciendo cálculos logarítmicos para ver cómo consigo pagarla. Por eso se vuelve uno más precavido, sin arriesgar en las curvas y evitando a toda costa las multas de aparcamiento. Termina siendo mejor dejar de lado el coche, encerrarse en casa y resignarse a esperar con ganas los viernes (si no qué nos queda), para entonces salir por la puerta con una botella de ron y diez condones al bolsillo advirtiendo a tu madre que vas en una misión de dios, como John Belushi y Dan Aykroyd en The Blues Brothers. Y así acabar la noche susurrando a la chica de la barra lo que aquel hombre en una cena de París le dijo a una joven actriz peruana:

 

-No sé con quién has venido, pero no te irás a casa con él. Dalo por hecho.

 

Una lástima que esto se reduzca a los viernes. Trágico ¿verdad? Por eso últimamente le he cogido el gusto a beber entre semana, y cuando suena el despertador lo único que me consuela es el dolor de cabeza para saber que no pasó nada exageradamente raro. Pero al fin y al cabo siempre me termina doliendo algo. Y eso me pasa por sensible, que si a ella le tiembla algún diente a mí se me saltan las muelas, y me confundo, que ya no sé si es por romántico o es por ser hipocondriaco.

 

Aunque siempre lo normal fue confundirse, como cuando sales de casa dispuesto a no beber y a no ceder ni un beso y terminas al amanecer tambaleante despidiendo con ternura el último trago y justificando tus besos murmurando que con anginas lo mejor será seguir besando.

 

Lo que está claro es que ya ni sabemos deletrear esdrújulas. Antes una chica no se acordaba de tu nombre y te enrollabas con ella sin recordárselo. Ahora una antigua compañera te llama convencida ¡Andrés! y tú asientes y titubeas agachando la cabeza, y notas que lo próximo será cambiar los viernes por un digestivo después de cenar y un cigarrillo mentolado. Pero al fin y al cabo, a eso es a lo que aspira uno en la vida. A cumplir los 30 viviendo en batín y calzoncillos con los calcetines bien altos (cualquier otro ropaje está sobrevalorado), caminando con lentitud mientras te acaricias los alrededores del ombligo, sentándote en el porche al caer el sol a escribir cartas de amor que mandar a todas las chicas de las que algún día estuviste enamorado, y firmarlas con cuidado, como Arturo Bandini “con una firma compleja, exótica, ilegible, con una rúbrica soberbia de no te menees”, y pasar las noches en vela en una mecedora sorbiendo un vino barato aguardando a que llegue el cartero al amanecer con respuestas destinadas a tu nombre que digan:

 

Olvídame ya, no fue para tanto.


Cuando tú lo único que quieres es alguien que te espere leyendo novelas policiacas y fumando, como Patti Smith a William Burroughs: «Él sale tambaleándose de El Quixote, un poco borracho y desarreglado. Le enderezo la corbata y le paro un taxi. Es nuestra tácita rutina.» Con eso basta. Por eso esperas un par de años y vuelves a insistir con las cartas de amor por probar suerte:

 

Aprobé derecho y he salido a celebrarlo. Estaremos en contacto.


Posdata: ¿Bailamos?

 

Aunque se haga mal, siempre se acaba bailando. También hurgando en el bolsillo por tres monedas que paguen dos chupitos de tequila, como bebiendo un domingo por si hay que brindar por algo. Cada cual sabrá por qué. Un amigo por la esperanza de probar el sexo anal, que de tanto querer hacerlo se le ha atragantado. Yo por dormir un lunes hasta amanecer de noche sin saber qué hora será, por aquella chica, por llevar calcetines largos de colores en verano, por una multa pendiente, o por la fama del anonimato: ir en el metro y que la gente me reconozca por nada en especial suspirando: vaya, este es el tipo ese que no sé quién coño es. Y que cuando alguien me pare por la calle y me pregunte una dirección, responder tarareando una canción para terminar arrancando un trozo de papel de mi cuaderno e indicarle el camino por escrito, y así poder colar mi autógrafo y una dedicatoria que diga:


Con cariño, de Antonio. Estaremos en contacto.


 

 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.