“Baja querida, el señor Mas quiere hablar contigo”

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Ronda la independencia, pavoneándose, y al mismo tiempo se marcha y Junqueras llora. “Hagámoslo de una vez, por favor”, dice sin ocultar ya el frenesí.

 

El “hagámoslo de una vez, por favor” de Junqueras debería de convertirse en un nuevo lema independentista. O más que eso en un poema. Un grito. Un “hasta la victoria siempre” amoroso que lo mismo pueda cantar Lluis Llach que recitar Guardiola. Podría ser también una canción de ‘Los Panchos’, pero uno ya lo está viendo escrito en las pancartas, llevado por las corrientes en “v” o en cadena, como una hoja de otoño navegando indómita y graciosa por el río. Junqueras ama tanto a la independencia que llora. Junqueras es una fan de la independencia, un histérico contenido por las formas que han acabado descubriéndole; una joven admiradora, una amante platónica que forra la carpeta de esteladas, sueña por las noches en su cuarto y llama, furtiva, a su amiga bajo las sábanas, alumbrado por una linterna, compartiendo el furor adolescente. Junqueras sonríe nervioso cuando la ve pasar y esconde la mirada conteniéndose para no dar saltitos y al mismo tiempo mover las manos como si las tuviera mojadas y quisiera secárselas al aire. Ronda la independencia, pavoneándose, y al mismo tiempo se marcha y Junqueras llora. “Hagámoslo de una vez, por favor”, dice sin ocultar ya el frenesí. A Junqueras da la impresión de que le tienen sujeto para dosificarle, como si él no supiera. Ayer le sacaron en Sevilla alternando con una familia sevillana que le dio para comer un cocido cuyos garbanzos debían de tener algo, como los caramelos en las puertas de los colegios. Pobre víctima inocente. Hay una niña soñadora en Junqueras bajo su enormidad y su semblante duro y bondadoso. Un romántico. Junqueras le ha recordado a uno a Polly, la hija de la matrona irlandesa de ‘La casa de huéspedes’ de Joyce. Polly se entiende con uno de los huéspedes, le prepara el ponche caliente en los días de frío, le acompaña hasta su cuarto cuando termina de cenar, guiándole por las escaleras a la luz de una vela. Él es mayor, de buena posición, y siempre recuerda sus ojos y el roce de sus manos y el delirio que le posee en su presencia. Polly sueña con que un día su madre la llamará para decirle que el Sr. Doran, como si fuera Mas, tiene algo que decirle antes de sacarla del ensueño de sus recuerdos secretos. Pero la realidad no es tan delicada y quizá debieran de seguir dosificándole, como mínimo, incluso por el bien de sus desvelos. Imagínese si no todo ese sentimiento, todo ese peso logrado a base de premisas falsas echado sobre la independencia como aquella fan sin control se echaba sobre el capó de Zamorano.