Bandida de casino, crónica

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Quiero ser millonario para olvidarme de los amigos. Llenar mi piscina de champán rosa, coleccionar chicas con cicatrices y bañarme desnudo en las fuentes públicas. En el casino, los televisores empotrados sintonizan el canal deportivo FOX y una pelea de dos macancanes se muelen a golpes en una jaula. Para el próximo juego en la tragamonedas voy por una terna y pido carta.

 

 

La máquina arroja un nueve negro y obtengo lo mío, ¡carajo! Acumulo mil quinientos puntos que me tienen electrizado y doblo mi apuesta a tres mil. El tablero estampa un siniestro As de picas que me deja paralizado. Seguir con vida sería un milagro. Solo tengo una opción: otro As. Cualquier otra carta me deja fuera de juego. Siento la garganta seca. Golpeo el botón de la derecha y tengo mi carta: ¡el As con el puedo volver a pedir carta! Eres una mamacita, le digo a mi máquina, y me provoca cogerla a picos. En el tv, los dos peleadores resoplan en el suelo. El más feo tiene por el cuello a su contrincante entre las piernas y lo estrangula con sus muslos.

 

 

 

La sensación de lujo estalla en sirenas, luces parpadeantes, pitidos, sonidos digitales. Tengo la impresión de protagonizar una película en Las Vegas. Al fondo suena un blues, secreto de negro. Je, pura mierda, suena un pasodoble. Y yo que odio los pasodobles. Es hora de apostar en las tragaperras. Hace años, cuando estas máquinas eran mecánicas y se accionaban por palanca, se les llamaba “bandida de un brazo”, una exuberante princesa mocha.

 

 

En un parpadeo la desgraciada máquina se traga mis primeros treinta mil pesos. Una chica con una enorme panza de nueve meses juega en el extremo. En su rostro hay una clara tristeza. No es rabia, ni dolor, ni desesperación. Enrique Symns decía que “el único dolor que confiere nobleza es la tristeza”. Perder en un casino y conservar la dignidad es una virtud. Lo que tiene la embarazada: la virtud de conservar la tristeza y la nobleza. Lo mejor es escapar de la peligrosa atmósfera que la rodea y me largo a otra máquina.

 

En alguna parte leí que Pierre Laplace y Fermat fueron legendarios matemáticos que pasaron a la historia gracias a sus desvergonzadas apuestas y a sus estudios de probabilidad. En las noches, bebiendo y jugando, anotaban abigarradas series de números que luego, durante la resaca del día, repasaban en sus estudios. Así terminaron volcando su conocimiento matemático en las cartas y la mesa. El estudio de la probabilidad debe sus más importantes teoremas al vicio del casino. Pero esto no lo saben los ingenieros, con lo brutos que son. Un ingeniero no lee ni a palo una novela, así como un humanista se vuelve loco resolviendo un fraccionario. Por su parte Dostoievsky se pasó la estadística por los huevos. Esto es lo que dice en El jugador: “Me pareció que la «combinación» no significa gran cosa y no tiene, ni con mucho, la importancia que le dan algunos jugadores. Se sientan con papeles llenos de garabatos, apuntan los aciertos, hacen cuentas, deducen las probabilidades, calculan, por fin realizan sus puestas y… pierden igual que nosotros, simples mortales, que jugamos sin «combinación»”. Ese Dostoievsky era un hijo de puta.

 

 

 

En la próxima media hora, mi curva de ganancia y pérdida dibuja una pavorosa decaída. Ahora golpeo con violencia los botones. Por dos que gano pierdo seis. Gano tres y pierdo nueve. Mis ganancias logran escaparse en un par de manos. Tengo doscientos puntos que apuesto en un tajo. Este casino es un fatal campo minado. Vaya a donde vaya pisaré la trampa y gastaré mi plata sin conciencia ni misericordia. Un casino nunca pierde.

 

La debacle continúa hasta quedar achilado, sin un billete del fajo inicial. Quiero correr en busca de la embarazada y preguntarle cómo conservar la dignidad en un casino, porque si no logro calmarme agarraré a patadas esta cosa. 

 

No soporto la tentación de vengarme de la suerte. Me retuerzo por dentro y soy empujado por el maldito vudú del juego. Acorralado, extiendo un billete de cincuenta.  De nuevo a la cacería y lo juego todo. Apuesto fuerte en cada mano y la “bandida” engulle mi plata con una voracidad aterradora. Esta cosa no se debería llamar tragaperra, sino perra tragadora.

 

Lo mejor es ir al baño y echar una meada. Durante el recorrido descubro que soy presa de una paranoia agresiva y una depresión melancólica.

 

Citar a Dostoievsky, hablando de casinos, es un lugar común. Lo mismo que citar a Bukowski hablando de borracheras. Pero con esta vergonzosa racha no queda de otra. Así que va la cita de Bukowski en El cartero: «Pensaba que tal vez yo fuese excepcional. Descubrí que en realidad no era excepcional. Podía perder mi dinero tan rápidamente como cualquier otro». La bobada de retar la suerte y pretender cambiar el destino que la vida hace rato nos fijó. Aún así, quiero conservar esa falsa sensación de protagonismo en una película de Las Vegas. Una película en la que el jugador deja el casino y camina por las calles negras con sus espectros y gamines. Adiós mi amor, adiós mi querida imbécil. ¿Y mi plata? Ya ni pensemos en eso.