Belleza en el tiempo

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Ha llovido estos días y las noches no son lo mismo, la ciudad ha cambiado. No se sabe muy bien qué o en qué. Sería porque al final llegaba el otoño. No podía estirarse más el verano. Ya no llueve, es cierto; pero tal vez suena aún la réplica imaginaria de la lluvia, su impregnación húmeda en las cosas, el helor azul del amanecer, el sol de chimenea de las cinco de la tarde, la chaquetilla que huele a bosque doméstico de armario empotrado, las sábanas heladas en los pies al final de la madrugada. Se siente el rescoldo de la lluvia fluidificar hasta mi propio corazón. “Llueve en mi corazón / como llueve en la ciudad”, escribió Verlaine. Ay.

Salgo a pasear cuando el sol ya no molesta y los cielos caducan de octubre, magenta y hojas de robín. Tal preciosismo como que me embadurna de paz y renovación. Así ocurre cada vez que asisto desde cualquier coordenada a un atardecer en esta isla del atlántico. No pierde grandeza ni en la costumbre. No pierde admiración ni en los días neblinosos de calima. Me subliman tanto estas caricias cóncavas en el alma que no puedo concebir que estos ocasos magnificentes caigan en la nada del sinsentido, ni tengan su reflejo en la eternidad. Así, tan humano y trascendente es bajar a la playa en vaqueros y camisa de lino, apoyarse en el tronco de una palmera, como alzar la vista y divisar entre las hojas de palma un avión en los intersticios de las nubes violetas, mientras en los oídos suena la versión de Across the Universe de Fionna Apple. Dijo Antonio Machado que la poesía es palabra en el tiempo. Estas tierras y estos mares y estos cielos son, pues, belleza en el tiempo.

Me he sentado a escribir estas letras en una banqueta desde donde veo de frente la ciudad encendida, los edificios en primera línea de playa. La marea está baja. Unos muchachos en bañador persiguen una pelota sobre la arena húmeda y lisa, lustrosa por el reflejo de las farolas. Parece cuero castaño la arena esta noche, como piel curtida de vientre de caballo fornido. Dos jóvenes estiran delante de mí. Y a un galope olímpico envidiable, ellas se marchan deprisa y dejan en el ambiente un rastro de conversación secreta y suavizante Vernel. “De dónde vienen las muchachas, ciudadanas de una música”, escribía Umbral, “álamo de la cintura, sosiego leve de las caderas, velocidad de las largas piernas”.

Alzo la mirada al cielo ya oscuro que se solapa con la negritud de la mar. A la mar la temo más que al cielo. Repleta de selvas de plancton, sombras tronantes de bestias marinas y profundidades de silencio milenario. Sé que allá abajo no me espera nadie. El cielo es distinto. Desde niño, mirar al más allá siempre me acercó abisal y sideralmente hasta mi padre. Cuando llegan estos días de primeros de octubre me acuerdo de él. Por esas fechas fue su muerte. Y con algo de sobrecogimiento me doy cuenta de que hace mucho que no lo veo. Así, con el tiempo, he ido olvidando su cara, su voz, su presencia en la casa o en el galán de noche donde colgaba antes de acostarse el uniforme del día siguiente y donde cuelgo yo ahora las camisas que me voy a llevar del pueblo a la isla en el próximo viaje. Junto con su ausencia, también la palabra “padre” o la tan remota “papá” fueron haciéndoseme extrañas en el vergel del idioma.

Ahora ya solo rescato su imagen en los álbumes de fotos con cierto privilegio. Otros, ni siquiera eso. Me acuerdo cuando me contaba Paco, el de Inazares, que, de su padre, que murió en la guerra, solo conservaba dos recuerdos y ningún retrato: uno, cuando una vez lo llevó a una cueva y, otro, cuando le cambiaba los cartuchos de perdigones a la escopeta. Nada más. Todo lo que después le contarían sobre su padre no habría de ser sino literatura.

Pienso que eso mismo me ha ocurrido a mí con el mío: más que recordar vivencias con él, me he pasado gran parte de mi vida escuchando su reflejo, historias que lo tenían como protagonista, hasta el punto de que para mí su figura es ya más literaria que paternal. Me lo han contado más de lo que yo lo he vivido. Apenas recuerdo aquellos últimos paseos por el parque, cuando salíamos a que se le oreara la cicatriz del costado, untada siempre de Betadine. Apenas el tacto de su mano, nada de las cosas que me contaría en ese banco frente a las viejas fachadas de unos edificios por los que, cuando paso cada vez que regreso al pueblo, me recuerdan que un día yo tuve un padre. «El ser humano estrena renovadamente su reconocimiento, como ser humano que es, en el seno de su relación filial (…) La identidad personal es, por tanto, indisociable de ese reconocimiento», dice el filósofo Leonardo Polo. Me estremece de pronto esa búsqueda de mi propio origen, esa tendencia que hace que al menos no me sienta del todo desarraigado, “un ser humano íntimamente perplejo por olvidarse de su padre”.

Aunque a veces, en noches nostálgicas como esta, se me hace inevitable adentrarme en su recuerdo y pensar qué le parecería a mi padre todo esto. A qué me dedico; las cosas que escribo; algunos ayeres que tanto dolor me causaron; que me haya traído la vida fuera de nuestro pequeño pueblo, en este archipiélago que él visitó hace tanto tiempo. Pero en el fondo de mis entrañas creo que ya lo sabe todo sobre mí.

Las únicas palabras suyas que se me quedaron, y que me vienen hoy a la memoria mientras contemplo cómo terminan de encenderse algunas estrellas sobre el atlántico, fueron, sencillamente, que me esperaría labrando en su tractor un bello paraje de los de allá arriba, donde nos encontraríamos todos algún día. Así que, por mucho que la edad traiga ese desencantamiento del mundo del que hablara Max Weber; por muy descreído y pesimista que se torne uno con las crudezas realistas y machaconas del entorno y de la adultez, no concibo no volver a ver nunca más a mi padre. Como tampoco concibo que un bello atardecer en esta isla merezca el privilegio de una sola vida.

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