Relato – Be de Vigo

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Hace mucho tiempo, cuando escribía relatos, envié Be de Vigo al certamen local de la ciudad. Lo recuerdo hoy.

*

Be de Vigo

¡Qué lejos está el mundo! Nunca llega.

Carlos Oroza

1

Castro y Lonja son las dos escuelas de vuelo de la ciudad, leía en un viaje en metro de vuelta. Una está en la parte alta, otra junto a la ría, del lado de la lonja. La amplitud destaca, incita. El cielo cubierto o el agua de lluvia no impiden los vuelos. 

Aquel recorte fue una de las pocas cosas que me traje de Madrid.

Dejaba el centro. Iba hacia el borde del mapa y el territorio.

2

Ahora escribo desde mi nueva casa con vista a la ría, al final del país. Llevo aquí unos días. A un paso de la frontera marítima. Mañana inicio mi aproximación a una de las escuelas. 

Empiezo de nuevo, sigo con la búsqueda. 

3

La primera salida –ya lo adelanto– no ha tenido éxito. 

He estado preguntando a varios pescadores de caña –dicen buscar chocos– si conocían la escuela de vuelo, si podrían indicarme dónde se encuentra. 

–¿Escuela de vuelos?

–Sí.

–No sabemos. ¿No será de surf o algo parecido?

–No, vuelo.

–Ni idea. Aunque lo mismo las gaviotas saben. Hay muchas. 

–Muchas gracias. Veré.

–Por allí, mire a ver por allí.

Junto a la ría, encima de un salvavidas de color rojo, vi a una gaviota, ave inexistente antes para mí. En la ciudad de antes abundan las palomas, gorriones y urracas. Tiene ella las patas amarillas, el plumaje del cuerpo muy blanco y gris, el pico anaranjado, ojos de gaviota, dos ojos de gaviota que acompañan un bonito movimiento de cabeza. También he visto a las crías crecidas, más pardas, más moteadas. Al acercarme ella echó a volar. Quizás tuviera mejor información que los pescadores y supiera. Lancé mi pregunta al aire. Pasó un camión de mercancías. La gaviota viró el cuerpo en el aire y quiso que entrara –entendí– en el interior del agua. Quiso que nos fuéramos. Admiré su vuelo elegante, gran maestra. Su planeo, control del aire hecho viento. Temí ahogarme. Sin duda, pensé, la escuela de vuelo Lonja –así llamada según la información recortada– debía estar en el interior de la ría. 

Todavía no estaba preparado para dar el paso. 

Al fin y al cabo llevaba demasiado tiempo en aquel lugar tan céntrico y alejado del mar.

Tendría que aguardar. 

De vuelta a casa, ascendiendo por las calles y pasarelas entre niveles, pensé que quizás la escuela Castro podría encontrarse con mayor facilidad.

Iría pronto, en cuanto pudiera. 

4

Después de subir cientos o miles de escaleras he llegado a un punto muy alto, maravilloso por la vista, desde el que diviso la ciudad, su entrada y salida, el final del país, la última frontera. Cielo y mar. También el horizonte lejos, donde el mundo empieza a caer y da la vuelta. 

El océano, no el mar. 

He preguntado a unas mujeres si conocen la ubicación exacta de la escuela de vuelo Castro.

–¿La escuela de vuelo?

–Eso es.

–¿De vuelo de qué?

–De volar (como las aves, como las gaviotas de antes, o los cormoranes, cuervos marinos).

–Aquí no hay.

–¿Está segura?

–Casi del todo. Pero pregunte a otros. 

–Gracias. 

–Quizás por allí, mire a ver por allí.

Miré a ver y encontré unas lavanderas correteando a vuelos, balanceándose por el aire igual que cuerdas tendidas, aves de vuelo ágil, aves de cola larga que se movían con rapidez sobre la hierba, asomadas en lo alto del muro al vacío. Avecillas maestras posibles.

Al anochecer, después de dar decenas de vueltas en ambos sentidos desde la alta atalaya de la ciudad y recorriendo los diferentes vericuetos flanqueados por camelios cuyas flores empezaban a caer, me di por vencido. No lograba dar con la escuela. Inicié el descenso.

5

Muchos de los habitantes de la ciudad poblaban las calles al atardecer. El cielo estaba cubierto, protector. Se sentaban en las terrazas, tomaban algo, bebidas, vasos a medias. Se contaban historias los unos a los otros. 

Llegué a una plaza bonita, en cuesta, con varias escaleras. Había helechos colgados, otros saliendo de los muros. Un olivo, glicinias. Unas niñas jugaban al bádminton en la puerta. Una pareja empezaba a cocinar en el interior del hogar. Un perrito olisqueaba, se detenía a esperar. 

Praza dos Pescadores, leí. 

Entré en un lugar a pedir algo de comer, un bocadillo de alguna cosa, una empanada.

–Quisiera una empanada. Esa misma que tenéis ahí estaría bien. 

–Claro. 

–Gracias.

–No parece usted de aquí.

–Vengo de Madrid, vine a la ciudad hace tiempo por las escuelas de vuelo, Castro y Lonja.

–¿Y le gustó el castro?

–Sí, muy alto, abarcador inmenso. Impresionante.

–¿Fue a la larga lonja también, no?

–Por la mañana el otro día, a ras de ría, casi toco a una gaviota. Me gustó el animal, sus alas.

–Me alegra que le guste Vigo. 

–¿Cómo ha dicho, Vigo?

–Sí, aquí, en el casco antiguo ahora. 

–Pero disculpe, ¿no estamos en Bigo, con be?

–No, esto es Vigo, con uve. 

–¡Ostras, moscas!

–¿Qué ocurre?

–Creía haber venido a Bigo. Mi referencia escrita mencionaba la ciudad con be. 

–Breve error…

–Al fin y al cabo…

–¿Quiere un vaso de agua con la empanada?

–Estaría bien, sí. 

–Aguarde. 

–Gracias. 

Mientras esperaba a que volviera tuve una conversación conmigo mismo en aquella terraza de Vigo. 

–¡Qué lejos está el mundo!

–Nunca llega. 

–Pero hemos podido salir.

–¿Y a dónde podemos ir?

Acabé de comer, apuré el agua. Parecía que pronto empezaría a llover.

6

–Aquí tiene. 

–Gracias.

–Si quiere, al salir –es que cerramos ya– podríamos ir a un lugar: creo que le interesaría. Si no tiene mucho que hacer… 

–¿Se encuentra en Vigo el sitio?

–Sin duda, pero con uve. 

–Pues le espero, sí.

–¿Qué tal la empanada?

–Me gustó, me gusta mucho la cebolla. 

–Pues espéreme abajo, en la calle que cruza. 

–¿Cómo se llama?

–¿Yo?

–También, pero me refería a la calle. 

–Rúa Real.

–Real, real. 

7

Me levanté. Bajé por la Rúa da Anguía, dejando la del Pez. 

Situé la Rúa Real, miré a lo largo, subía, parecía el movimiento de los peces a nado bajo la ría. Un hombre se asomaba al balcón y saludaba al que estaba enfrente regando unas plantas.

La lluvia reciente y caudalosa, rápida, hacía que el cielo empezase a reflejarse en el suelo. 

Mientras esperaba recordé aquello que dijo un poeta de su amigo. 

–Él vivía en la calle Aire.

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