Berlusconi, el rey de Absurdistán

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"Il Cavaliere" es famoso por ser uno de los hombres que más se desmiente del mundo. Los cómicos lo saben bien y se sirven de ello en sus sátiras, que es la única forma de espectáculo que denuncia la actualidad política italiana

 

Siempre me ha inquietado el armario de Berlusconi. Lo imagino como una repetición esquizofrénica de prendas idénticas, semejante al libro que escribía Jack Nicholson en El resplandor. Si recuerdan, la actriz Shelley Duvall descubría horrorizada que su marido había llenado una copiosa pila de folios con una obsesiva frase: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, la tradujeron en español.

       Se diría que Il Cavaliere proyecta algunas de sus obsesiones en su vestuario. Si no supiésemos de quién se trata podríamos pensar que no tiene más que un traje, una corbata de lunarcitos y un jersey de sport, todo rigurosamente azul oscuro, muy oscuro. Como toda regla tiene su excepción, de vez en cuando el premier nos sorprende con un pintoresco accesorio, como el pañuelo de pirata que lució tras el implante de pelo o el plumífero de la marina militar rusa que le regaló su amigo Putin y que parece querer indicar quién le guarda las espaldas. Con el jersey de sport el presidente del consiglio se pasea los fines de semana en su eterna campaña electoral. El lupetto, así se llama en italiano, es informal y le acerca al pueblo. Le convierte en ese “presidente obrero” que tanto presume de ser. El traje y la corbata de lunares, o a pois, como dicen los italianos finos, son de vestir y los usa Il Cavaliere para los días de labor.

       Así se viste el Berlusconi público. El privado, ya lo sabemos, prefiere el déshabillé. Vestido con uno de sus trajes confesó en una rueda de prensa retransmitida por la televisión que últimamente sus amigos se quejan de que en las fiestas ya no haya chicas monas para divertirse. Así se justificaba de las acusaciones por el Rubygate, el escándalo por sus relaciones sexuales con la menor de edad Ruby Robacorazones y otras prostitutas.

       No se sabe si las Papi-girls, nombre que reciben las chicas de Berlusconi, jugaban a meterse en el armario durante el bunga-bunga. Después de todo se trata de un elemento recurrente en el imaginario erótico. En ese caso, Berlusconi tendrá un armario con muchos cuerpos, e incluso cuerpos de mete y saca, ya que las jóvenes entraban en su habitación con un intervalo de cinco minutos entre una y otra. Un trajín. En un armario tan grande cabe de todo: mujeres (como decía Rafaela Carrá en su canción), trajes que no hacen al monje, capas con las que hacer sayos por arte de birlibirloque, trapos sucios y esqueletos. O sea, un armario todo terreno para el rey omnipotente de Absurdistán, que es como denomina Italia uno de los cómicos más mordaces de este país.

       He sabido que José Luis Rodríguez Zapatero no va a presentarse a las próximas elecciones. Dice que nadie puede jugar toda la vida en la NBA ni ser el mejor delantero centro de un equipo de fútbol eternamente. El presidente del gobierno español no ha pensado en su homólogo italiano, porque Berlusconi sí puede. Como ya ha dicho varias veces, él ha sido ungido por el Santísimo. En un programa de televisión le extendió la mano al presentador: “Huela”, le dijo, “es olor de santidad”. Por este motivo cree que ningún nacido de mujer debe juzgarle y menos que nadie los jueces y fiscales italianos que, según él, son todos comunistas y por lo tanto ateos. Además es ya famosa su frase : “La justicia es igual para todos, pero más igual para unos que para otros”. Que viene a querer decir que hará todas las leyes a medida que se le antojen para permanecer intocable. La última aprobada con este propósito se denomina “proceso breve”. La explica con lucidez el periodista Marco Travaglio, comparándola con un tren destartalado que tiene que recorrer en una hora la distancia que recorre normalmente en tres horas y, si no lo logra, lo hacen explotar por ley.

       En una ocasión, Berlusconi llegó a decir que había jurado su inocencia sobre la cabeza de sus hijos y sus nietos y que eso debería bastar y sobrar a los italianos. Alguien como él no tiene que preocuparse por la imagen que da tanto en su país como en el resto del mundo. Puede hacerle la corte a Gadafi con carpas exuberantes en el centro de Roma y muchachas vírgenes, del Veneto de Bossi, que se convierten al islam. Puede incluso besarle la mano al tirano, aunque luego Gadafi se la secase en la túnica, y pocos días después bombardear su país.

       Siguiendo con su grupo de amigos dictadores, cuando la policía detuvo a Ruby, Berlusconi llamó inmediatamente a la comisaría para evitar un incidente diplomático pues, según dijo, la chica era sobrina del entonces todavía presidente egipcio, Hosni Mubarak. Y es que, como dice el escritor Roberto Saviano, autor de Gomorra, lo realmente revolucionario en Italia es la legalidad.

       Hace poco, ante más de cinco mil inmigrantes hacinados en Lampedusa en condiciones infrahumanas, Il Cavaliere confesó que se había comprado una villa en la isla. Vamos, que fue a nombrar la soga en casa del ahorcado. A pesar de ello, los habitantes de Lampedusa  recogieron sus palabras con emocionados aplausos.  

       Berlusconi es famoso también por ser uno de los hombres que más se desmiente del mundo. Los cómicos lo saben bien y se sirven de ello en sus sátiras, que, cabe señalar, es la única forma de espectáculo que denuncia la actualidad política del país. El premier desmiente lo que ha hecho o dicho, por ejemplo, cuando pone los cuernos en las fotos oficiales a otros jefes de estado, cuando dice que Obama no necesita tomar el sol, cuando llama tía buena a la mujer de Sarkozy, cuando insulta a los homosexuales, cuando desacredita la escuela pública o confiesa que va a llevar a juicio al Estado por acusarle de tener relaciones con una menor. Estas dos últimas afirmaciones son puras paradojas, porque la escuela pública y el Estado dependen de él.

       Al igual que Dios, Berlusconi no tiene que dar explicaciones a nadie. Si la opinión pública malinterpreta sus palabras, siempre puede decir digo donde había dicho Diego. Después de todo, no es culpa suya si la prensa de izquierdas para más inri es comunista. Basta verle caminar rodeado por sus macizos guardaespaldas con uno de sus impecables trajes oscuros cruzado sobre el pecho henchido para entender que el aire se abre a su paso, como le pasaba a Moisés con las aguas del mar Rojo.

 

 

       Berlusconi me recuerda mucho a aquel ojo metido en un triángulo que aparecía en los libros de religión de mi infancia. Un ojo que todo lo ve y al que no se le escapa nada. O sea, que el premier, además de omnipotente, es omnipresente. Por eso llama a los programas de televisión a las tantas de la noche para poner al presentador de vuelta y media y exigir a la cantante Iva Zanicchi, diputada de su partido, que abandone inmediatamente el plató. Gad Lerner, conductor del programa, le llamó al orden invitándole  a pedir excusas por sus insultos, cosa que Berlusconi por supuesto no hizo. El presentador respondió llamándole cafone, cateto.

       Recientemente me han llamado la atención unas antiguas declaraciones de María José de Savoya, mujer de Umberto II y última reina de Italia. En un viejo documental comentaba que el defecto mayor del pueblo italiano es su capacidad de aguante. A decir verdad, en este país se denuncia mucho, en concreto en determinados espacios dedicados al periodismo de investigación de la cadena pública RAI 3. Lo increíble es que después de haber mostrado situaciones insostenibles con todo lujo de detalles, entrevistas y pruebas, al día siguiente no sucede absolutamente nada.

       Cuando uno es extranjero esto crea cierto desconcierto. Visto que los políticos de la oposición solo sirven para rebautizar constantemente el nombre de sus partidos o para llevarles la contraria a quienes están en el poder durante los debates de la televisión, yo había depositado mis ilusiones en la reacción que podría desatar entre los italianos la película Qualunquemente. Será porque creo en aquello que decía el dramaturgo y director polaco de teatro Tadeusz Kantor: “Nadie entra a un espectáculo impunemente”.

       La película, dirigida e interpretada por el cómico Antonio Albanese, cuenta la ascensión al poder de Cetto La Qualunque, un candidato a alcalde natural de Calabria (cuna de la mafia denominada ‘ndrangheta). El protagonista es un corrupto, perverso, depravado, hortera e ignorante capaz de cualquier sucia cosa con tal de alcanzar el poder. Se rodea de señoras estupendas y promete a sus potenciales electores gran abundancia de pilu (chocho) y de cemento armado. Sus promesas son alucinantes e improbables, pero a pesar de ello provoca emocionados aplausos del público y consigue salir elegido. Entre sus eslóganes electorales destacan: “I have no dreams. Ma mi piace u pilu” (no tengo sueños, pero me gusta el chocho) y “Libertè, egalitè ‘ntu culu a te!” (a la máxima de la revolución francesa añade, y que te den por culo). Se burla descaradamente de las instituciones, por las que no siente ni el más mínimo respeto. No en vano el título de la película y el nombre del protagonista hacen referencia al qualunquismo, un movimiento derechista de la posguerra italiana caracterizado por la falta de fe en las instituciones y en todo lo que represente el orden político, pues considera que impiden al ciudadano de a pie conseguir sus objetivos.

       “Ninguna referencia a la realidad es casual”, señalaba el propio Albanese en la presentación de la película. El público acudió en masa a las salas, pero se reía poco porque la realidad supera con creces la ficción. Total, que pasó sin pena ni gloria, como cualquier film panettone que las familias acuden a ver en Navidad.

       El espectáculo Italiani, italieni, italioti también gira en torno a la figura de Berlusconi. Basado en los artículos que el periodista Michele Serra publica a diario en La Repubblica, plantea las contradicciones que vive Italia. Incluso llega a preguntarse si el país existiría si no existiera Berlusconi. Ofrece una corrosiva radiografía de la actualidad política y social, y reflexiona sobre los muchos vicios y pocas virtudes italianas, comenta el autor. El retrato que presenta de los italianos es irónico: presumidos, presuntuosos y obsesionados por la apariencia, que usan varios móviles para llamar con uno mientras se fotografían con otro, se visten de marca aunque no tengan para pagar el alquiler o aparcan en segunda fila aunque haya espacio libre. El director del montaje, Giorgo Gallione, crea un cabaret satírico amenizado por un conjunto musical y un actor cómico como maestro de ceremonias. El telón de fondo reproduce un collage de banderas italianas formadas por camisetas, homenaje al 150 aniversario de la unidad de Italia que se celebra este año. El escenario es un cementerio de viejas televisiones, alusión a Pier Cristo Berlusconi, hijo de la Virgen María, que llega a convertirse en el gran jefe planetario en un futuro no muy lejano.

       Sin embargo, el documental Silvio Forever, la autobiografía no autorizada de Berlusconi, no ha logrado gran éxito ni de público ni de crítica a pesar de la expectación que despertó su estreno. La película, realizada con imágenes reales y con comentarios del propio Berlusconi, narra su aventura humana, emotiva y política e incluye también testimonios de figuras notorias, como Dario Fo, Roberto Benigni e Indro Montanelli. Aunque ha sido boicoteada por la televisión pública, no deja de ser una simple fotografía más que complaciente. Presenta a un Berlusconi que ya en su tierna infancia cobraba a sus compañeros por ayudarles a hacer los deberes. No faltan en la película los festines de Árcore ni las declaraciones de la madre de Silvio, que asegura; “A mi hijo jamás se le verá en una foto acompañado por mujeres”. Quizás lo más acertado de este producto sea el comentario publicitario: “Más allá de las opiniones que lo ensalzan o desprecian, es un estrepitoso personaje de la comedia del arte”.

 

Génova, abril de 2011

 

 

* Anne Serrano es actriz y profesora de español en la Universidad de Génova.

 Su última colaboración en Fronterad si titulaba Recordando a Adela en Madrid y La Habana

 


Autor: Anne Serrano