Bibliotecarios malvados/ 2

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Durante cerca de un siglo, se extendió por todo el muno la historia del librero asesino de Barcelona, un monje exclaustrado del monasterio de Poblet que recreó un joven Gustave Flaubert.

 

Para Miguel y Merche, perfectos anfitriones en Barcelona

 

Siempre que paseo por el barrio gótico de Barcelona me gusta evocar la sombra del librero asesino. Pálido, triste, alto pero encorvado, de cabello largo y blanco, su traje era mísero y desastrado y sus manos secas y cubiertas de arrugas, según le describió Gustave Flaubert. Los días que había mercadillo de libros de lance no era el mismo: “sus ojos se animaban, corría, caminaba, pataleaba, tenía dificultades para moderar su alegría”. Volvía con su preciado libro a casa “y lo miraba y lo amaba como un avaro su tesoro, un padre a su hija, un rey a su corona”. Pasaba las noches recorriendo febril las galerías de su biblioteca; los manuscritos eran sus hijos predilectos, cogía el más gastado, el más sucio y olía su polvo santo y venerable, “luego se le inflaba la nariz de felicidad y orgullo, y una sonrisa acudía a sus labios”.

 

Gracias a otras fuentes sabremos que era un fraile exclaustrado del monasterio de Poblet, huido, como tantos, de la matanza de religiosos y del incendio de conventos que provocaron los levantamientos carlistas. Más de 6.000 volúmenes llegó a tener la biblioteca del cenobio de Poblet, asaltada en 1835. El librero recibe la visita de un rico estudiante que a base de dinero y falsas proezas le compra un valioso códice. Para llenar el vacío que ha dejado en su biblioteca, corre en busca de otro ejemplar único que ofrece inadvertidamente un árabe dormitando junto a su alfombra, pero cuando llega ya está vendido. Sale a subasta entonces el incunable más preciado, el primero impreso en España, y el exfraile puja hasta la extenuación; se lo lleva sin embargo su odiado competidor, cuyo almacén arde en llamas poco después.

 

“España estaba ocupada en asuntos más graves y serios. Un genio maligno parecía pesar sobre ella”. No tiene que indagar demasiado la autoridad para descubrir que los asesinatos (hasta nueve) y el incendio que asolan Barcelona se deben a la insidia criminal del fraile de Poblet, que confiesa sus delitos tras arrancar el compromiso de que su biblioteca no será dispersada y pasará al hombre del reino que tenga más libros. Ante el juez, se exhibe la prueba definitiva, el primer libro impreso en España, hallado en los plúteos del pérfido librero. Su abogado sale a la palestra y muestra otro ejemplar de la misma edición: está salvado. Pero el fraile, cuando la sala se vacía, lo toma en sus manos y lo destroza: mejor morir que reconocer que su ejemplar no es el único.

 

Gustave Flaubert tenía catorce años cuando, en 1836, leyó en la prensa la noticia del juicio del librero asesino de Barcelona. Algún biógrafo indica que pudo ser un ejercicio de redacción sugerido por un profesor, aunque parece más probable que se deba a las inquietudes y lecturas propias de la edad. Tengo un sobrino de esos años –también se llama Carlos– aficionado a la literatura y que ha ganado varios premios, y escribe relatos góticos. El librero de Barcelona, señala Flaubert en el primer párrafo desvelando su inspiración, era “uno de esos seres satánicos y extraños como los que Hoffmann descubría en sus sueños”. El cuento, que tituló Bibliomanie, permaneció inédito hasta que treinta años después de su muerte, un erudito alemán, hurgando en los papeles que conservaba una sobrina del autor, lo encontró. Se publicó por vez primera en 1910.

 

El domingo 23 de octubre de 1836, la Gazette des Tribunaux de París daba cuenta del proceso de Fray Vicents, del que informa un anónimo “corresponsal particular” desde Barcelona. Al joven Flaubert le interesaba el ambiente sórdido del crimen y el aspecto fantasmagórico del asesino –inventa nombres y títulos–, pero la revista se detiene en los detalles: “Bajo las arcadas que limitan la localidad hacia el noroeste y que se conocen como los pilares de los Encantes, están establecidas las tiendas de buen número de revendedores y prenderos. Es allí donde se sitúan principalmente los vendedores de libros viejos”. Agustín Patxot se ganaba la vida en aquel lugar hasta que llegaron los frailes exclaustrados. La subasta de la primera edición de los Furs de Valencia, impresa en 1482 por Lambert Palmart –del que se dice que es el introductor de la imprenta en España–, despierta la codicia de Fray Vicents, pero un consorcio que lidera Patxot se hace con el preciado tesoro. Tras el incendio en el que muere Patxot y durante el juicio, el fraile no destroza el incunable –como en el relato de Flaubert– sino que tiene conocimiento del catálogo de un librero de París que registra otro ejemplar en Francia, y rompe a llorar.

 

El proceso del librero asesino de Barcelona hizo fortuna y a los pocos días de su aparición en la Gazette des Tribunaux, la revista sensacionalista Le Voleur, también de París, reeditó el texto –probablemente el que leyó Flaubert– con escasas variantes. Siete años después llega a la prensa alemana y poco a poco y durante cerca de un siglo, a libros franceses, españoles y británicos, incluso a La Grande Encyclopédie de París. Se alteran nombres y detalles, pero la historia, respaldada por la credibilidad de una revista jurídica, es tenida por cierta en términos generales. Hasta que en 1924 el bibliófilo catalán Ramón Miquel i Planas publicó el fruto de su minuciosa investigación: no hay rastro en tribunal ni periódico alguno de tal juicio, ni huella de un librero –fraile o no– criminal en Barcelona (Contes de bibliòfil, Institut Catalá de les Arts del Llibre, 1924).

 

Bibliófilo por antonomasia, atento y cuidadoso de todas las facetas del libro, desde la edición de textos antiguos a la encuadernación, Miquel i Planas fue miembro y correspondiente de numerosas academias y gran erudito en la materia. Además de desmentir la existencia del librero asesino, intuye y señala la identidad del anónimo autor del informe publicado en la Gazette des Tribunaux en 1836. Nueve años antes, en el verano de 1827, había llegado a Barcelona acompañado de su mujer y de su hijita el eminente director de la Bibliothèque de l’Arsenal: Charles Nodier. El viaje, aparentemente de placer a pesar de la inestabilidad política del país, escondía otras intenciones, según deduce Miquel i Planas de la correspondencia del francés. España, y en especial Barcelona, albergaban un tentador mercado de libros antiguos.

 

Un año antes, en 1826, el librero valenciano Vicent Salvà, exiliado en Londres, había publicado un catálogo repleto de manuscritos, incunables y ediciones raras y preciosas. Sin embargo, Nodier, que sin duda rastreó el ambiente libresco de la ciudad condal y conoció sus anécdotas y chascarrillos, no consiguió ninguna pieza de valor. Por eso, cuando casi una década después se difunde la carnicería de los conventos y los curas exclaustrados cargando con tesoros del acervo bibliográfico, el malvado bibliotecario (verdadero protagonista de esta entrega) lanza –“con algún propósito malicioso”– la falsa historia del fraile librero asesino de Barcelona, en la tradición del más truculento pintoresquismo con el que los franceses nos distinguían en el siglo XIX, encabezados por Mérimée.

 

Miquel i Plana establece paralelismos entre el redactor anónimo de la revista jurídica y el bibliotecario Nodier, de formación jacobina, antinapoleónico, y fiel secretario de Fouché (cualidades que siguen distinguiendo a los directores de las grandes bibliotecas). En respaldo de su tesis, el catalán hace referencia a un segundo catálogo de Salvà en el que se incluye el incunable de los Furs que menciona la Gazette des Tribunaux y que necesariamente tenía que conocer y ambicionar Nodier. En esto de las atribuciones (lo vimos en la entrada anterior) conviene andarse con pies de plomo y Miquel i Planas lo resuelve con ingenio: “Y si, a fin de cuentas, se llegase a demostrar que la verdad de los hechos no coincide con lo que yo he llegado a imaginar, tampoco consideraré haber perdido el tiempo al establecer de una vez por todas el carácter legendario de la historia de Fray Vicents y los hitos principales del camino que la misma ha recorrido durante un siglo”.

 

Desde entonces se han sucedido las publicaciones de Miquel i Planas que recogen estos y otros cuentos biblioclastas. No entiendo su insistencia en reescribir el relato de Flaubert cambiando el nombre de los protagonistas y el título de los libros objeto de los crímenes, cuando está claro que al joven escritor no le interesaba más que el ambiente misterioso de Barcelona y la descripción del asesino, al estilo de Hoffmann. Prefiero leerlo en  la versión de las Obras completas de Aguilar, por ejemplo, y creo que anticipa al autor excelso de La educación sentimental (que siempre he juzgado superior a Madame Bovary). Deben ser cosas y manías de bibliófilos, que se recrean en ciertas exactitudes y erudiciones reunidos en torno a una mesa acogedora.

 

Con seguridad los bibliómanos más exigentes conocerán un folletito encantador que fue “lectura de sobremesa en la comida de la noche del 20 de diciembre de 1948 de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona” y del que se publicaron cien ejemplares (a nombre de cada uno de los cien componentes de la Asociación) con el siguiente título: “De tonterías o sea de cosas y dichos de bibliómanos”. Don Ramón Miquel i Planas vuelve al librero asesino de Barcelona, evoca otras anécdotas bibliófagas de diversas magnitudes, épocas y naciones, y comienza su discurso ante tan docta concurrencia con la frase de un gran pensador francés: “Del mismo modo que existen infinidad de cosas serias conducidas de manera muy loca, hay también locuras que son llevadas de manera muy seria”.

 

 

Litografía original de J. Cardunets incluida en la obra Cuentos de Bibliófilo, de Ramón Miquel i Planas (Instituto Catalán de las Artes del Libro, Barcelona, 1951).

 

Portada del folleto de la Asociación de Bibliófilos de Barcelona (1949)

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.