Beethoven, el tesoro de Bonn

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Le pregunté a la noche si estaba dispuesta a dejarse desvelar. Me dijo casi en un susurro que cuando está despierta suceden cosas que los mortales, por estar dormidos, se pierden. Es en la oscuridad donde también suceden cosas maravillosas. Es en la falta de algo cuando los sentidos que quedan se agrupan y forman una alianza más fuerte que la anterior. Si ya no escucho más, veo, siento, miro y huelo con una pasión desenfrenada y desatada.

 

La vida es demasiado breve para vivir. Si pensamos demasiado las canas se nos vienen encima. El gris toma el control. La firmeza se hace concesión y unos pensamientos locos abrigan las teorías más demenciales que solo una mente activa puede construir. La música viene sigilosa, como pidiendo permiso por los pasillos de los años jóvenes. Llamando a lo lejos, haciendo señas, queriéndose invitar a la fiesta de la creación artística.

 

Hasta que encuentra un nombre. Varios nombres. Seres receptivos. Con una receptividad atípica, tomada de otros planetas, de otras existencias, del mundo paralelo de los genios. Lejos del caos, de lo común y de lo multitudinario. Los acordes, sabios, saben a dónde ir. No preguntan nunca, más bien despiertan y sacuden la monotonía. Se hacen multitud y crean sinfonías. Pero ellos eligen, nunca son elegidos. Son la luz que ciega por su brillo.

 

En pleno centro histórico de Bonn, la casa natal de Ludwig van Beethoven. Esa que visitan más de ciento cincuenta mil personas por año. La misma que resultó ilesa de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y la misma que los vecinos salvaron de ser derrumbada por falta de fondos para su mantenimiento. Muerto el músico, la casa fue un cabaret. Volvió a asociarse a la familia del músico tras muchas burocracias y años. Hoy es la visita obligada de la ciudad.

 

Bonngasse 24-26, Bonn, Alemania. Una puerta y unos euros después, la intimidad del músico dispuesta a hablar, a contar. Prohibidas las fotos. Permitido vivir, pasear, recordar. Unirse a los acordes de las composiciones que acompañan la visita de cada una de las habitaciones de lo que fue su hogar, su sitio en el mundo, su refugio ante las inclemencias del tiempo y del ánimo. Sus instrumentos, sus objetos personales. Allí, en una amistosa convivencia. Atmósfera de genialidad.

 

Beethoven niño es por momentos un ser sufriente, que mezcla lágrimas con una capacidad fuera de lo común para entenderse con los acordes y los instrumentos. Su padre, rápido, ávido y también con la cuota de desesperación necesaria para acercarse lenta pero firmemente a la locura, encierra a su hijo para que estudie música. Que muera su niñez y viva su genio. Que la severidad lo amordace y que haya brillo con el genio que el mundo descubre. No hay colegio, hay hogar donde reina lo inusual, terreno de adultez minando todos los cimientos de una infancia normal. La receta para el genio atormentado, débil a lo largo de su vida, enfermizo. Pero fuera de lo común, más allá de lo que se puede denominar mortal.

 

Beethoven joven escribe: “Actúa en vez de suplicar. Sacrifícate sin esperanza de gloria ni recompensa. Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Solo así podrá cumplirse tu peculiar destino”. De algún rincón de su genialidad aparece tímida una de sus composiciones más conocidas, la sonata “Claro de luna”. Él no la bautiza con ningún nombre apenas nace. Se llama así cinco años después de su muerte cuando el poeta Ludwig Rellastab recupera algo de la historia de esa composición y afirma que tan bella melodía la había escrito Ludwig a una querida alumna, Julie Guicciardi.

 

Beethoven adulto: “El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación”. A los doce años, cuando muchos niños apenas pueden hacer sus primeros cálculos o disfrutar de un dulce sin más preocupaciones que el presente efímero que viven, Ludwig compone su primera obra. Le seguirán a esa primera nueve sinfonías, siete conciertos, diecisiete cuartetos para cuerdas, treinta y dos sonatas para piano y diez más para violín y piano. En Viena y en soledad la mayor parte de su vida y su obra. Su sobrino Karl, un atormentado muchacho que completa su ajetreada vida de músico. Su ardua tarea educadora.

 

Beethoven para siempre: murió a los cincuenta y seis años un día de tormenta eléctrica, con un hígado destruido por el alcohol y el abandono afectivo. Más de veinte mil personas fueron a despedirlo a su funeral. Al final, cumplió con lo que alguna vez escribió, en un papel aislado, a la luz de una vela: “Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello. No me dominará”.

 

Me voy de su casa natal. Me voy pero uno nunca se va de los lugares que dejan huella en el alma. Esos lugares van con uno. Viven permanentemente. Nos visitan alegres, nos recuerdan la genialidad de quienes nos antecedieron, de que puede haber luz aún en el pantano más desdichado de todos. En el frío, en la lluvia, en donde sea que haya un alma que habla y otra dispuesta a escucharla. Donde hay música, donde hay arte. En los sitios donde detenemos el tiempo para vivir congelados en la gracia de momentos especiales y que no terminan nunca. Camino lento, mirando hacia atrás. El gris típico de Bonn abriga todas las miradas. El gris de Bonn que algún día fue testigo envidiable de un genio que allí nació.

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