Bechir: el periodista sirio que me sirvió la cena. El hombre que quizás haya desaparecido en el mar

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Ejercía como periodista en su país. ¿En qué medio? ¿Impreso o digital? A Souilem parecen traerle sin cuidado ese tipo de detalles, no entiende que yo los necesito para contar una historia. No se le pasa por la cabeza que esté registrando el momento 

 

Akahau, basta. Dejadme en paz.

 

Ésa fue la tarde en que un empujón me llevó a una frase de Javier Marías.

 

—No podéis ayudarme –siguió diciendo Bechir.

 

Ocurrió en Susa, ciudad portuaria al sur del golfo de Hammamet, un asentamiento costero donde el polvo de caliza enturbia el olor del salitre, la percepción del mar cercano. Túnez. Ocurrió en la puerta de un restaurante de comida rápida, en uno de los dos que, aledaños, cortaban la calle con macetas y los mástiles de un toldo, con las sillas y mesas de plástico de sus terrazas, a espaldas casi del teatro municipal, emplazado en la avenida Habib Bourguiba. “No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias…”. La cita, que abre la novela Tu rostro mañana, habla de la fiebre a la que alude Jaime o Jacobo o Jacques Deza, y que dicta que cualquier pensamiento, idea, cualquier intimidad expresada en alto y recogida por oído ajeno genera un vínculo, otorga confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona. A una luz ya crepuscular, ese empellón de Bechir deshizo el abrazo con que lo mantenía sujeto otro camarero, tratando de apaciguarlo. A mí me obligó a retroceder un par de pasos y, sobre todo, a preguntarme avergonzado por esa manía mía de pensar en libros ante circunstancias lacerantes. Hay historias a las que, secretamente, preferirías no ponerles nunca un rostro; preferirías poder evitarles la mirada para que no sean nunca tuyas. Pero, antes de callar, las monturas negras de Bechir me habían enfocado –el más extranjero, el otro, el occidental–. Sus ojos, detrás, me habían recorrido hasta posarse en el horizonte difuso donde encontrara esos recuerdos.

 

Hasta el Blue Moon llegué, como sospecho que no podría haber sido de otra manera en Túnez, por la combinación oportuna de impaciencia –la mía– y casualidad –el orden regente del país–. A partir de las ocho y media comenzaban a escasear los taxis colectivos –aquí llamados louages, unas furgonetas con itinerarios fijos que van dejando a cada uno de los ocho pasajeros en algún punto del trazado– a Tantana, mi casa, un barrio residencial a siete kilómetros del centro de Susa. Regresaba del trabajo y no quería esperar a haber vuelto para cenar. Tenía hambre y cuando vi aquella cola no estuve dispuesto a colocarme el último y aguardar por un mísero sándwich que, además, pediría con poca salsa picante (samahni, soueiya harissa), y el tipo me tendería sólo después de haberme sonreído con afectación: “débil, no aguantas nuestra comida”. Delante de mí una veintena de manos se repartían los cuencos que iban sirviendo desde la barra para desmigar pan en ellos y prepararse una variedad de sopa de garbanzos local. Iba para rato y yo estaba cansado. No quería tener que parar en Hamman Sousse y tomar desde allí otro taxi, pagar dos veces, demorar el momento de soltar la mochila en casa y bajar al café Bacha: charlar con los vecinos tomando un té con almendras, fumar narguile, ver cualquier partido que estuvieran televisando. Un reposo intrascendente. Supongo que tenía alternativas, que podría haber cogido un tentempié para el camino en cualquiera de los puestos callejeros, empanadillas, crepes, dulces… haber encargado por teléfono una pizza y recogerla a mi llegada. Pero no lo hice. A pesar de no haber probado nunca ese restaurante, vacío casi siempre, de mesas azules y no blancas, de no saber si podía permitírmelo, entré. Entré en el Blue Moon. ¿Cómo se llamaba el aledaño, el concurrido, el que solía frecuentar? A día de hoy, ya no lo recuerdo. Sentado dentro, a la mesa con otros dos, se hallaba Souilem, un conocido mío. Me uní a ellos por inercia, sin detenerme a pensarlo, porque siempre me resulta embarazoso comer solo.

 

Bechir nos propinó a los dos un empujón porque había comenzado a ahogarse con las palabras que no quería seguir diciendo y con las ya pronunciadas, que habría deseado poder tragarse. Porque su confianza, al parecer, no admitía más traiciones, había sido demasiadas veces quebrada. Porque Souilem, que trabajó durante un breve período en Turquía en un campo de refugiados y seguía obsesionado con el tema, distinguió la particularidad de su acento, de ese idiolecto, y tuvo la osadía de preguntar.

 

—Eres sirio, ¿no? ¿Qué haces aquí en Túnez?

 

 

*     *     *

 

Me resulta difícil hacer comprensible Susa, describirla con tino. Diría de ella que es fea, y tal vez me arrepentiría. Diría de ella que es fea del mismo modo en que son feas algunas mascotas, esos perros enanos, despeinados, con los dientes torcidos asomando por fuera de sus bocas cerradas, que sin embargo logran que, superado el disgusto inicial, les tomes más cariño por esos defectos. Susa posee la rareza de una medina de casi once siglos de antigüedad –reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y tornada hoy vulgar zoco de suvenires– cercada por un ensanche de edificios funcionalistas levantados durante las tres últimas décadas y fallidamente pretenciosos.  Como el Riad Palace, por ejemplo, un viejo hotel de lujo donde en diciembre de 2013 un terrorista suicida trató de volarse por los aires (murió solo y en la arena de la playa), que acoge en su interior estanques con nenúfares, suelos de mármol, bambú y pan de oro, mobiliario oriental de marquetería avejentada y sillas ergonómicas de acero, baúles, neones, pufs. Puro kitsch. Los contrastes de la ciudad ni siquiera logran dotarla de ese aire de decrepitud casi armónica aunque, por momentos, desde ciertas perspectivas, esté cerca de convencerte de que podría alcanzarlo: Un desfiladero de escaleras a intramuros que, desde lo alto de la loma, atraviesa derecho un parque, varias cafeterías y llega hasta las grúas del puerto industrial, desvanecidas por los reflejos del mar; la fotografía de una fortaleza y una aljama milenarias invadida por un cartel luminiscente y zapatillas de deporte colgando. Luego te apeas en Bab Bhar, la parada principal de taxis y –etimológicamente– la puerta del mar, y apenas tardas en corregir la visión romántica, en desecharla. La basura se quema a los pies de la barbacana en cubos de latón o en montones sueltos, el estrecho foso se convierte, por derecho consuetudinario, en el inodoro común. Y tú, en tanto que paseante, como flâneur, llegas a acostumbrarte a distinguir de entre esos efluvios el olor de las parrillas limpiadas con vinagre cuando empiezan a calentarse, a media mañana, a asumir que mientras circules entre las diez, las doce, las treinta hileras de louages amarillos, o junto a la calzada, estarás cerca de que te atropellen, será cuestión de tiempo que te golpee el hombro un espejo retrovisor.

 

También en su carácter es una ciudad contradictoria: Susa es incomprensible. Parece desalentadoramente indolente, medrosa. Me cuentan que durante la revolución de 2011, la primera de entre las llamadas primaveras árabes, nadie allí se percató de lo que estaba sucediendo; que apenas se vieron manifestaciones en las calles de Susa ni enfrentamientos con la policía, y sí el mismo flujo cansino de familias de turistas rusos e ingleses jubilados y sin hijos. A pesar de las escuelas de negocios, de agricultura y de turismo, de los universitarios que han estudiado en Francia y los cafés para artistas, de los dos hospitales, las discotecas, los hooligans de L’Etoile, el equipo local de fútbol, de tener un teatro con programación continua y una plaza junto a la playa para celebraciones y ferias, Susa se empeñó en demostrar un pulso hipotenso ante el momento de cambio. Sus muros están plagados de estarcidos con las caras de Bob Marley y el Che. De brochazos dibujando (mal) a dos iconos desprovistos de cualquier sentido reivindicativo. Comparten, más bien, plano e intención con las decenas de Bob Esponja y Hello Kitty que decoran los jardines de infancia. Esa es la pretensión, eso son: decoración. Susa es una ciudad ayermada por su indefinición, en el trance de decidir qué quiere ser. Susa podría ser, como tal vez os haya hecho ver, el escondite ideal para quien quiere pasar inadvertido, para un refugiado sirio. Para Bechir.

 

Fue mi primer impulso pensar eso. Encajaba que Bechir se hubiera asentado allí porque yo mismo sospechaba que, de no delatarme la piel, sabría mantenerme oculto entre sus estridencias. Estaba casi seguro de que habitaba un lugar predecible, cuando de pronto encontré una pintada con una reivindicación política. La primera subversión. Estaba en un jalón alicatado en medio de una isleta, un grafiti en un menhir entre los raíles inutilizados del tranvía, en el nacimiento de la avenida Habib Bourguiba. Decía: “Nueva constitución ya”, y también acusaba al gobierno, “culpables”. “Asesinos”. Me dominó por un instante la clase de enfado que sólo un idiota foráneo puede albergar, ¿por qué los tenderos que vendían tarjetas de tres compañías distintas de telefonía móvil alrededor actuaban como si tal cosa? ¿No habían reparado en la singularidad de ese exabrupto? ¿Nadie comprendía su importancia? Aquel punto señaló desde entonces para mí el ónfalo de Susa, hacia allí miraba, mientras paseaba alrededor, cuando tenía la tentación de creer que ya lo entendía todo. El ánimo general, a pesar de mi apreciación, del inconcluyente letargo que había diagnosticado, estaba turbado. El asesinato de Chokri Belaïd fue inasumible, se negaron a tragar. El 6 de febrero de 2013, el político marxista, panarabista, opositor al partido En-Nahda y al fundamentalismo salafista, murió cuando salía de su casa en la capital, tiroteado por Kamel Gaghgadhi. Cuatro balas alcanzaron su pecho y su cabeza. La calma era un disfraz. Con el magnicidio del siguiente político, Mohamed Brahmi, el 25 de julio, se sucedieron las protestas. Yo las vi. La gente trataba de no significarse, permanecía atenta a la vida pública, pero pretendía no atraer atenciones hacia sí. Algunos murmuraban: “¿lo veis?, la revolución continúa, no ha terminado”; y unas veces sonaba con orgullo y otras como un lamento sincero. Había voces que empezaban a admitir nostalgias del dictador: “¿para qué todo este sufrimiento? Estábamos mejor antes”. Vi a las asociaciones pro derechos de la mujer ocupar las calles sin miedo, gritar y lanzar bengalas, y disolverse en un lapso prudente, para evitar detenciones. Y todo en ese exacto enclave. Vi a quienes contrariaron mis impresiones girando en masa alrededor del jalón. Vi cómo la presencia policial se fue incrementando gradualmente, para final desgracia del escondido Bechir.

 

El Blue Moon estaba a un paso de allí…

 

—Buenos días, ¿está Bechir?

—No ha venido a trabajar.

—¿Turno de tarde?

—Hace unos días que no lo veo.

 

 

*     *     *

 

Souilem, cuando sonríe, enseña todos los repuntes de su angulosa calavera, y sonríe a menudo. Es un tipo afable, consciente casi siempre de su buena fortuna. El número de jóvenes tunecinos que gozan de oportunidades como ésa de la que él dispuso, que pueden abandonar las fronteras del país, es escasísimo. Viajó a Turquía como voluntario del Servicio Europeo. Su pasaje de avión de Cartago a Estambul, el tortuoso autobús a Anatolia, a Gaziantep, la antigua Antioquía de Tauros y hoy sexta ciudad turca –exporta más de setecientos millones de alfombras industrialmente confeccionadas al año, me dice–, su estancia de seis meses conviviendo con una decena de alemanes, españoles, italianos y rumanos en el apartamento cedido por una organización de nombre Geged. Su experiencia, la más trascendental en su formación, estuvo sufragada por la Unión Europea. No hay paradoja. La cooperación cultural promovida por la actualmente olvidada o, peor, denostada Alianza de Civilizaciones alentaba el acercamiento de las orillas del Mediterráneo.

 

Souilem demuestra ambición, es perentoria desde el primer contacto. Su padre regenta una próspera fábrica de textiles y él aspira a superarlo, guarda con él una relación tirante que le apremia a competir. Sueña con ser el dueño de un negocio de importación y exportación internacional. Turquía fue la primera ocasión para probarse. Llegó allí, en principio, para ser animador cultural. Otra de sus aficiones es el rap: había cantado en recaudaciones de fondos contra el sida, en colegios, en festivales. En 2011 lo hizo públicamente contra el dictador –Run away Ben Alí, instaba en inglés el estribillo–, y supo explotar ese rasgo de su perfil para destacarse. Pero la avalancha de refugiados sirios que cruzaba y se instalaba tan cerca de donde él vivía le compelió a involucrarse en lo que parecía más urgente, de una relevancia mayor. Se imaginó apareciendo en las noticias. En abril de 2012, junto con Giacomo, uno de los italianos, dejó sus labores en la asociación y se mudó a Kilis, enclave próximo a la linde con Siria.

 

Me enseña en Facebook las fotos de entonces.

 

—Celebramos su cumpleaños en el campo de refugiados –dice refiriéndose al barbudo italiano.

—¿Qué hacíais?

–Yo traducía del árabe al inglés, intentaba ayudarles a comunicarse. Poco. Nada en realidad. Tratábamos de echarles una mano, pero demasiadas veces nos terminábamos sintiendo más un estorbo que otra cosa.

 

Pasando fotos aparece un rostro rubicundo, de pelo ralo, gritando a viva voz, a juzgar por la tensión marcada en la garganta, y con el labio superior tocado por un frondoso mostacho.

 

—¿Sabes quién es?

 

A esas alturas, claro que lo sabía.

 

—Chokri Belaïd, el político muerto.

—El asesinado, el primero de los opositores asesinados.

 

Souilem había tomado parte en la manifestación del 27 de julio de 2013, ese fragoroso instante en que Susa había demostrado su rabia, su respuesta al asesinato de Brahmi. Hoy vive en Gießen, Alemania, arrancando su empresa de importación de productos alimenticios. Todavía recuerda la impotencia que sintió en el campo de refugiados, la rara sensación de culpa que allí le quedó inoculada. La que, probablemente, le llevó a charlar con Bechir. Al empujón que ambos recibimos. No ha olvidado la historia de Bechir.

 

 

*     *     *

 

Lampedusa es una roca de apenas veinte kilómetros cuadrados, una isla que alcanzó la celebridad por la peor de las razones el 3 de octubre de 2013. Había ocurrido antes, en un goteo constante, en un trasvase tenaz, aun fluctuando como lo hacía. Los niños tunecinos en las escuelas primarias, delante del mapa del Mediterráneo, localizaban su alargado país e inmediatamente después preguntaban cuál de esos minúsculos puntitos entre su costa y la de Sicilia era Lampedusa. La manga de mar que les separaba lleva por tiempo inmemorial tragándose inmigrantes africanos. Pero ese día, el 3 de octubre del año pasado, unos 300 que navegaban en la misma embarcación perecieron tratando de arribar a territorio Schengen. Los informativos de todo el mundo abrieron con una fila de bolsas de plástico cubriendo cadáveres tan larga que no cupo en la perspectiva del plano. Pensando en ellos (¿en el refugiado Bechir?), le pregunto a alguien que conoce la zona de primera mano. Lucia, una joven siciliana que visitó por primera vez Lampedusa de cría, en unas vacaciones de verano en las que reincidió año tras año con su familia, y trabajó después en un centro de integración atendiendo, a su traslado a Sicilia, a los inmigrantes allí llegados.

 

—Volví en agosto [de 2014], no pisaba allí desde 2005. Estaba emocionada y nerviosa; me recordaba a mi infancia. Y la vi tan estupenda como siempre: colorida, con un calor envolvente, distinto del que tenemos en Sicilia.

—A mí el calor de Sicilia me resultó parecido al de mi tierra, al de Extremadura –interrumpo.

—Y la gente es encantadora. Pero la tristeza se palpa. Están muy tristes. ¿Por dónde empiezo? Lo primero que quiero recalcar es que Lampedusa es una de las puertas de entrada a Europa y debería ser un problema europeo y no sólo italiano.

—Entiendo.

—Desde que comenzó la iniciativa Mare Nostrum los barcos de los inmigrantes ya no atracan en Lampedusa, hay patrullas permanentes, pero eso muchos no lo saben. Cada vez que sucede algo en el mar se deja entrever que ocurrió en la isla de Lampedusa y, claro, los turistas tienen miedo de viajar allí. El pueblo está muy enfadado, ¿cómo no estarlo? Viven del verano y una mala campaña, literalmente, les arruina el año. La economía está herida, la población está depauperada. Calculan que este año han tenido un 60% menos de tráfico de visitas. Se ha dicho de todo, he oído burradas. No sé si temerle más a la maledicencia de esa campaña denigratoria o directamente a las estupidez humana.

—¿Por qué? No sé si comprendo esto último.

—¡Se ha llegado a inducir a la gente a pensar que si comían pescado de Lampedusa podían enfermar de ébola! Los peces se alimentan de otros peces de las aguas del Mediterráneo y, éstos últimos, afirman ellos, podrían haberse comido los restos de inmigrantes muertos y contagiados.

—Nadie puede creerse eso. Por favor…

—Es desesperante la idiotez. Los lugareños no se merecen esto. Son un pueblo exquisito, generoso. Feliz. Son solidarios, acogedores. Lo demostraron cuando se hundió el barco, cuando murieron tantos hace un año y pico. La gente se volcó por completo: ayudó en el rescate, hospedó en sus casas a esos pobrecitos desesperados; adoptaron bastantes niños, se les regaló ropa y se les ofreció en todo momento comida. Y eso lo hace sólo gente con un enorme corazón, porque recursos no tienen. Imagina cómo afecta ahora el descenso del turismo.

—Reconduzcamos. ¿Qué pasa con los inmigrantes que sí logran su objetivo y tocan tierra en Lampedusa?

—Pasan a Sicilia. Te explico: una vez que se marchan a Sicilia se decide si se quedan o no. Con los mayores lo hacen enseguida. Los jóvenes son incluidos en un programa formativo o didáctico de italiano. Se les manda a comunidades de acogida donde se les provee de lo necesario. La formación por norma se lleva a cabo en Centros Territoriales Permanentes (CTP) en los que los estudiantes tienen que conseguir llegar al nivel A2 de italiano para obtener el permiso de residencia. Con él, pueden vivir y trabajar en Italia. Yo he trabajado como profesora voluntaria durante seis meses en un CTP; al principio del año llegan unos 80 chicos (hay poquísimas chicas) y, de éstos, quedan la mitad con el transcurso de los meses. En mi clase quedaron 42. Se supone que son menores de edad, pero es sólo supuestamente; algunos tienen veintitrés, o veinticinco, o más, pero declaran estar dentro del rango de esa minoría de edad para poder permanecer en la comunidad. El nivel de unos y otros está muy marcado en las clases, es muy diferente. La mayoría de los chicos vienen de Túnez, Marruecos, Egipto, Gambia, Nigeria y Bangladesh, pero también de Pakistán, Ghana, Somalia, Eritrea y algunas naciones más; entre todos estos hay quienes han estudiado hasta nueve años (los de Gambia o Egipto, por ejemplo), chicos que no han pisado una escuela en sus vidas (en general todos los de Mali), huérfanos, muchachos que dejan atrás familias y amigos para darse una oportunidad y mandarles luego dinero. Enseñar, comunicarte incluso, se convierte en una quimera. ¿Cómo hacer que te entiendan cuando, como mucho, hablan el dialecto de sus provincias de origen? Es desalentador, de veras. Intentas entonces probar a expresarte en inglés, en francés, en portugués, en árabe en algún caso, pero es un acto tan limitado. Muy complicado. Has de escoger a alguno de los compañeros con el que sí puedas dialogar y que hable lenguas parecidas a las suyas, y tornarlo tu mediador cultural. Además los ánimos están por el suelo, ni te imaginas. Han vivido algo que nosotros no afrontaremos nunca, o eso espero; pasan horas o días en botes en mitad de la nada en busca de nuestra tierra y, si llegan, te tienen miedo. No te entienden, no intuyen qué les vas a hacer; si, mientras hablas con ellos, les tocas la espalda o el brazo, o simplemente te acercas con el fin de enseñarles algo, saltan. Están acostumbrados a que se ejerza violencia contra ellos y te tienen de veras un pánico atroz. Tienes que derrumbar ese muro tras el que se parapetan y es mucho trabajo, no es fácil que se fíen de ti y dejen de lado la idea de que les vas a hacer daño.

—¿Qué sabor de boca te dejó la experiencia?

—Para mí fue muy intensa, espléndida. Mi principal motivo de orgullo fue lograr que se abriera uno de los chicos más duros de la pandilla. Su nombre es Kutubo y, cuando llegué, se sentaba al fondo del aula con la capucha de la sudadera y las gafas de sol puestas, hablaba sólo mandingo, con sus amigos, y no hacía caso de absolutamente nada de lo que dijera la profesora. Al verle me decidí a hacer algo; entendí que hablaba un poco inglés y me dediqué a él, le expliqué cuestiones primordiales del italiano y conseguí poco a poco que bajara ese filtro afectivo que no le permitía comunicarse con nosotros. Empezó por quitarse las gafas, luego la capucha, y ¡hasta hacía los deberes! Empezó a leer. Me contó que en Gambia tenía novia, quiénes eran sus padres y cómo era su familia. Me lo tomé como un gran éxito. Estas situaciones, sinceramente, son un desastre. No es justo que los organismos internacionales se escaqueen de lo que pasa en Italia, en Lampedusa. Sicilia tiene que comerse los marrones. No deberíamos permitir que en 2014 África siga siendo un continente desnutrido y explotado por occidentales. Es injusto.

—¿Qué pasa con los inmigrantes adultos? –prorrumpo cortando un tanto la perorata.

—Depende…

 

A pesar de que intento construir mis preguntas –y los primeros correos que le remití para obtener este testimonio– en italiano, ella me responde en un correcto español. Su dominio de mi lengua es notoriamente mejor que al contrario. Lucia vivió unos años en Madrid, trabajando en el servicio de atención al cliente de una compañía de juguetes sexuales, dildos, alargadores de pene, primero, para al cabo montar su propio negocio: una rosticceria siciliana en La Latina. Carussi, así se llamaba, cerró en 2012. Cuanto he logrado saber por sus palabras ayuda poco a desvelar la incertidumbre, resulta poco halagüeño. La pregunta es: ¿Qué habrá sido de Bechir?

 

 

*     *     *

 

Lo que sé de la historia de Bechir, lo que de cierto conocemos al respecto, se reduce a un puñado de datos expelidos con dolor en una conversación de sobremesa. A la charla que tres personas tenían mientras yo, incapaz de saber cómo reaccionar, seguía despacio dando bocados al sándwich. Lo poco que él respondía a las procaces acometidas de Souilem y lo que aportaran las digresiones del otro camarero, lo que yo captaba en árabe –no demasiado– y lo que luego se esforzaba por traducirme Souilem –no tanto más–.

 

La historia de Bechir –escueta, parcial, incompleta, injusta seguramente como representación de sus pesares, del sufrimiento de su camino– transcurre así:

 

Ejercía como periodista en su país. ¿En qué medio? ¿Impreso o digital? A Souilem parecen traerle sin cuidado ese tipo de detalles, no entiende que yo los necesito para contar una historia. No se le pasa por la cabeza, obviamente, que yo esté registrando el momento para poder contarlo. Y yo no me atrevo a entrometerme (más). Tampoco a irme y olvidarme, que tal vez habría sido lo apropiado, lo saludable. Varias veces tengo la sensación de que Souilem habla más de lo que debiera y con un optimismo que no se corresponde con la realidad. Opina que quizás Geged, su asociación en Gaziantep, pueda hacer algo por él. Turquía ya ha acogido a muchísimos, ¿por qué no a él? Se atreve a aseverarlo sin pudor delante de un hombre desesperanzado, lo dice cuando todavía no ha escuchado casi nada de su experiencia.

 

Hubo más sentimiento de pertenencia cuando pronunció soy periodista que cuando reconoció ser sirio; hablaba de su profesión con orgullo, como supongo que un rey desterrado hablaría de la corona que llevó ceñida a la frente. Deduzco, o quiero pensar, por ello, que quizás desempeñase una posición preeminente en alguna mesa de redacción o que habría sido un informador mordaz. Una voz valiente. Que todo lo cerca de desplomarse que parecían aquellos ojos ahora en otro tiempo habrían aguantado apuntando alto, señalando lo que no consentían que permaneciera en la penumbra. La mirada es la virtud distintiva del periodista. En un país gobernado por un dictador tan feroz como lo fuera antes su padre, que vive en estado de excepción desde 1962, sólo entiendo el periodismo como un faro, y asumo que él tuvo que ser un profesional honesto y no un estómago agradecido. Se opuso, eso lo sé, a medidas políticas del régimen de Bachar al-Assad. Ahí reside su crimen. “Debilitar el sentimiento nacionalista, publicar noticias falsas que ofenden la dignidad del Estado, enaltecer agresiones externas contra el país, insultar al presidente”, así suenan los cargos que se le imputan a quien cuenta lo que le rodea.

 

—Supe extraoficialmente que me acusaban de un montón de cosas absurdas. Empezábamos a ver lo que les ocurría a los otros.

 

Son las consecuencias de la responsabilidad que acarrea firmar un artículo en contra de la corriente oficialista en un lugar donde la libertad de prensa no existe, donde pensar o pronunciarse en contra del criterio, opiniones o decisiones del líder constituye un delito atroz. Él no dice explícitamente qué escribió o dónde lo hizo, pero sí menciona una fecha: mayo de 2006. En primera instancia se me antojó que lo que Bechir publicara tendría que ver con el conflicto con la minoría kurda, juzgué que era la hipótesis más plausible. La verdad es que no sé nada de la historia reciente de Siria; no me hago una idea de cómo sería el país en el que una revuelta surgida en decurso de las demás primaveras árabes se tornó una guerra civil cruenta e irresoluta, antes de que esto sucediera. Fue al volver a Tantana, en el café Bacha, aquella noche –y las siguientes–, cuando investigando a través de los informes anuales de Amnistía Internacional, accesibles desde internet, pude establecer una conjetura más verosímil, encajar sus palabras en unos hechos constatados de ese mayo de 2006. En ese momento apareció lo que dio en ser referido como la Declaración Beirut-Damasco, el día 12, concretamente. La ONU había encontrado pruebas de la implicación del gobierno sirio en el asesinato en febrero de 2005 del primer ministro libanés Rafiq al-Hariri, lo cual niega aún hoy Al Assad, y, como respuesta, alrededor de quinientos escritores, intelectuales, activistas políticos y ciudadanos de toda índole firmaron a los dos lados de la frontera, en Líbano y Siria, un manifiesto instando a la normalización de las relaciones diplomáticas entre ambos países y al respeto por parte del gobierno sirio de la independencia y la soberanía del Líbano. La BBC asegura que siete opositores políticos fueron encarcelados de inmediato por firmarlo, que hay abogados defensores de los derechos humanos que todavía siguen en prisión contradiciendo lo dictaminado en sus sentencias, de un máximo de cinco años, que una batería de cargos públicos fue cesada por respaldar, promover o difundir esa postura conciliadora. Amnistía Internacional recoge por su parte cómo se clausuraron las páginas webs de noticias: www.syriaview.net, Thissirianet, Kurdroj, www.shril.info y Arraee.

 

Bechir –entiendan que es una especulación y que esto es lo más cerca que estaremos de la verdad–, pudo haber estado entre los periodistas que se acogieron a la tesis del asesinato político sugerida por la ONU y el grueso de la comunidad internacional. Pudo haber firmado o divulgado el manifiesto Beirut-Damasco.

 

—Yo en mi país vivía bien. Quiero decir: no era rico pero tenía suficiente, me dedicaba a lo que me gustaba. Pero no quería acabar enjaulado, torturado o muerto.

 

Y se marchó. Comenzó el periplo de viajes con el exilio como destino indefectible, la persecución del mejor de los exilios posibles, de uno que pareciera producirse como una vida nueva adyacente a la anterior, que no supusiera o tuviera la apariencia de una fractura –aunque todos los cambios los sean–. Con el dinero ahorrado inició los trámites para que lo aceptaran en Estados Unidos: allí deseaba establecerse. El país le daría oportunidades y él seguiría desarrollándose, progresando. Valoraba cada paso como si permanentemente caminara por una balanza con riesgo de desequilibrarla y caer en la pérdida absoluta. Estados Unidos habría resultado un buen cambio. Pero no le concedieron el visado. Voló hasta allí y, tras un intento a la desesperada de quedarse ilegalmente, lo expulsaron. Ningún dato más al respecto.

 

—¿Hablas inglés? –le pregunto en ese idioma.

Soueiya, un poco –me responde él en tunecino.

 

Su siguiente objetivo fue llegar a Suecia.

 

—Si hubiera sido balcánico la respuesta habría sido distinta.

 

Lo rechazaron también. Deduzco que no tomó el avión. No habla del frío, de la estancia previa en una sala de una austeridad profiláctica en un centro de Estocolmo o cualquier otra ciudad sueca a la que sea accesible viajar desde Damasco o habiendo cruzado por tierra hacia Turquía, Líbano, Jordania o incluso Israel –no a Iraq, desde luego– para finalmente volar desde allí. Forma parte del relato habitual, según he leído, de casi todos los inmigrantes en suelo sueco. La persistencia de la primera impresión, de ese choque, de ese no saber responderte a la pulsión que te obliga a inquirirte: ¿ahora qué?, pero con el salvoconducto de saberte indemne, más o menos seguro, y con un futuro por delante en un país próspero. Sin embargo, pudiera ser también que ya en este punto empezara a escatimar palabras, a sentir angustia por hablar.

 

No pudo ser refugiado político en Estados Unidos y tampoco en Suecia. Debía seguir moviéndose y sus opciones se redujeron drásticamente. En lo que probablemente él mismo considere un descalabro de la balanza, se estableció sin regularizar su situación en Marruecos. Fue en 2007, a comienzos, cuando se trasladó al país rifeño, y algo traumático debió sucederle recién instalado allí. Los desprecia. Esta vez Souilem sí había preguntado directamente a Bechir y él se había negado a contestar.

 

—Son todos unos hijos de puta, unos malnacidos.

—¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron?

 

Bechir tenía en mente, al asentarse en Rabat, en Tatkaddoum, un barrio habitado casi completamente por sin papeles, dar el salto a Europa. Lo contemplaba todavía en el horizonte: el buen exilio lo había identificado con residir en un país occidental. Con libertad de prensa. Pero tuvo que desestimarlo, no aguantó; eso, lo que quiera que le ocurriera a ese hombre solo que había dejado de ejercer como periodista y abandonado su país, hizo que desechara la larga espera hasta una travesía posible hacia el norte, a través de Gibraltar. Así llegó a Túnez.

 

—Aquí me casé. Tengo una esposa hermosísima.

 

Su estatus legal no está del todo claro. Le asusta la presencia de la policía y parece temer que le descubran. Pudiera ser, por tanto, que contrajera matrimonio por el rito religioso, pero que no por ello se hiciera efectiva tal unión en el registro civil. O que a pesar de estar casado con una tunecina no le hayan concedido la nacionalidad en medio de la vorágine revolucionaria. Cabe imaginar un sinfín de posibilidades y contingencias. Pero tiene una hija, ¿no constaría en los documentos el nombre de su padre? ¿Cómo sería de embrollada la situación burocrática de esa familia? Además, la pequeña, de unos cinco años de edad, había sido diagnosticada con una diabetes severa. Cada semana necesitaba inyectarse insulina y ninguna cobertura médica pública se la costeaba.

 

—Son más de 40 dinares cada vez. Apenas puedo pagarlos. Me ayudan amigos de mi mujer y familiares suyos. Los médicos dicen que ella podría morir si estuviera varios días sin recibir el tratamiento. ¿Qué clase de padre soy? Yo tenía un trabajo respetado y lo perdí todo. Ésta ya no es mi vida, yo ya no importo. Me da igual si muero en el barco, pero voy a intentarlo. Por mi familia. Aquí no aporto nada. Es el último recurso en mi mano para ayudar a mi mujer y a mi hija. Cruzaré a Lampedusa.

 

Ya había pagado el pasaje a una mafia en otra ocasión y se había dejado convencer para quedarse, al final. Se arrepentía. No veía otra solución, al menos eso nos estaba diciendo en el instante preciso en el que se dio cuenta de que habría sido mejor no contar nada. En el segundo en el que podría haber roto a llorar, pero se dejó llevar por la ira y, antes de que Souilem mencionara Geged, Gaziantep, Turquía, otra vez, antes de que insistiera en convertir a Bechir en la metonimia de todos los sirios del campo de refugiados de Kilis por los que nada más pudo hacer, nos empujó.

 

 

*     *     *

 

—¿Está Bechir?

—No. No ha vuelto a venir a trabajar.

—¿Sabéis dónde vive, alguno lo ha ido a buscar a casa o lo ha llamado por teléfono?

—No, y tampoco lo coge. Uno que charló con él aquí en el restaurante en una ocasión se pasó hace poco y dijo que todo estaba bien.

—¿Qué significa ir bien?

—No dijo nada más.

—¿Crees que se ha montado en una patera rumbo a Lampedusa?

—Lo voy a echar de menos. No sé. No estuvo mucho aquí en el Blue Moon, pero me caía bien. Una vez se enfadó mucho conmigo. Procurábamos no hablar de política, especialmente con él. Pero esa vez estábamos comentando algo de las noticias, no recuerdo cómo comenzó la conversación: con las incursiones militares en la frontera con Argelia para pillar a los salafistas o con los muchachos tunecinos que se han ido a hacer la yihad a su país, supongo. Sí, fue por los tunecinos que han muerto allí. Yo dije algo al respecto de las armas, de la fascinación de la guerra. De que me gustaría probar la sensación de disparar de verdad un arma. Me puso cara de auténtico asco. Me contó la historia de un familiar suyo, un primo, algo así. Luchó en Líbano en los ochenta. Había sobrevivido. Pero su compañero, cerca de él, murió por la explosión de una mina. Su primo o lo que fuera, tenía algo más que cicatrices. Tenía en el brazo derecho y en la espalda, incrustados bajo la piel, restos óseos de su compañero hecho pedazos tras la deflagración. Trozos de dientes, o algo así. No me habló más durante un par de días.

 

 

*     *     *

 

Conocí a Bechir una noche de septiembre de 2013 en un restaurante de comida rápida en Susa, donde el polvo enturbia el olor del mar cercano. Lo vi una vez. Sólo esa vez. Nunca más supe de él.

 

Bechir, sé que no debería contar nunca nada, que no te he ayudado, con esto. Pero no sé hacer otra cosa que contar.

 

 

 

 

Alejandro Narden (Plasencia, 1987) es licenciado en Filología Árabe por la Universidad de Salamanca. Cursó estudios de Filología Hebrea en la misma hasta mudarse a Barcelona, donde obtuvo el grado de Máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu i Fabra. Ha ejercido como librero, lector y corrector editorial, profesor y gestor cultural. Fue seleccionado para formar parte de la 11ª promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Ha residido en ciudades como Londres, Rabat, Roma, Barcelona, el Cairo, Santiago de Compostela, Salamanca, Córdoba, Susa o Madrid. En fronterad ha publicado Quinto cumpleaños de fronterad. Esto es agua.

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Autor: Alejandro Narden