Bicicletas de otoño

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Life is like riding a bicycle

Albert Einstein

Éramos una banda de niños sobre ruedas.

Íbamos de cuadra a cuadra, a máxima velocidad. Poníamos las piedras con cuidado en las esquinas, brincábamos y subíamos de una vereda a otra.

Alguna vez llegamos detrás de lo que sería la sede central del Banco de Crédito: calles inclinadas, a medio construir, lotes vacíos que se anunciaban como urbanizaciones nuevas, terrales llenos de piedras, pasajes estrechos que terminaban en cerros eriazos, en chacras escondidas.

Alguna vez, a principios de la década de los 90s, descubrí que si pedaleaba por una pista angosta frente al Golf Los Inkas, alcanzaba una trocha de tierra con una magnífica vista de la ciudad. Antes de las siete de la mañana, nadie pasaba por ahí. Yo estaba solo, mirando a Lima desde lo alto.

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En el podcast La vida es increíble, Liniers dice que en el cine de Hollywood sólo los personajes buenos montan bicicleta. Anota que la única excepción se da en La novicia rebelde.

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Refranes y títulos adaptados para bicicleteros: No le busques tres ruedas a la bicicleta. Cada bicicleta es un mundo. Las bicicletas no sólo son para el verano. El mundo es menos ancho y menos ajeno en bicicleta. Todas las bicicletas te llevan a Roma (con barco de por medio).

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Montas bicicleta, por lo tanto existes.

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Los Incas tal vez hubieran impuesto tres reglas sencillas, civilizadas, para los ciclistas del Qhapac Ñan: 1)No correrás mientras la gente trota. 2) No pasarás a los lentos ancianos que te bloquean el camino. 3) No manejarás sin manos.

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Alguna religión occidental tal vez habría pensando en normas morales: 1)Serás paciente y mirarás con calma el paisaje 2) No envidiarás cuando te pasen bicicletas mejores, mucho más nuevas.

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Esta mañana, mientras manipulaba las cadenas, los piñones y los platos de la bici, pensando en el “sencillo” mecanismo que me permite perderme a diario por las ciclovías entre la represa de Kensico y la ciudad de White Plains, bajo los puentes de Westchester, al lado del río, pensé otra vez en mis orígenes:¿Cómo me hice ciclista?

Recuerdo las manos de la prima Teresa Gonzales detrás del asiento de una bicicleta Monark, ayudándome a dar mis primeras vueltas por el centro del parque Número Uno de Los Ingenieros, en La Molina. Yo pedaleaba con miedo y Teresa me calmaba gritándome que allí seguía ella, sujetándome firme. De pronto yo me daba la vuelta y, desde muy lejos, veía a mi prima aplaudir emocionada. Esa primera vez perdí el equilibrio y caí. Pero el truco estaba hecho: ya no la necesitaba.

Para terminar, quisiera recomendarles un texto: El equilibrio. En él, Pedro Mairal, el padre, describe ese momento en que su hijo aprende el secreto. Ese instante en que pedalear se convierte en lo que más importa, en el germen de nuestros grandes viajes.

 

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