Bibliotecarios malvados/ 8

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La musa del destape Susana Estrada fue bibliotecaria en su Gijón natal y se ocupó de un consultorio sexológico que le valió un proceso, la retirada del pasaporte y la suspensión de su derecho al voto. Recibía 6.000 cartas al mes. “No te puedes imaginar las cosas que me preguntaban; una desinformación y una ignorancia increíbles”, dijo.

 

La bibliotecaria Susana Estrada supo aprovechar el pulso de los tiempos. En los años setenta florecieron en España curiosos procesos mediante los cuales el país se sacudía la dictadura para dar paso a nuevos aires de libertad. Uno fue la profusión de tendencias políticas minoritarias y apasionadas, desde el marxismo –corregido– de obediencia maoísta hasta el anarquismo colectivista heredero de Bakunin. Los jóvenes que llegamos entonces a la universidad no lográbamos entender mucho, como tampoco la profusión de mujeres que se desnudaban en cualquier circunstancia y sin ningún motivo aparente.

 

Toda evocación de la Transición se representa en el cuerpo de aquellas mujeres, lo que se llamó el destape, sin que muchas de ellas fueran capaces posteriormente de salir de este bucle erótico de tan escaso recorrido. Algunas emprendieron una exitosa carrera de actrices, pero las más quedaron en la cuneta intentando justificar una actitud que marcó sus carreras y sus vidas. Aunque sin duda oportunista, el talante de estas mujeres tiene un gran componente de generosidad y audacia, pues el país seguía arrastrando un pensamiento mayoritariamente reaccionario de carácter machista. En 2008, con Los años desnudos. Clasificada S, Félix Sabroso y Dunia Ayaso intentaron plasmar el dramatismo de estas precursoras.

 

Entre todas ellas hubo una que asumió su destino sin ambages. Nacida en Gijón en 1949 y procedente de una familia minera del Nalón, Susana Estrada fue bibliotecaria del Ateneo Jovellanos de su ciudad natal. Debo al periodista y escritor asturiano Manuel de Cimadevilla la siguiente evocación: “Aquel Ateneo Jovellanos era un lugar realmente estimulante para mí. Además de la sala de ajedrez que tanto nos ayudó a desarrollar nuestra intelectualidad forzándonos al hábito de pensar por nosotros mismos, la biblioteca fue un lugar abierto a todo tipo de sensaciones. Desde sentirse encerrado dentro de ella por Laureano Mántaras, en una de sus habituales provocaciones al trabar con una escoba la puerta, a sentirse repentinamente atraído por el alquiler de libros, gracias a que Carlos de las Heras –secretario de la entidad– había contratado como bibliotecaria a Susana Estrada –en sus años de esplendor juvenil– lo que hizo incrementar considerablemente los hábitos de lectura entre los socios y había hasta quien cambiaba hasta dos y tres libros al día. Se supone, claro, que sin leerlos. El móvil era el escultural cuerpo de una mujer”.

 

Fundado bajo los auspicios de Torcuato Fernández-Miranda en 1953, el Ateneo Jovellanos ha llegado a reunir una biblioteca de 140.000 volúmenes y en la actualidad ocupa una sede provisional, a la espalda del Palacio Revillagigedo, sin que su actividad haya cesado en más de sesenta años. Según recuerda Cimadevilla, Carlos de las Heras era el secretario del Ateneo y del alcalde de Gijón, Ignacio Bertrand, cuando llegó Susana Estrada pidiendo trabajo e ingresó en la biblioteca. La pareja entendió enseguida que los tiempos estaban cambiando y montó a finales de los sesenta un disco-bar de nombre cómplice, Bonnie&Clyde, en la calle Fundición de la ciudad asturiana.

 

La carrera de Susana Estrada, escoltada por Carlos de las Heras, fue fulgurante. Rodó algunas de las primeras películas del destape, se coló en el elenco de La trastienda, de Jorge Grau –que protagonizó un explícito plano de María José Cantudo–, y poco después de la muerte de Franco estrenó en Madrid un espectáculo, Historia del strip-tease, con uno de los primeros desnudos integrales sobre un escenario. Su arrojo no conoció límites y muchas de sus provocaciones serían hoy en día –y más con la nueva ley de Seguridad Ciudadana– inconcebibles. Posó desnuda con sus hijos en defensa de la vida naturista, se paseó vestida de cuero y con el sexo al aire por la Gran Vía con un esclavo sujeto por un collar y mantuvo relaciones sexuales con un periodista que describió con detalle la experiencia. Autora –o más bien protagonista, el autor es Carlos de las Heras– de un libro prohibido, Húmedo sexo (1978), llegó a acumular catorce procesos por delitos contra la moralidad pública, mientras sus apariciones televisivas se contaban por escándalos.

 

Fiel al verso atribuido a Vigilio que sirve de lema al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios desde su creación: Sic vos non vobis (Así vosotros, no para vosotros), Susana Estrada puso en marcha un consultorio sexológico que le valió un nuevo proceso, la retirada del pasaporte y del derecho al voto. Recibía 6.000 cartas al mes. “No te puedes imaginar las cosas que me preguntaban; una desinformación y una ignorancia increíbles”, apostilló. A diferencia de otras artistas, que justificaban sus desnudos en el guión, Susana Estrada siempre dijo que lo hacía porque quería. Su imagen, al final de los ochenta, con el pecho al descubierto recogiendo un premio de manos de Tierno Galván, ilustró el triunfo de la Transición. La magia de la fotografía que captó para El País Marisa Flórez no está en el poco inocente descuido de la actriz sino en la mirada hambrienta del viejo profesor.

 

Llamaba la atención sobre las demás esta mujer desgarrada, de gesto adusto y desnudo brusco y retador, vestida y maquillada siempre con exceso, de escasas aptitudes artísticas y nulas, a mi modo de ver, para despertar alguna pulsión sexual. Sigue reivindicando su trabajo por espacios televisivos: “Yo delante de los grises no he corrido nunca, pero he hecho la lucha como he creído que debía de hacerla”. A finales de los ochenta concedió una entrevista a un diario de su tierra y dijo que quería volver al Ateneo Jovellanos. Una de sus últimas apariciones fue un cameo en la película Los años desnudos –que salva una magnífica interpretación de Candela Peña–, en la que encarna a una reportera que critica el desnudo gratuito.

 

En esta galería de bibliotecarios enloquecidos y extravagantes no podía faltar el homenaje a una mujer avanzada que desarrolló tan ingente labor pedagógica. No sé en qué momento y en qué circunstancia grabó este vídeo ambientado en la biblioteca. Reto a los bibliófilos más conspicuos a que interpreten su parlamento:

 

Minutos 27:07 a 27:50, la intervención de Susana Estrada

  

 

Solución:

“Soy una experta en foliar mamotretos. Aquí hay de todo: códices, palimpsestos, tumbos, becerros y hasta hay cabreos. ¿Qué desea consultar, un incunable o un elzevirio? Un elzevirio, un momento, por favor”.

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.