Beso con lengua

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El beso es de las manifestaciones más extrañas en la naturaleza. Y más si es un intenso beso con lengua. El político y escritor irlandés Jonathan Swift algún día preguntó: “Señor, quisiera saber ¿quién fue el loco que inventó el beso?”. ¿Qué pasa químicamente en nuestro cerebro cuando damos un beso con lengua?

 

 

Guy de Maupassant dijo: “un beso legal nunca vale tanto como un beso robado”.

 

Pablo Neruda, que era un poeta cursi irremediable dijo que “en un beso, sabrás todo lo que he callado”. Cosas de poetas. A mí siempre me parecieron más románticas las letras del punk.

 

¿Qué pasa químicamente en nuestro cerebro cuando damos un beso con lengua?

 

Las placenteras endorfinas segregadas por el hipotálamo y la glándula pineal se disparan, y la excitante adrenalina va subiendo poco a poco, aumentando la presión sanguínea, dilatando las pupilas, acelerando el ritmo cardíaco y la respiración, incrementando el volumen de oxígeno en la sangre y haciéndonos sentir con mucha más energía.

 

Las saliva de los hombres contienen testosterona y hay también evidencias de que un beso largo y apasionado podría aumentar el deseo en mujeres, pero el factor clave es la segregación de dopamina. Se ha dicho que la dopamina es una hormona “embaucadora” porque es como un alucinógeno que distorsiona y exagera lo que sentimos. Algo así como el principio activo de la marihuana, que nos hace más sensibles y propensos a los estímulos. La dopamina entre otras hormonas es la encargada de activarnos el bienestar y la tranquilidad cuando, por ejemplo, por fin, terminamos la tesis de grado o cuando ganamos con un buen negocio.

 

La subida de esta hormona implicada en la sensación del placer, motivación y búsqueda de novedad, genera ansiedad y deseo de besos cada vez más frecuentes. Y si en una relación llegamos a este punto, ya estamos perdidos y enamorados. Un dicho popular dice que “no hay peor ciego que un enamorado.” Por otra parte, el cantante Joaquín Sabina, que vendió su alma a los bares y le dieron un sombrerito, tiene razón cuando dice: “Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. Joaquín-sombrero intuía lo que la ciencia ya demostró: en este punto del romance, nuestro cerebro está aprendiendo que una persona le genera gran placer. Es una persona, una sola, y no otra. Es decir, nos volvemos adictos. La ciencia ya lo demostró. Podemos estar con los amigos, con la familia, en el trabajo, incluso con un “arrocito en bajo”, pero el cerebro sabe que ninguna de estas personas es quien nos tiene encoñados. Cuando estamos lejos de esta persona estamos ansiosos, distraídos, sufriendo con los síntomas de abstinencia de cualquier drogadicto sin su dosis. Pero cuando nos volvemos a ver con el encoñe, y volvemos a estar juntos y conversamos y volvemos a cogerle el culo, -porque el culo amado siempre es perfecto-, el vínculo neuroquímico se va fortaleciendo. Todo esto ya lo sabíamos, pero la ciencia explica “por qué sucede”. Uno escucha por ahí comentarios al estilo de “esta persona me tiene encantad@” y en efecto, nos tiene embrujados con chorros de dopamina que nosotros mismos disponemos y consumimos. Y si a esto le sumamos unas vibrantes revolcadas, en las que los niveles de dopamina se disparan a sus máximos niveles, el vínculo químico y neuronal se hace más fuerte.

 

Según estudios de la ciencia, entre los efectos del beso se cuenta con los bajonazos de los niveles de cortisol, la hormona del estrés, tanto que se siente flaquear las piernas. Es decir, el beso funciona como terapia anti estrés. Y es verdad. Todos lo sabemos. Practíquela cuando quiera matar al jefe de la oficina.

 

¿Pero cómo diablos terminamos los humanos besándonos?

 

El beso es de las manifestaciones más extrañas en la naturaleza. Y más si es un intenso beso con lengua. El político y escritor irlandés Jonathan Swift algún día preguntó: “Señor, quisiera saber ¿quién fue el loco que inventó el beso?”. Muchas especies se lamen u olfatean, pero solo nosotros y los monos Bonobos practicamos el beso con fines amorosos. Pero, ¿por qué diablos nos besamos? Para la pregunta hay dos respuestas científicas. Una viene por parte de los antropólogos quienes afirman que es una manifestación cultural relativamente moderna. La otra respuesta la dan los biólogos evolucionistas quienes apuestan a que el beso es una necesidad de carácter evolutivo. Los evolucionistas se paran en la raya afirmando que la naturaleza ha ido diseñado nuestros labios de una manera particularmente enfocada al beso: la presentación que tienen nuestros labios orientados hacia afuera, que sean más gruesos en proporción al resto de los animales, que concentren una mayor cantidad de terminaciones nerviosas que otras partes del cuerpo, y que instintivamente consideremos a los carnosos como más atractivos, sugiere que el beso ha tenido un papel evolutivo. Los biólogos argumentan que las hembras besaban al macho para identificar al buen candidato por medio de la intensificación de la función olfatoria. Algunas opiniones de expertos dicen que nos gustan por su parecido con los genitales o como reminiscencia de la lactancia materna. Pero de momento la hipótesis más plausible es que besarse es un comportamiento evolutivo a partir de la olfacción, una manera más sofisticada para calibrar que todo está correcto y que, el macho besado, es un buen candidato para procrear. Según esta “fría teoría, vacía de magia,” como me dijo un amigo poeta, el beso no sería tanto para generar excitación como para eliminar candidatos malos, enfermos o demasiado parecidos genéticamente a nosotros.

 

Es fría, racional y desmonta todas esas pendejadas que se inventan los poetas, pero la teoría explica varias cosas. Entre otras, aclara por qué hay besos y personas con las que, sin saber por qué, no hay química a pesar de las buenas expectativas que teníamos. A todos nos ha pasado: todo va súper bien con esa persona, hablamos rico por teléfono, salimos y se nos va el tiempo volando, tenemos cosas en común, todo marcha en orden hasta que nos acercamos y le damos un beso. Entonces notamos que algo va mal. No es. Hemos caído en la trampa, en el engaño de las miradas. Por alguna razón que no entendemos, pero sentimos, y lo sentimos muy hondo, tenemos la certeza de la huida, del escape. Resulta espantoso, pero cierto. Por eso quien dijo que “el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos”, afirmó algo muy poético, pero medio mentiroso, como todo lo de poetas. Porque uno puede besar con los ojos, pero hasta que no besa con la lengua no siente el aliento del otro. Y esto es vital. Hay que sentir el sabor del otro, sin Chiclets Adams, ni crema dental Colgate. Es tan importante el sabor de la lengua, como el olor de la boca. El olor. Y acá podríamos comenzar a hablar de otro gran tema: El olfato. Pero dejemos el tema del olfato en coitus interruptus para otro ensayo . La vaina es que, si no nos gusta el aliento natural del otro, olvídalo. A pesar de todo el tiempo que hasta gastado, del coqueteo y mensajes en whatsApp, tienes el derecho legítimo de largarte y perderte. No hay miradas brillantes ni sonrisas que cubran un aliento que no te gusta. Luego encontrarás la excusa. Pero, por favor, nunca le digas que fue su aliento.

 

Y al contrario también nos ha pasado. Es posible que, inicialmente, no estemos pensando nada serio con esa persona. Solo estamos “saliendo”. ―Ojo, porque todos sabemos que afirmar “estamos saliendo” es el eufemismo para decir: estamos pichando sin compromiso―. El caso es que, sin mayores pretensiones, besamos a esta persona, la sentimos, la mordemos, y así el interés inicial sea menor, luego de ese primer encuentro la atracción se intensifica más, y con cada beso, y su aliento, su aliento natural y con cada encuentro, cada revolcada, nos sentimos derrotados y felices. La jodida química. Y la seguimos mordiendo. Pero ahora, la mordemos con harta gana. El beso es realmente un momento crítico en el inicio de una historia amorosa. El escritor alemán Emil Ludwig dijo que “La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición”. Otra cursilería, pero qué le hacemos. Una cursilería cierta, como lo dijo el poeta portugués Fernando Pessoa: “todas las cartas de amor son ridículas, pues no serían cartas de amor si no lo fuesen”.

 

Luego del primer beso bien apretadito, ojalá en balcón de doceavo piso, de noche, con susto, con lengua, el terrible vendaval se viene encima y no queremos huir, ni salir corriendo. Entonces estamos jodidos. Jodidos y enamorados.