Bailando con lobos y pájaros

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Cuando los pajarillos ven peligrar a sus crías por la presencia ominosa de un gato o de un halcón recurren al fenómeno conocido en ornitología por “mobbing”, que consiste en orquestar de manera conjunta un acoso al depredador mediante gritos histéricos, amagos de ataque llevados a cabo por varios individuos a la vez o, en última instancia, lanzándose a dar picotazos por la espalda. El objetivo final no es otro que espantar al depredador. Este fenómeno, común en el mundo aviar, no resulta del todo ajeno en las sociedades humanas, aunque adquiere matizaciones distintas, ya que en lugar de un depredador externo, el blanco del ataque suele ser un miembro del propio grupo, a quien se percibe como una amenaza que pone en peligro la jerarquía o el status quo, ya sea por su ambición, por su mayor inteligencia o por alguna otra cualidad que se resiente o que se envidia. En todas las organizaciones hay ejemplos de mobbing, pero me parece que es en el mundo académico, especialmente, donde esta conducta grupal es más frecuente.

 

Y así, de igual manera que entre los adolescentes la chica guapa que entra de nuevas en una pandilla se ganará, a poco que flirtee, la inquina de sus nuevas compañeras, en un departamento universitario suele ocurrir lo mismo, en mayor o menor grado, con todo aquel profesor que destaca en su campo de investigación o en la relación con sus alumnos y que, por lo que sea, no comulga con los criterios de alguna de las facciones dominantes. La táctica de esa facción que envidia o que resiente el protagonismo de su colega consistirá, como la de los pájaros, en hostigarle de manera sesgada, sin ir nunca de frente, orquestando una campaña de desprestigio en su contra mediante insidias, rumores, acusaciones veladas y provocaciones, que terminen por forzar su marcha de la institución o relegarlo a un completo ostracismo.

 

Este fenómeno que aquí describo (y que no tiene el mismo sentido que el término “mobbing” empleado en español) me parece bastante más común entre mujeres que entre hombres, como también, históricamente, ha sido siempre mucho más frecuente en el convento que en el cuartel, y más en la empresa pública que en la privada, donde lo que prima es la jerarquía de la manada, con sus lobos alfa y sus cachorros, y cuyo liderazgo se mide normalmente en términos de excelencia o de productividad.

 

Si seguimos estirando la analogía, diremos que las sociedades humanas organizadas en manadas son implacables con el débil, con el feo y con el inútil, a quienes echan de lado con desprecio o los dejan morir de hambre, mientras que las que emulan a los pájaros se unen precisamente contra el fuerte y contra todo aquel que busca demasiado protagonismo, a fin de crear un ambiente más igualitario y uniforme. Los lobos son cazadores, aristócratas y clasistas; los pájaros, en cambio, colectores y demócratas. Unos abogan por la excelencia y los otros por la igualdad. A unos les gusta competir y ganar trofeos, y para los otros el trofeo que vale (y por lo único que merece la pena vivir y morir) es el pan nuestro de cada día.

 

Unos y otros, lobos y pájaros, son incompatibles. Lobos son los hombres de empresa, feroces en adquirir ganancia a costa de los demás; los hombres pájaros, en cambio, son, más bien, funcionarios públicos, atentos a su nómina mensual y a que nadie les haga sombra. Los lobos compiten por la jefatura a muerte, pero una vez establecida la jerarquía, acatan y obedecen a su líder; todo lo contrario que les ocurre a los pájaros, los cuales nunca aceptan de buen grado ningún liderazgo basado en la excelencia o en la fortaleza, sino que lo basan todo en una justicia equitativa que no permita en ningún caso grandes diferencias entre unos y otros.

 

Los hombres, organizados en manada, cazan al bisonte, meten el gol de la victoria en una final del campeonato del mundo o mandan a un astronauta a la luna, pero, si se les deja de la mano, se desentenderán del débil y abandonarán a su suerte a quienes no contribuyan a los objetivos de la empresa, sin contar con la crueldad que pueden llegar a ejercer entre los vencidos. Por el contrario, los hombres pájaros, organizados en bandadas, distribuyen la riqueza equitativamente, dan de comer a unos y a otros y, salvo para los díscolos o los rebeldes, amparan bajo sus alas a todos los suyos, pero no se les pida más reto que el reto de tener limpio el nido.

 

Lobos y pájaros, pese a ser incompatibles, no pueden vivir por separado. Una humanidad que excluyera la jerarquía del lobo terminaría por anquilosarse en una mediocridad asfixiante, mientras que si excluyéramos el igualitarismo de los pájaros, los lobos acabarían por despedazarse entre sí.

 

Planteado así el problema (y a la espera de una mutación que nos traiga una especie nueva), lo que debemos intentar por todos los medios es vigilar y castigar a los matones que se ceban con un pobre infeliz y a todos aquellos pajarracos que se unen para linchar a quien le da por remontarse por encima del alcance de su vuelo gallináceo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.