Bayas de agosto

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Después, las largas conversaciones nocturnas alimentadas por aguardiente. Desvariando sobre la misteriosa H., sobre B., R. y los avatares del día. Hablando sobre tus padres, sobre tú y yo... Hay una cierta honestidad que solamente es posible a ciertas horas de la noche. Existe una revelación, un encuentro que sólo se produce al final del día, coronando el cansancio de sus luces. ¿Por eso nos da miedo el insomnio, prolongar la noche, velar de noche?

 

Digamos que el preámbulo del verano fue esta escena. Cae la tarde de junio y se acaba una época. Por su intensidad –encontrada, no buscada-, no se puede repetir. Irrepetible. Cansancio, resumen inevitable, aunque sea inconsciente. Claroscuro de las 9. A las puertas del verano, te encuentras matando el tiempo antes de la última cita. Solo de nuevo, ante un palco de música en una esquina de Boadilla, tras cuatro meses de amar al borde de lo prohibido.

 

¿La última cita antes del verano? Más que pensar, sientes: “Me gustaría tener un cigarrillo, consumirme, hacerme ceniza con este momento”. ¿Hay algo más melancólico que los restos de un escenario de fiesta abandonado? Después vinieron dos meses largos, complejos, cuajados de agua y de sed. Ella pensó que en el viaje de agosto no le habías sido fiel. Pero no, todo lo que viviste te conducía de vuelta a sus olores.

 

 

*     *     *

 

Me impresionó el cuidado y la piedad hacia lo pequeño durante esos días, en toda Carintia y en los diez personajes de aquel viaje. En tus padres, con su cuidado venerable por las setas y flores, las mermeladas y el jardín. En su atención a las comidas y a mí, que no soy débil, pero podría ser ignorado. En ti, con tu delicada atención a tus padres, a la pequeña K. y el no menos pequeño H., en medio de una sociedad feroz que recluye a los viejos porque son lentos.

 

También recuerdo tu oído musical para con los niños, para los acentos y las emociones de cada cual, incluida la traducción minuciosa del alemán al español. Tu atención a los matices de la gente, al famoso cómo, cuando todos los qué están vampirizados por el estruendo informativo. El cultivo de la relación con tu nerviosa vecina B. Y conmigo, marciano en Kärnten. Sí, definitivamente, creo que te interesa lo extraterrestre de la tierra. En este aspecto, también tú eres extranjera y un poco «religiosa», hay que decirlo. Casi tanto como B. y su interés por los desconocidos, su forma ansiosa de mirar de soslayo; sus hijos, tan distintos a ella; su relación con el misterio, su fe en otras vidas en medio de ésta.

 

Y después la inolvidable anciana I. Sus licores y sopitas, los animales que alimenta en invierno. Sus libros, las anécdotas que ella cuenta desgranando palabras escogidas. Sus recuerdos de infancia en Diex. Y H., oh Dios, su sonrisa y sus silencios, ese rubio germano que la cubre, el acento dulce de su genau –“eso es”, “exacto”- repetido con frecuencia. También, inolvidable, su memoria para las madrugadas de hace treinta años en el campo, con recuerdos de miedos y escuela en mitad de una infancia difícil en Klein-Wöllmiss. Los zapatitos nuevos que nunca tuvo, los animales que gritaban al morir en la granja de sus padres. Su comida vegetariana hoy, esa dulzura mortal. Su poder femenino actual esta por encima de cualquier posible eficacia freudiana.  

 

Finalmente, en el otro H., sus dobles sentidos, su sonrisa burlona, el movimiento de sus manos. Sus enigmas, su repentina seriedad: «¿qué piensas de la pornografía?». No puedo olvidar tampoco a R., ahora fallecido. Aquella susceptibilidad por mil pequeños detalles, los giros de lenguaje un poco naïf. Su curiosidad de niño, su alegría elemental, un poco exagerada, su habilidad para arreglar toda clase cacharros. Rudi. Casi sobre el mismo nombre, Joyce escribió: “Nuestro. Pequeño. Pobre. Niñito”. Descanse en paz.

 

Cinco mujeres, en fin, cinco hombres. Latiendo, juntos y separados en el verano de Carintia. No estuvo mal para una pequeña obra de teatro moderna. Todo lo que ocurría, como en Chéjov, era casi imperceptible y, por lo mismo, difícil de olvidar. Lo pequeño, al borde casi siempre de la ruina, le dio carácter al universo que viviste en esos días. Incluso en el amor campesino por aquellos tractores viejos que, con cien colores distintos, se reunían una vez al año en Eory.

 

Parte de aquel viaje, supongo que gracias a ti, fue la atención hacia la rareza que representa el extranjero. En este caso, el que no habla el idioma del lugar, el que no entiende, el que está a punto siempre de quedarse fuera de juego.

 

Nunca os agradeceré lo bastante vuestro esfuerzo para atraerme, para hablar en castellano, para hacerme entender, para conectarme y saltar continuamente de una lengua a otra. Gracias a esta adorable hospitalidad, llegué a entender el alemán sin hablar casi ni una palabra. Ya sé que también me utilizabais, porque el que es de fuera es útil, arranca capas distintas de las situaciones, permite descubrir lo desconocido en lo familiar. Pero eso no os quita mérito a ti, a M., a tus padres, a H. y su marido.

 

Por mi parte, el vaivén entre mi castellano y vuestro alemán, con mis reflexiones silenciosas, duplicó el viaje, obligándome a ahondar en cada situación y en los gestos de sus personajes. Cavé en el eco de lo que se decía bajo las palabras, en los detalles físicos del momento. Recuerdo aquel entorno delicioso de la taberna en Pribelsdorf, las ventanitas decoradas con hojas de parra en Primus-Poltz, el ambiente de árboles y graneros en Klein-Wöllmiss, en Berghausen, en el paseo a Gösselsdorf, con la hierba peinada por la orilla del lago tras el baño.

 

Los lejanos despiertan lo que hay de remoto en nosotros. Y yo devoraba todo eso que salía de vosotros. Las miradas de la camarera de Bleiburg, aquel borracho sacado de un cuadro de Velázquez o de Friedrich, el joven tímido de Primus, el hombre de las truchas en Lippitzbach. También Manfred y Elfi, desvariando con nosotros aquella noche en el bar de su pequeño hotel. No es extraño que uno vuelva agotado de mirar tanto. Cambiado, tras escuchar tanto, tras vivir sonidos y colores tan distintos.

 

Cuando perdemos el suelo de la rutina diaria, en los viajes, sorbemos los signos que saltan de los cuerpos. Leemos de otra manera los libros, el paisaje y sus habitantes. Vivimos en suspenso, sentimos y pensamos como si fuéramos libres al fin, cogiendo al vuelo el aliento de las cosas. Te oyes decir cosas que no sabías que sabías: «La relación con lo religioso no es patológica si uno aguanta el silencio, el desierto sin Dios; la relación con el sexo no es patológica si uno aguanta en la castidad, en la soledad sin relación. Tampoco es mala la relación con el alcohol, si uno aguanta la sobriedad de sí mismo, el trabajo árido en el misterio que somos. Igual ocurre con la comida, si aguantas la carencia, la sequedad del hambre».

 

¿Recuerdas aquella noche de copas en Eberndorf con B. y M., el domingo que volvimos de Stiria? «Tú eres para ella las orejas del lobo», dijiste. Si es cierto lo que afirmaba Deleuze, «Es fácil ser antifascista a nivel molar, lo difícil es serlo a nivel molecular«, todo lo que viví en Kärnten fue antifascista a nivel molecular y vital. Bosques, setas, robles, fresnos, Bildstock (cruceros) entre el maíz.

 

Y la medicina punta de no hacer nada, de no tener planes y confiar en la naturaleza, en camaradería con el clima de la hierba. Kärnten descansa en las sombras de su pasado, en el musgo de sus caminos, en el ritual anciano de sus costumbres. Un país profundamente conservador, sin duda; por eso mismo, muy ambiguo políticamente. De cualquier manera, nada seco, nada hostil. Latiendo en una mezcla deliciosa propia del Norte con las montañas del fondo, con el verde de los campos y los bosques. En la cultura de la madera, los tejados inclinados, el trabajo callado y honesto. En el civismo que permite respetar la vida de los otros; por ejemplo, que un cementerio punteado de velas siga abierto toda la noche.

 

Y también el Sur allí, un “atraso” germano –que Marx odiaba- en la amabilidad de la gente, en las flores en las ventanas, en las iglesias cuidadas al modo católico.

 

La gente de izquierda, parte de mis amigos –y tal vez, en buena medida, la «vanguardia» literaria austriaca- no entiende nada cuando achacan ese conservadurismo a una hostilidad política a todo cambio. Como si bajo esa lentitud histórica no pudiera existir una profunda apertura en lo existencial. Cuando lo que vivimos esos días fue una especie de genau –así sea- convertido en paisaje, en costumbre, en comunidad terrenal que respira más acá de la historia y la cultura.

 

Frente a esa inmensa libertad de la gente de campo en el mundo germano pobre, Viena pareció –antes y después de ese viaje- penosamente burguesa y anquilosada. Como más o menos lo son todas las afamadas capitales. Cementerios de lujo, decía Nick Cave de París.

 

Inolvidables aquellos dos largos paseos. En el primero, por Köcking, M., tú y yo atravesando olores a establo, casitas de madera, villas, lugareños desconocidos en los porches, carreteras curvas entre campos de girasol. La luz de los campos, el horizonte montañoso, la leña apilada, las vidas desconocidas que dejas en las casas de la orilla. Pessoa decía –¿recuerdas?- que son envidiables porque son desconocidas: ¿no habría que lograr también que nuestra propia vida resultara desconocida? Al final de la caminata, aquella preciosa iglesia en Buschenschank, con las viejecitas –de ropas más claras que en España- rezando el rosario y volviendo la vista atrás.

 

Y al terminar esta travesía, aprovechando que M. estaba ausente, la pregunta: «¿Cómo me ves, ahora?». Seguida de tu maravillosa confesión, en parte equívoca y no buscada por mí: “Te quiero tanto que no me atrevo a arriesgar de ningún modo la relación”.

 

La otra caminata fue hacia Pribelsdorf, a través del bosque de Dobrowa, con olor a esas setas llamadas Eierschwammerln en la orilla. Recuerda, recuerda: el laberinto infinito de los troncos, el ruido rápido de los pasos. Y la silueta juvenil de B., tu caminar firme. Las dos, tú y ella, entrelazadas, cómplices. Juntándoos, hablando, separándoos, riendo. Las mujeres alemanas son como flores, decía mi abuela. Y después otra vez los enormes maizales, las ciruelas del camino. Finalmente, la maravillosa taberna, la gente amable, aquel tipo pendenciero fascinado con vosotras dos. La vecina Anita y su pequeña niña rubia, la preciosa iglesia decorada como si fuera en Portugal. Y aquel Bildstock en la lejanía, inmóvil bajo un roble, en medio del inmenso maizal.

 

¿Imagina otra vez Dobrowa? Aquellos caminos que salían, perdidos, entrevistos al cruzar la masa oscura de árboles. Cada senda desconocida, dejada al pasar, no seguida, era como una metáfora de todas las vías abandonadas en nuestras vidas.

 

Cada vez que volvimos, Kärnten abrió nuestras vidas otra vez. Fruta que sirve su pulpa. Así volví a Galicia, abierto, melancólico, un poco en suspenso. Durante esos diez días me sentí extraño, dividido, feliz, indeciso, fluido. A veces, flotando en un ocio de dioses. El océano de maíz ante las ventanas de tu casa, las perspectivas casi africanas con las montañas al fondo, el sueño profundísimo de las noches. Los desayunos en la mesa del jardín, las comidas, la conversación con tus padres.

 

Después, las largas conversaciones nocturnas alimentadas por aguardiente. Desvariando sobre la misteriosa H., sobre B., R. y los avatares del día. Hablando sobre tus padres, sobre tú y yo… Hay una cierta honestidad que solamente es posible a ciertas horas de la noche. Existe una revelación, un encuentro que sólo se produce al final del día, coronando el cansancio de sus luces. ¿Por eso nos da miedo el insomnio, prolongar la noche, velar de noche?

 

Y al final, la mejor despedida. Tus ojos inundados de lágrimas en la estación de Klagenfurt. Tus gafas oscuras. Tu sonrisa un poco avergonzada. Me considero afortunado por el hecho de tenerte, sin tenerte de ninguna manera.

 

Tendríamos que hacer por fin un viaje juntos. Berlín, San Petersburgo, Chicago. ¿Los dos, solos, de una vez? ¿Sí? ¿No? ¿Sí y no? Aunque está bien seguir así, cómplices entre otra gente, mirándonos bajo el ruido de los otros. Aquellas cinco mujeres, esos cinco hombres. Verano en Blumenreich. No, no está mal para una pequeña obra de teatro, todavía por escribir. Y quizás no tan pequeña.

 

En resumidas cuentas, sentí que se me quería tanto allí –por ti, por tu madre e I., por B. y M.- que volví un poco sobrecogido, bajo un poso de melancolía que no me abandonó durante todo el interminable día de vuelta.

 

Aquel Bildstock quieto en la lejanía, reverberando en el calor, bajo un roble de los maizales de Pribelsdorf. Así te quise.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.