Bibliotecarios malvados/ 1

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Nunca perdió Esteban de Garibay su pasión por la escritura ni su amor desmesurado a los libros, ejemplo y espejo de cuantos nos dedicamos a estos ingratos menesteres.

 

De extenso y egregio linaje (necesitó treinta capítulos de su autobiografía para desgranarlo), Esteban de Garibay y Zamalloa vino a la vida el 9 de marzo de 1533 en la villa guipuzcoana de Mondragón. Algo enclenque, frustró ciertas expectativas de su padre y siguió la senda de su madre, muy dada a rememorar las tradiciones de su tierra y las gestas de sus pasados: ambos sentimientos –el matriarcal y el épico– muy caros para los vascos. Cuando aún no había cumplido los veinte años, una grave enfermedad, de la que convaleció en Toledo, aclaró su definitiva vocación: “…como mi inclinación era natural para la profesión de los estudios, dime mucho a la lección de las historias de España y de fuera de ella, con tal afición y gusto que dejando a las demás letras abracé a éstas con un grande e intenso amor”.

 

A partir de entonces se dedicó a descifrar inscripciones, recoger leyendas y rebuscar por cualquier rincón libros, documentos y papelotes, haciendo acopio de todo ello. Le casaron en 1556 –y enviudó unos años después–, tuvo cargos en su tierra y recibió alguna merced, pero nada de ello le apartó de su frondosa senda. Defendió con denuedo sus teorías y en una ocasión refutó a Pedro de Alcocer, contador del duque del Infantado, en un debate público. “No pensé yo que en Guipúzcoa había letras sino armas”, le dijo Alcocer, a lo que Garibay contestó: “Haylas, señor, y yo soy el mínimo de ellas”.

 

Aposentado en su casa en 1564, después de algunos viajes, escribe sin parar y lee en la cama febril, obsesivamente. Algunos meses más tarde pone punto final a su obra magna, los cuarenta libros de su Compendio historial de las chronicas y universal historia de los reynos de España, “de muy escaso interés para el público de hoy, y prácticamente nulo para el historiador, aunque lo conserve para curiosos de la etnia vascongada”, escribe Jesús Moya. Parte de su villa enseguida y se dirige a la Corte, donde presenta su obra al Consejo Real y obtiene, en enero de 1567, la aprobación del cronista del Emperador Juan Páez de Castro.

 

Entre la ingente obra de Garibay que quedó inédita (pasma el tiempo que dedicó a algunos libros que hoy sólo interesan al mercadillo bibliófilo) se cuentan sus memorias o, como él las denominó, “el discurso de mi vida”, que rescató Pascual de Gayangos de la Academia de la Historia a mediados del XIX. A pesar de que es de una prolijidad extenuante en cada uno de los azares de su existencia, no hay ni palabra de las gestiones que llevó a cabo aquellos años en busca de financiación para publicar su compendio. En el Archivo de Simancas apareció una súplica de Garibay –pide 3.000 ducados– con una anotación de mano del mismísimo Felipe II (al que no se le escapaba un papel): “Si el doctor Páez la aprueba tanto, dígasele que busque algo”. Se distingue, sin embargo, otra acotación marginal: “Que no ay disposición”.

 

Garibay regresó a su terruño y, lejos de arredrarse, decidió publicar el escrito a sus expensas. Ni corto ni perezoso –y después de dictar testamento– salió una buena mañana de comienzos de 1570 de su casona y puso rumbo a Bilbao y de allí a Portugalete, donde se embarcó en una nao bretona que le dejó en Nantes. Atravesó Francia y a primeros de junio avistó la próspera ciudad de Amberes, sede de la más afamada y cualificada imprenta del siglo XVI (lo que significa, con el futuro que se atisba a esta industria, de la historia). Su mentor, Cristóbal Plantino, de origen francés, había levantado un emporio editorial con 150 empleados y 16 prensas a su servicio. Sólo entre 1568 y 1572 publicó, según sus anales, 177 libros, aunque se cree que fueron muchos más.

 

El encuentro entre Garibay y Plantino debió ser comparable al choque de don Marcelino Menéndez y Pelayo (el único autor español que a los treinta y pocos años había culminado una obra de magnitud semejante) con Steve Jobs. Gracias a la mediación de Benito Arias Montano, el mondragonés expuso el valor de su contribución, pero a Plantino no le conmovió su discurso, le respondió amablemente que los trabajos habrían de pagarse a la entrega del material y le exigió un adelanto de 1.700 florines. Nada dice Garibay en sus memorias del préstamo que hubo de pedir a un negociante genovés, del que salió fiador otro vasco, Juan de Isunza, proveedor de las galeras españolas en aquellas tierras.

 

A Plantino le caía fatal el encargo, pues estaba consagrado a la obra que le habría de dar su mayor fama, así como el título de Prototipógrafo Regio para los Países Bajos: la Biblia Regia, iniciativa suya encomendada por mandato real a Benito Arias Montano y uno de los grandes libros de la historia –por su contenido y por su factura–. Acostumbrado a navegar entre cambios de regímenes y de creencias, Plantino puso manos a la obra. El primer escollo fue que Garibay había escrito sus cuarenta libros con tal letruja que eran ilegibles para los cajistas flamencos, por lo que dividió el manuscrito en cuatro y lo entregó a otros tantos escribientes para que lo transcribieran. Pero el primero de ellos, en una noche de farra y borrachera, lo perdió.

 

Afortunadamente Garibay vivía entonces entretenido buscando privilegios, inmerso en un escenario como el de La kermesse heroirca, y el impresor, hombre adelantado a su tiempo, sabía a quien recurrir.  En Amberes no se movía una hoja sin que lo supieran los Fugger, familia de empresarios y financieros alemanes precursores del capitalismo moderno –y de sus prácticas–, y el manuscrito apareció. Plantino consiguió por fin una copia legible, pero no podía parar sus máquinas, inmersas en la edición de la Biblia: ocho enormes volúmenes impresos en cinco lenguas de alfabeto diferente para la que hubo de fabricar muchos de los tipos. “Todo en él es ardor”, escribió Montano: “Da poca importancia a la bebida, la comida o el reposo. Vive para su trabajo”.

 

Así que Plantino dio el mamotreto a otros impresores de la ciudad por lo que, en puridad, la obra de Garibay no vio la luz en los talleres de los compases de oro. Por su parte, la visión del autor es cuando menos fantasiosa. Dice que se pusieron en marcha dos, luego tres, cuatro y hasta cinco prensas y “gracias a mi diligencia y actividad, la obra se completó en agosto de 1571; en once meses se ha llevado a feliz término la más grande de las proezas de la imprenta que jamás se haya visto en un plazo tan corto de tiempo”. Bien es cierto que se afanó con las correcciones y que no quiso salir de Amberes cuando se declaró una epidemia de peste, aunque sufrió algunos percances de los que nos pone al corriente: “Comía de ordinario carne muy picada, y para la mucha dureza de la evacuación, usaba de ciertos polvos en el caldo, que con algún dolor de tripas se podía proveer”.

 

Es de suponer que cuando le perdió de vista, Plantino resopló, mientras que Garibay escribió en sus memorias: “Fueron innumerables los disgustos que padecí, por ser los impresores generalmente dondequiera gente soez, sin ningún género de nobleza y virtud”. El Compendio historial…se publicó en cuatro volúmenes en folio y la tirada fue –según las resmas de papel que se compraron– de unos 1.500 ejemplares. Pieter van der Borcht diseñó el frontispicio y Pieter Huys los seis escudos que lleva con sus encuadres; el grabador fue Antoon van Leest; el retrato de Garibay, cuyo autor se desconoce, está basado en un óleo que le hicieron en Amberes y que se llevó a Mondragón.

 

Pero los problemas para el esforzado guipuzcoano no terminaron en Flandes, sino que comenzaron. Tuvo que dejar allí algunos volúmenes en pago de la deuda no satisfecha con Plantino y quiso, por seguridad, enviar el resto por dos vías marítimas diferentes, una con destino a Bilbao y otra a Sevilla, con tan mala suerte que gran parte de la tirada se perdió, por los ataques de los piratas ingleses y por un naufragio en Normandía. Él regresó por tierra y le desvalijaron.  

 

Al poco de llegar a Mondragón, el prestamista quiso recuperar su dinero, se inició una persecución de los ejemplares de la obra que –encuadernados o en rama– rodaban por España y Garibay dio finalmente con sus huesos en la cárcel, si bien por poco tiempo. Para otro deudor menos arropado de los Isunza, Miguel de Cervantes, la prisión será más severa y le dará tiempo para pergeñar el Quijote. No es la única coincidencia de estas vidas paralelas de hidalguía y penurias, ya que la viuda y el hijo de Garibay coinciden en Valladolid con Cervantes en la misma casa y en la misma gresca a propósito de la muerte de Gaspar de Ezpeleta.

 

Nunca perdió Esteban de Garibay su pasión por la escritura ni su amor desmesurado a los libros, ejemplo y espejo de cuantos nos dedicamos a estos ingratos menesteres. Quiso medrar en la Corte, aunque sufrió un traspié cuando, en 1575, después de conseguir audiencia, se entretuvo en la biblioteca de El Escorial e hizo esperar media hora a Felipe II. Por fin, en 1592, cumplió su sueño y fue nombrado Cronista de Su Majestad y se ocupó también de los libros de la biblioteca. Sufrió un ataque de apoplejía dos años después que le apartó de su actividad y murió en 1600.

 

Julio Caro Baroja, con enorme inteligencia, le rescató de cierta reducción histórica –al ámbito de compilador de algunos refranes y canciones en euskera– y escribió que se sentía unido a Garibay “por muchos vínculos y afinidades” (Los vascos y la historia a través de Garibay, San Sebastián, 1972): “Lo de menos ahora para mí, en este empeño, es la categoría que haya de darse a Garibay (…) Nada me importan tampoco los escalafones literarios que hacen los críticos y profesores de literatura con alma de mandarín, o por lo menos de cagatintas a sueldo de un mandarín. Lo que me importa es ver cómo un hombre de gran voluntad, de inteligencia media y de fortuna media también, se inserta en una sociedad y la ve”.

 

 

Retrato xilográfico del autor en el Compendio historial…  «Este retrato», escribe Caro Baroja, «que hubo de hacerse cuando no tenía arriba de treinta y seis años, nos da la faz de un hombre de expresión algo asombrada; no la de un soñador, ni la de un intelectual concentrado y sardónico, ni la de un guerrero de expresión violenta».

 

 

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.