Bohemia

0
310
“Le devastó la bohemia. Había consumido las calles madrileñas y recitado mil poemas malditos. Pero maldito estaba él. Se las daba de dandi y luego iba implorando besos de muchachas que solo conseguía después de abrir su monedero. Pervirtió su juventud con mujeres, lecturas y ajenjo sin importarle un bledo el mañana”

Le devastó la bohemia. Había consumido las calles madrileñas y recitado (con una voz forzosamente quebrada) mil poemas malditos. Pero maldito estaba él. Se las daba de dandi y luego iba implorando besos de muchachas que solo conseguía después de abrir su monedero. Del Colonial al Ateneo y vuelta, de la Puerta del Sol a la calle Alcalá sin pasar por la salida. Pervirtió su juventud con mujeres, lecturas y ajenjo sin importarle un bledo el mañana. Enclenque, pero de ánimo robusto, inquieto e intrigante, un tarambana. Elevaba la picaresca a rasgo moral español, aduciendo no sé qué atavismo genético; se enredaba en teorías literarias que oía a otros en las tertulias de los cafés y se jactaba de haber leído a Nietzsche, de ahí (pues aún era filosofía con prejuicios), suponíamos, su carácter soberbio y sus declamaciones pretenciosas “Yo no ando, levito”, “Yo no recito versos, hablo con claridad”. Al principio le reían y los más jóvenes le admiraban. Eran días gratos. Eran días sanos, sin la sentencia del tiempo. Beber, reír, follar… y publicar poemillas para hacer todo lo anterior. Siempre estaba a punto de escribir algo genial “Estad atentos porque un día bajaré de la montaña”, nos decía a todos y se alejaba con su andar de puntillas y fumando en boquilla. Berniches me comentaba, cada vez que nos tropezábamos con él, que no engañaba a nadie con su chaqueta almidonada, su peinado firme y ese olor almizclado. Sabía de buena tinta que era alérgico al agua, que era todo fachada y se le pudría la piel debajo de aquella envoltura de terciopelo. A mí siempre me cayó simpático, de estas personas que al mirar atrás colorean y reflejan el pasado, sombras de lo que fuimos. Pero se estancó, quiso mantener joven su retrato, mientras nosotros nos alejábamos de aquella vida intensa y despreocupada. Contraería la tuberculosis ¿o fue la sífilis? en cualquier burdel de la ciudad; se abandonó y se ahogó en alcohol. La última vez que le vi fue bajo el viaducto. Le miré y él me miró sin reconocerme. Tendió la mano y dejé unas monedas. Me correspondió con un pequeño papel donde había escrito un poema ilegible.   

 

Cuando me alejé, oía aún su tos que le arañaba el pecho, quise mirar atrás, pero no pude. Preferí imaginar su final. Le situé en la costa levantina frente al mar, que no había visto nunca, completamente desnudo y con un poemario en la mano; tísico y encorvado por la enfermedad, andaría como si arrastrara pesadas cadenas, iría hacia su cementerio marino y allí se bebería la espuma de una ola en honor a Urano, justo antes de ser sepultado. 

 

 

Adrián Pulido Sanjurjo (Madrid, 1984) es Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Europea de Madrid. Trabaja en el departamento de prensa de la editorial Esfera de los Libros y ha publicado el relato ‘El vigilante’ en la revista Luces de Bohemia (Literárni setkání) editada en Praga 

 

 


Print Friendly, PDF & Email

Autor: Adrián Pulido Sanjurjo