Béjar, las casualidades y los guardianes de la memoria

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No estoy seguro de si hemos llegado a mencionarlo, o si puede deducirse de alguno de nuestros textos, pero cada vez que coincidimos Martina, Marco y yo en el diván del Lorca acabamos sorprendidos por el cúmulo de casualidades que han ido dando forma a este espacio y a muchas de las historias y realidades que hasta ahora hemos publicado.

Una conversación rutinaria, un correo electrónico enviado un poco al azar o una simple conversación con una compañera de clase pueden ser el sugerente extremo de un hilo del que comenzar a tirar. En mi caso, la chiripa que me introdujo en el mundo de los sefardíes que emigraron a Bulgaria no tuvo que ver con algún lugar que haya visitado o alguien que haya conocido en el país balcánico, sino más bien con la vuelta a una parte de mis orígenes en España.

Desde hace un año resido en Candelario, la villa natal de mi familia materna; un precioso pueblo de montaña situado al sureste de Salamanca, cerca de la frontera con Cáceres y Ávila; declarado Conjunto Histórico por su arquitectura tradicional y sus costumbres, y conocido por su privilegiado entorno natural, su tradición chacinera, las batipuertas y las regaderas por las que corre el agua que baja de la sierra dando vida y poniendo banda sonora a sus empinadas calles.

 

 

Candelario comparte sierra con Béjar, la capital de la comarca, una ciudad histórica, tranquila y, de un tiempo a esta parte, venida a menos. Atrás quedaron épocas de esplendor en las que la industria textil y el cerdo ibérico daban trabajo a ambas localidades y colmaban de vecinos sus tierras. Aquellas actividades se fueron dispersando y con ellas su población, cada vez más mermada y envejecida. Recuerdo que, mucho antes de que esta pandemia nos golpeara, apenas te cruzabas con alguien por la calle los días de entre semana, mientras que comenzaba a ser frecuente ver cómo muchos negocios y locales se cerraban o vendían.

 

 

Con este panorama resulta aún más importante la labor de aquellos que invierten tiempo y energía en mantener vivas las tradiciones. En Candelario, importantes eventos y reclamos deportivos, turísticos y publicitarios se alternan con otros como, por ejemplo, la boda y los bailes típicos que nos transportan siglos atrás, cuando el pueblo superaba con holgura los dos mil habitantes –hoy estamos censados menos de 900– y era proveedor de embutidos de la Casa Real. O también libros, como el del paisano Pedro López, que invitan a descubrir la historia de Candelario y sus habitantes a través de los muchos enigmas que esconden sus calles.

 

 

En Béjar, una de esas personas dedicada a salvaguardar la memoria es Antonio Avilés Amat, miembro del Centro de Estudio Bejaranos y director del Museo Judío “David Melul”, uno de los tres que oficialmente existen en España y único en Castilla y León. Entre sus obras escritas destacan varias dedicadas al estudio de los judíos en la Historia de Béjar.

 

 

La semana pasada, por fin, recorrí los cuatro kilómetros que separan ambas localidades para conocer el museo y tuve la fortuna de encontrarme con él de casualidad. Casi al final de nuestra conversación me mostró un documento original del siglo XV que representa lo que vendría a ser un contrato privado de la época y por el que un católico cedía sus propiedades a un judío hasta que regresara de su viaje.

“Eso de que el pueblo no podía ver a los judíos y son los vecinos los que promueven la expulsión, es totalmente falso. La expulsión fue cosa de la Iglesia a través de la Inquisición y la presión de ésta a los Reyes Católicos para que la declarasen”, comentaba con un punto de emoción. “El pueblo tenía una relación cordial y, aunque no esté del todo relacionado, hemos expuesto este documento para demostrar la buena convivencia y la confianza que se podría llegar a alcanzar entre católicos y judíos, casi impensable cuando se toca el tema hoy en día”.

 

Copia del Edicto de Granada promulgado por los Reyes Católicos en 1492 en el museo “David Melul”

 

Una hora antes, poco después de las presentaciones, Antonio Avilés me contaba la historia del creador y mecenas del museo, David Melul, un judío nacido en Melilla en 1928 que llegó a Béjar en 1946 para estudiar durante varios años en la entonces denominada Escuela de Peritos Industriales (hoy Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de la Universidad de Salamanca) antes de completar su formación en Tarrasa. Más tarde se instaló en Barcelona, pero nunca perdió en vínculo con Béjar, lo que le llevaría a visitar la ciudad con cierta frecuencia.

“Los tres años que estuvo aquí en Béjar le marcaron profundamente por una razón: en la época de Franco, en la postguerra, ser judío no era fácil, por no decir impensable. Además de intentar convertirte, podían detenerte. Y David vino aquí y nadie le dijo nada. Tuvo buenos amigos que asistían a misa todos los domingos, pero él no, lo cual era un poco transgresor en aquellos tiempos. Sin embargo, a él no le pasó nada y pensaba estar viviendo en una especie de limbo”.

Pasaron los años y en una de esas visitas, a finales de la década de 1990, David Melul impulsó la puesta en marcha de un museo a partir de su conocimiento del pasado hebreo de la ciudad, y de su interés por contribuir con su ayuda a la difusión de la cultura y la historia de los judíos. “Un día vino y me dijo: Quiero hacer un museo y tú vas a ser el director”, recordaba Avilés.

Ya en 2004, con el edificio del museo prácticamente terminado –aunque sin apenas contenido­­– decidieron que se inauguraría el mes de septiembre. Tres meses antes, en junio, el entonces alcalde de Béjar, Alejo Rinones, y Antonio Avilés viajaron a Valladolid para entrevistarse con el Consejero de Fomento, que debía dar luz verde al proyecto y registrarlo con todos los trámites administrativos como museo de la Comunidad Autónoma. Ese día, de casualidad, cuando estaban en la puerta del edificio del museo para marcharse, se presentó un hombre misterioso con la noticia de que había promovido un encuentro de los sefardíes que se apellidaban Behar, Béjar, Becherano y Vejar en Béjar. Casualmente –cómo si no– ese encuentro estaba previsto también para el mes de septiembre.

Esa persona aparecida de la nada era Iako Behar, un judío nacido en Bulgaria en el período de entreguerras que siendo adolescente emigró a Méjico junto a su familia. Era descendiente de alguno de los 300 judíos –aproximadamente un 25% de la población de entonces– que, en 1492, tras el Edicto de Granada, abandonaron Béjar y se repartieron por el norte de África y el centro y el este de Europa.

Para Ruth Behar, una antropóloga y escritora nacida en Cuba, criada en los Estados Unidos y residente en la España de la transición, y una de las asistentes a dicho encuentro, la invitación suscitó en ella sorpresa e interés a partes iguales.

“Los primeros años que viví en España, con frecuencia me preguntaba sobre el origen de mi apellido. ¿Sería posible que el origen fuera por Béjar? Entonces, decidí aventurarme y visitar el pueblo, esperando encontrar el origen de mi familia; al final terminé dando vueltas y compré un llavero el cual terminó sobre mi librero por un largo tiempo, esperando la llave que supuestamente todos los judíos sefardíes debían tener de las casas abandonadas en España. Sin embargo, en lugar de la llave, fue un completo desconocido quien se las arregló para enviar 4.500 invitaciones a todas las personas apellidadas Behar y sus derivados alrededor del mundo”, relataba Ruth Behar en un artículo que escribió después de aquella experiencia.

Finalmente, casi un centenar de Behars de los cinco continentes aceptaron la llamada de este judío nacido en Bulgaria y se dieron cita entre el 6 y el 9 de septiembre de 2004 en la ciudad de Béjar. Desde Ciudad del Cabo hasta el Sudeste Asiático, pasando por Europa, Cuba y Norteamérica, todas y cada una de estas personas participaron de un evento en el que, además de asistir a la inauguración del museo “David Melul” y conocer a su mecenas, pudieron pasear por unas calles que a casi todos les eran de algún modo familiares y también indagar sobre sus orígenes. A la cita acudió un genealogista que confirmó que un porcentaje bastante elevado, más de un 80%, eran descendientes de los judíos que fueron expulsados en 1492 y que, a modo de signo distintivo de su identidad, adoptaron el topónimo de la villa donde residían.

 

Encuentro de los Behar e inauguración del Museo Judío “David Melul” en 2004

 

Durante mi vista al museo, Antonio Avilés rememoraba aquellos días con especial cariño, sobre todo los paseos por las calles y plazas del centro en las que, siglos después, se hablaba y se escuchaba la lengua española del siglo XV. Una lengua que la mayoría de los Behars, independientemente de su lugar de origen, aún conservaban. La ciudad recuperaba por unas horas cadencias y sonoridades que, aunque algunas aún fueran usuales a principios del siglo XX, hace tiempo cayeron en desuso.

“Aquí en España, ya no es que no se haya conservado el ladino, es que el español actual es muy pobre. La pobreza que voy observando entre las personas de mediana edad de 40 o 50 años es sintomático. Bueno, y entre los jóvenes es absoluta”, se lamentaba Avilés. “Lo he ido notando, sobre todo, en la utilización de los demostrativos. La gente no designa las cosas por su nombre y, en cambio, utiliza un demostrativo neutro: esto, aquello… Quizá sea por pereza mental, pero no es algo que ocurra a una persona o a un grupo determinado, sino que es generalizado. Y no es algo que observe solo yo. Incluso hablando con filólogos interesados por el léxico de Béjar, que les resultaba interesantísimo. Pero ahora, me comentan lo mismo que yo estoy pensando: esta pobreza léxica es tremenda”.

Cuando le hablé del Club Ladino de Sofía, concordó conmigo en que es muy probable que esas mujeres entiendan determinadas partes y expresiones de El Quijote mejor de lo que haría cualquier paisano nuestro. “Y eso que, paradójicamente, el único escritor no sospechoso de convivencia con el judaísmo y su legado cultural fue Cervantes. El Quijote es una obra que no está “contaminada” de ningún giro o connotación hebrea”, apuntaba Avilés.

Pasaban las 13.00 cuando me despedí de Antonio Avilés y, después de darme un paseo por el Casco Histórico y lo poquísimo que queda de lo que fue la judería, regresé a Candelario. Subía pensando en esos miles de Behars repartidos por el mundo, algunos, según me contaba Avilés, personalidades y personas ligadas a la cultura y la conservación de las tradiciones judías. Es el caso de Olga Behar, una conocida escritora, periodista y politóloga colombiana; Joshep Behar, director de televisión norteamericano; Maxim Behar, un judío búlgaro que en 2012 viajó a Béjar para conocer sus orígenes. Quedó tan entusiasmado con la visita que planteó crear un museo sobre los sefardíes búlgaros que completara la obra de David Melul, pero parece ser que todo quedó en agua de borrajas. O la propia Ruth Behar, que dos años antes de este encuentro había dirigido el documental Adio Kerida (2002), “un viaje lírico al pasado y presente judío de Cuba”, con el que aspiraba a recuperar la memoria de Serafad en América.

 

 

Una vez en Candelario, decidí subir el pueblo rodeándolo por la carretera de la piscina. Al pasar por la conocida “Cruz de los Caídos”, paré para sentarme en el pequeño parque de enfrente, el mismo lugar en el que Miguel de Unamuno, durante sus retiros veraniegos a principios de siglo –época en la que David Melul y Iako Behar nacieron–, se inspiraba contemplando el perfil inclinado del pueblo y la sierra al fondo.

 

 

Un poco más adelante comienza el Barrio de los perros. Una de las posibles acepciones acerca del origen del nombre de este conjunto de casas dice que, en el siglo XV, había una comunidad hebrea estable en Candelario que convivía con los cristianos que habitaban en la parte de arriba del pueblo. Tremenda paradoja, cavilaba, que fueran los descendientes de aquellos “perros expulsados de Béjar” los que consiguieran cinco siglos después preservar una lengua y unas costumbres que en el lugar de origen de sus antepasados prácticamente han muerto, y así erigirse desde distintos rincones del mundo en los guardianes de la memoria.

 

 

  • David Melul falleció en Melilla, la ciudad que le vio nacer, el 15 de octubre de 2007.
  • Iako Behar falleció en su domicilio de Nueva York el 7 de febrero de 2012.

 

Joe Manzanov es periodista y fotógrafo independiente. Además de en Portugal, Brasil, Italia y Países Bajos, ha vivido casi seis años en Bulgaria. Le gusta viajar, la crónica periodística, la fotografía documental, la gastronomía y vivir en general.

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Un diván en la luna, luná
Un diván en la luna, luná es un espacio común en el que una dramaturga búlgara, un poeta y traductor andaluz y un periodista nómada contemplan y recrean las contradictorias realidades de Bulgaria, dando voz a los acontecimientos sociales, culturales y literarios del país, buscando y estableciendo relaciones entre Bulgaria y el mundo hispano.

1 COMENTARIO

  1. Nota periodística llena de interés, acotaciones reflexivas y olor a lumbre que nunca debiera apagarse. Seriamente satisfecho de su lectura.

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