Bajo un cielo desenfocado

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Sobre ‘Una dacha en el Golfo’ de Emilio Sánchez Mediavilla

Cuando los habitantes de Bahréin le preguntan al periodista Emilio Sánchez Mediavilla (Santander, 1979) a qué se dedica, él se inventa una profesión «a medio camino entre historiador y corrector de textos». Al ser cofundador de la editorial de no ficción Libros del K.O., Sánchez Mediavilla no miente, sino que trata de ser sutil en un país donde «a los periodistas extranjeros se les expulsa». Además, como decía Ryszard Kapuscinski, el periodismo es «la historia in statu nascendi». Fruto de toda esa experiencia de dos años en Bahréin es Una dacha en el Golfo, su crónica de aquel pequeño universo que se ha alzado con el Premio de Anagrama Crónica Sergio González Rodríguez.

Todo empezó cuando trasladaron a su novia Carla a Bahréin por trabajo. Ya antes de que Emilio viajara hasta aquella isla del Golfo para acompañarla, en esas conversaciones por Skype entre Madrid y una habitación de hotel de Adliya, comenzaba el periodismo, la llamada de la profesión, la forja de un imaginario. Leía, se documentaba sobre Bahréin, pero también se dejaba envolver por las impresiones que Carla le relataba a través de la pantalla del ordenador: el calor excesivo, el paisaje descampado y polvoriento, el cielo borroso. Ella le humanizaba los datos.

Cuando aterrizó allí, se internó en el día a día de calles desiertas por las mañanas y pobladas al atardecer, y se echó amigos en un parque, con los que hacía gimnasia con vistas al mar y a los rascacielos difusos del otro lado del puente que une Bahréin con Arabia Saudí. Jóvenes que después de la Primavera Árabe de 2011 sueñan que su tierra podría ser Miami o California. También acudió a un barbero indio. Las barberías, ya se sabe, son las agencias oficiosas de información. Quizá recordaría Emilio desde tan lejos ese artículo de Julio Camba, Peluqueros y periodistas, incluido en Maneras de ser periodista, obra deliciosa que editó Libros del K.O. en 2013. «No hay oficio tan semejante al de periodista como el oficio de peluquero».

Y como advirtió Camba, el periodismo es sobriedad. Siguiendo esa estela, Sánchez Mediavilla, con un estilo claro y preciso, con la sencillez de la palabra justa y a veces irónica y con sentido del humor, compone su crónica con una mirada perspicaz y en ocasiones poética, como cuando describe la grisura de los descampados o el crepúsculo anaranjado y mesiánico de Oriente Medio: «… al atardecer, el único momento en que el cielo suaviza sus texturas desenfocadas de parabrisas polvoriento»; o cuando relata el momento hipnótico en que escucha en la radio del coche «el Corán recitado con el sol de frente a través de pueblos vacíos».

«Viajar para contar es, sobre todo, eso: ver lo que está, pero que nadie ve», dice la periodista argentina Leila Guerriero. Con esa finura en lo que contempla y escucha, a Emilio le extrañó no encontrarse con «la casa tradicional árabe con muros de adobe en torno a un patio interior», sino con villas europeas, «con grandes ventanales, porches y jardines a la vista». Por eso entrevistó también a gente mayor, «eremitas de un mundo perdido» que recordaban con nostalgia ese paisaje perdido de celosías, balcones de madera y puertos con barcos de vela, cuando todo era mar y aún no había en Bahréin orillas «llenas de esqueletos de edificios».

«La ciudad irá en ti siempre». Como expresa Cavafis en este verso de su poema Ciudad, Emilio volvió a España después de dos años pero sentía que Bahréin se había ido con él. Se despertaba en Madrid y se acordaba de su ‘dacha’ en el Golfo y sentía «un pinchazo». Investigaba y se mantenía informado de lo que sucedía en el país de los dos mares, según las raíces etimológicas. Y luego preguntaba a sus fuentes: sus «amigos del parque», y buscaba y entrevistaba a bahreinís en Londres, en Berlín, que tuvieron que hacerse la vida fuera de su tierra. Contexto y rostro humano. Ese binomio es el cimiento con que se erige el reportaje. Y es que «hay que volver a encarnar los datos», como dijo hace unos días vía streaming Leila Guerriero en el ciclo El mejor periodismo está por venir.

Con ojo de editor y corazón de escritor, Sánchez Mediavilla divide su libro en capítulos que muestran diversos escenarios físicos y simbólicos de Bahréin (el puente, la mezquita, la Perla, etc.). Y cuenta esas realidades históricas y sociales de manera didáctica, para luego «encarnar» todos esos datos con los testimonios de las personas que viven los hechos desde sus intrahistorias. Por ejemplo, la situación de las mujeres e inmigrantes, y el retrato de Aire, la limpiadora india en la casa de Emilio y Carla, que trasluce un aura bondadosa y resignada. «What to do? era la muletilla recurrente de Aire frente a la vida. (…) What to do cuando había un atentado, o un terremoto en Nepal, o inundaciones en Sri Lanka. What to do cuando…».

En otras ocasiones es la propia experiencia personal del periodista, o la de un amigo cercano, la protagonista de alguna escena, casi siempre con el tamiz del humor cuando se trata de él mismo. Como en ese capítulo dedicado a las clases de árabe o esa menos divertida excursión de riesgo a la frontera con Arabia Saudí. Sin duda, el periodismo es una forma de vida más que un trabajo a tiempo parcial. Ni siquiera en su tiempo de descanso deja Emilio el oficio de lado. «El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa», dijo Tomás Eloy. Una noche, en una fiesta con expatriados, cuando poco antes había observado un «cielo anaranjado borroso» y oído disparos a lo lejos que «sonaban a fuegos artificiales y a verbena», le tocó a Emilio servir bebidas durante un rato. Una gran oportunidad periodística para descubrir todo un «desfile locuaz de la fauna expatriada» y reflejar más tarde con la escritura la variopinta realidad internacional en Bahréin en un párrafo caudaloso y memorable: « (…) serbias que intentaban que la Unesco catalogara como Patrimonio de la Humanidad los túmulos funerarios de la desaparecida civilización Dilmún, egipcios especuladores de terrenos ganados al mar que vestían camisas ajustadas con las que marcaban pezones, españoles asesores del Ministerio de Turismo, bahreinís de Riffa que llegaban derrapando en su Porsche, drusas divorciadas, fotógrafos argentinos obsesionados con el yoga, constructores grecochipriotas que liaban porros como si tejieran alfombras de seda. Quedaban fuera de ese desfile y de esas fiestas los chicos del parque y los amigos bahreinís que no habían ido a un bar en su vida y que a veces me preguntaban qué sensación daba beber un vaso de vino».

Hilvanado con excelencia, creatividad y colorido dignos de un bello bordado, este libro condensa una edición extraordinaria de la vida de Bahréin, gracias a esa forma de hacer periodismo que hunde sus raíces en la no ficción estadounidense y en la crónica Latinoamérica. La apuesta de Sánchez Mediavilla por las grandes historias reales contadas como novelas —como ya hizo con la creación de Libros del K.O junto con otros compañeros—, sigue abriéndose camino. Salvo excepciones como la de Chaves Nogales, el periodismo narrativo es escaso en la tradición periodístico-literaria española, más enraizada históricamente en los géneros de opinión, de Larra a Umbral, que en géneros interpretativos como la crónica o el reportaje. Quizás este periodismo de largo aliento haya atracado al fin. Que el mar sea la patria común entre Bahréin y el Santander natal de Emilio Sánchez Mediavilla no es baladí y explica acaso su vocación por la libertad, por ese periodismo cristalino e inteligible que se abre paso entre la bruma. Capaz de enfocar todo un territorio de cielos desenfocados y de polvo en los áridos paisajes.

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