Big Papi y la Liguilla en la noche del semi-apagón total

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Que un mexicano prefiera el béisbol al Rey de los Deportes es lo mismo que proclamarse infiel al culto guadalupano, maléfico vendepatrias. Pero ¿cómo tomarse en serio un campeonato al que se le designa de manera despectiva, así, la “liguilla”?

 

El de la voz o quien esto escribe (dos fórmulas en tercera persona, del año del caldo, para presentarse uno mismo dizque como autor), cree con convicción indoblegable que el Rey de los Deportes (otro modismo en desuso, es decir de cuando no había televisor que funcionara sin bulbos, proveniente de tiempos del mítico locutor mexicano, el Mago Septién) es, en efecto el béisbol. Esto, dicho en país futbolero como México, ha resultado que yo, el de la voz o quien esto escribe, sea visto lo mismo que como infiel al culto guadalupano, maléfico vendepatrias, que como hijo de su malinche madre.

 

Con excepción de la incomprensión de algunos de mis amigos, que no me invitan a sus casas a ver los juegos supuestamente fundamentales de la Liguilla (nombre con el que se designa el máximo campeonato a nivel profesional: ¿cómo quieren que tome en serio a un campeonato al que se le designa de manera despectiva, así, la “liguilla”?) y que rechazan —algunos dicen no cortésmente, otros de plano me cuelgan el teléfono— mis reiteradas invitaciones a ver algún juegazo de temporada, la cosa no es grave ni pasa a mayores. Sigo sin entender por qué, por ejemplo, una amiga inteligentísima no entiende que el beis es como la vida, peor aun cuando los argumentos que utiliza para bajar al Rey de su pedestal le dan —mi amiga es muy inteligente, creo que ya lo dije— y me dan, nos dan a ambos, toda la razón: “ay, Bruno, es que hay demasiadas altas y bajas”. Afirmativo, querida amiga, demasiadas altas y bajas en este bísne de la vida: los filósofos Platón o Rousseau no lo habrían dicho mejor, ¿o no?

 

Pero no pasa nada. Yo igual me aplasto enfrente del televisor a mirar mis nueve entradas, repantingado en el sillón, haciéndole honor a mi fama de descarado y orgulloso holgazán. Y todo ocurre bien y yo soy feliz y vuelvo a mi niñez y a todos los lugares comunes que suscita hablar de las aficiones deportivas.

 

Bueno, a veces hay excepciones, altas y bajas de la vida —diría mi amiga, la  futbolera aguerrida—. Les cuento una que es digna de viajar hasta Costa Rica y presentarse ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

 

Estaba la otra noche mirando un juegazo de un equipo que aborrezco, los Medias Rojas de Boston, pero en el cual tiene contrato millonario un jonronero dominicano que es la pesadilla de cualquier lanzador, un descendiente cercano del hombre de neandertal que estila unas no menos primitivas patillas y a quien apodan, con la rusticidad del caso, Big Papi. Coincidentemente, se jugaba cerca de mi casa un partido de la Liguilla, en el llamado estadio Azul, para ser más precisos. No voy a negar que el estridente ruidero de los sesenta helicópteros que sobrevolaban el estadio, como si estuviéramos en alerta roja en Kabul o Bagdad, me estaba causando cierta molestia. Pero nada el otro mundo. Me resultaba todavía más extraño ver en la tele la magia de las cuatro almohadillas ocurriendo bajo una despejada y suave noche de primavera bostoniana, mientras aquí, es decir afuera de mi casa, arreciaba un aguacero de fin de mundo. Pobrecillos pendejos, pensé con un poco de malicia, esos que ahorita compiten su lugar en la Liguilla.

 

Y de pronto el sonido de una brutal explosión: ¡¡¡BUUUUM!!!

 

El espanto fue tal que brinqué de mi sillón como si estuviéramos, en efecto, en Kabul o Bagdad, o como si Big Papi himself se hubiera apersonado en mi sala de televisión para ajustar viejas cuentas.

 

Obvio, se fue la luz. Obvio: había estallado un pinche transformador en la cuadra siguiente a mi casa, la de quien esto escribe, es decir mi estadio personal donde veo como se dirimen las cosas en el imperio del Rey de los Deportes y no los disparos fallidos, los pases en línea hacia la nada donde no hay nadie, por no hablar de los balonazos cancheros que once tipos empapados y desesperados  que se tiran sin ton ni són en aras de mantenerse en la Liguilla.

 

Oscuridad total. Fusibles quemados. Esto, dijo el de la voz, ya valió, va para largo. Y ciertamente, pasó un buen rato. Hablé con mi querido hermano, futbolero irredento, quien feliz y despreocupadamente también veía el máximo campeonato mexicano, la Liguilla. Me habló de un semi-apagón en el estadio Azul. Con ayuda de mi teléfono celular me metí a tuíter. Todo mundo sollozaba por el apagón. Más de uno amenazaba con el suicidio. Aquello parecía un ritual en el muro de los lamentos digitales. Me lo tomé personal y tuitié: “Si pasó en el Super Bowl, allá en Nueva Orleáns the Big Easy, que no ocurra en la Nápoles, un verdadero sembradero de diablitos”. Perdí 90 followers en seis segundos. Perros. Queda claro que no son el mejor amigo del hombre.

 

El aguacero seguía arreciando como en una novela de García Márquez. Desesperado y paraguas en mano, decidí salir a evaluar la situación por mí mismo. Y la situación que hallé fue la siguiente, además de una oscuridad de fin del mundo: una pequeña luz resplandeciente, como de cuento de Caperucita o de cabañita de Hansel y Gretel, emergía del interior de una camioneta de la Comisión Federal de Electricidad en la cual siete u ocho empleados se apretujaban encaramados uno encima del otro. Me acerqué. En lugar de ocuparse de arreglar o cambiar el transformador, del cual al parecer no quedaban ni las cenizas, los camaradas se deleitaban mirando en un pequeño televisor, que supuse también proveniente de la era del caldo, lo que ocurría en el estadio Azul gracias a un diablito (entiéndase como una conexión informal y mexicanamente espontánea mediante un trozo de cable a cualquier cosa de la cual emane energía eléctrica) que habían conectado a quién sabe qué. A través de las ventanillas cubiertas de vaho, uno de ellos percibió mi presencia y bajo el vidrio tres centímetros, apenas tres centímetros para responder a mi pregunta acerca de cuál era su evaluación de la situación y apenas para confirmarme lo que yo ya sabía: uuuy no mi joven, está pelón, hay que cortar ramas y árboles.

 

A punto estuve de aprovechar esos mismos tres centímetros para mentarle la madre a él y a las otras seis o siete sardinas que co-habitaban al interior de la camioneta de la CFE, una empresa, según reza el recibo de la luz, “de clase mundial”. Opté por la obligada opción de la diplomacia —¿se imaginan la madriza que me hubiera tocado si los encargados de atender situaciones pelonas y cortar árboles y ramas se decidían por darme una lección propia de leñadores?— y regresé a mi casa, abatido por el solo pensamiento de que la solución, es decir cambiar el transformador hecho trizas, quizás se llevaría un par de días.

 

Tuve entonces una idea, una especie de pequeño fogonazo que iluminó mis esperanzas —así soy yo: puedo mentar madres pero siempre mantengo la mínima esperanza—, por ejemplo que la CFE, como indica un párrafo de su Visión al 2030 que se puede consultar en internet cuando hay luz, se convierta en “una empresa reconocida por su atención al cliente, competitividad, transparencia, calidad en el servicio, capacidad de su personal, vanguardia tecnológica y aplicación de criterios de desarrollo sustentable”. Por lo pronto, el cochino y denso vaho en los cristales de una de sus camionetas imperaba sobre la transparencia. Pero bueno, le marqué a mi hermano pensando en hacer maletas y decirle voy para allá. Su respuesta, realista e incontestable, me mandó directo a la lona: ¿qué crees? Ya regresó la luz al estadio pero el juego está flojo, medio de güeva, pero seguro mañana en el de vuelta se pone bueno.

 

Eran, más o menos, las diez de la noche. No había nada que hacer. Apagué el celular para ahorrar la batería que necesitaría como agua en el desierto en los días siguientes.

 

Me fui a dormir a esa hora, con la esperanza de despertar en el 2030.

 

 

 

 

Bruno H. Piché (Montreal, 1970) es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Ha sido nombrado recientemente miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su último libro se titula El taller de no ficción, publicado por la editorial mexicana Magenta (2012). En FronteraD ha publicado, entre otros, Frontera y terror. La DEA, el FBI, los Zetas y los nuevos agentes migratorios de México, Otro periodismo para otra(s) vida(s)Mi vida con RodriguezTierras baldías: Este-Oeste, Norte-Sur y Huesos (piernas y muñones) en el desierto

Autor: Bruno H. Piché

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.