Blog del amigo brucliniano (octubre de 2009)

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Al abrir los ojos esta mañana me salía por uno de los ojos la rama del último sueño y esa rama ensoñada, soñolienta, sonámbula, se me quedó enredada por unos momentos en el ventilador que cuelga del techo de mi dormitorio. Los dormitorios de Brooklyn, por si no lo sabéis, tienen casi todos ellos ventiladores con aspas gigantescas que aguardan inertes en la opaca soledad de la madrugada. Pues decía que la última rama de mi último sueño se me fue enredando por una de las inertes aspas del ventilador para caer luego como liana o, mejor dicho, como papiro por delante de mis narices. El papiro tenía escrito…

 

No sé lo que tenía escrito ese papiro ni tampoco me importa ya. He salido de casa y la brisa del océano que sube por la destartalada avenida de Coney Island me ha hecho creer por un momento que estábamos todavía en el verano. El verano se marchó hace ya más de dos meses, pero hoy se espera alcanzar 72 grados Fahrenheit. Entro en el deli de la esquina y me tomo un café con un bagel. Ah, los bagels, esos roscos de apretujada miga que mojo cada mañana antes de iniciar la jornada. Quien me atiende es un indio con turbante, un sij de grisácea barba y ojos cansados, que ni siquiera me mira al irle a pagar. Ha sido así desde hace meses y así lo prefiero.

 

Dice Eduardo Mendoza, en entrevista a El País, que los novelones tradicionales no pueden ya funcionar porque el lector actual cada vez sabe más y no necesita enterarse de cómo viven en Madrid, en Shangai… o en mi querido Brooklyn. No estoy tan seguro. Para empezar, pienso que cuanta más información se acumula , más difícil le resulta enterarse a uno de lo que pasa. Los árboles, ciertamente, ocultan el bosque. Por otro lado, ¿puede saber alguien que no habite en Nueva York lo que en realidad es un deli? A mí me parece que no. Los puertorriqueños lo llaman bodega, que es palabra tan mal empleada a oídos castellanos, como delicatessen a oídos alemanes o franceses. Pues si algo no se vende en un deli es comida refinada; y menos aún vino, ni siquiera del peleón. Cerveza en cartones, sí, pero de andar por casa: Budweiser, Corona y, a lo sumo, Heineken. Mendoza vivió en Nueva York durante años y hasta escribió un libro sobre la ciudad, aunque no recuerdo ahora si se le ocurrió describir un deli. Probablemente no lo haría. En las guías turísticas de hace años (seguramente las actuales están más al día) se citaba el deli de la Segunda Avenida y poco más, pero ése tiene poco de deli. Si uno quiere saber de verdad lo que es un deli, está obligado a venirse para Brooklyn o irse al Bronx. Otro día, con más tiempo, describiré con algo más de detalle el deli que tengo en la esquina y, si puedo, hasta lo acompañaré con una foto…

 

23 de octubre (Plum Beach)

Esta mañana me he tomado el café del desayuno sentado en un solitario banco a las orillas del mar. Eso es lo que tiene vivir en una ciudad costera como Brooklyn, que uno puede desayunarse un bagel entre gaviotas y el suave chapoteo de las olas sin estar de veraneo ni tener un apartamento a pie de playa. Normalmente, de camino al trabajo, me conformo con mirar de refilón la ensenada que se me aparece a la derecha del volante, pero esta vez he decidido aparcar en uno de los descansillos (rest areas) del llamado Shore Parkway. El día está gris, pero la brisa, como ayer, resulta agradable. Brooklyn no huele a mar. Uno no tiene nunca sensación de mar en ninguna de sus playas, quizá porque en realidad lo que rodea a la ciudad no es mar, sino ensenada o ría. Sentado en el solitario banco mojo el bagel en el café y miro al horizonte, donde se cruza, a lo lejos, un puente de hierro como alguno que recuerdo pintado por Thomas Eakins. Brooklyn, ahora que lo pienso, tiene mucho de siglo XIX, en sus puentes, en los brownstones de muchos de sus barrios, en su oxidada decadencia. Dos chicas adolescentes, dos colegialas que quizá se han escapado de clase, pasan por mi vera y se van hasta la orilla. Se descalzan, meten un pie en el agua y luego, tras unos cuantos grititos, las veo alejarse, las dos cogidas de la mano, por las dunas y juncos de la playa. El agua, entretanto, aparece quieta, estancada, casi descolorida, ni azul ni verde, ni siquiera gris. Doy un último sorbo al café y tiro el cubilete en la primera papeleta que me encuentro. Un Daily News de hoy bocabajo anuncia que los Yankees perdieron ayer con los Dodgers.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.