Botellones

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Cada año se repite la misma convocatoria equinoccial: miles
de conciudadanos de edades comprendidas entre los trece y los treinta años se
citan mediante mensajes de móvil en algún andurrial de las principales ciudades
de España y celebran un botellón enorme. En Sevilla se han reunido siete mil en
el Charco de la Pava, antiguo aparcadero de la Expo. En Granada, doce mil en la
Huerta del Rasillo, con autorización del Ayuntamiento granadino. En Barcelona,
Bilbao o Gerona los antidisturbios han impedido la convocatoria,
transformándola en algarada callejera. Sólo en Barcelona los daños producidos
por la revuelta han superado los doscientos mil euros.

            El botellón
se originó en la época de la Movida, allá por los años ochenta, y es lo único
que queda de ella. En sus inicios, el fenómeno respondía a cierta
reivindicación ácrata del uso de los espacios públicos. La gente se concentraba
en los alrededores de los locales de moda y departía sobre asuntos movidescos
en tono más bien pedantuelo. Esta primera versión del botellón era bastante
austera: se charlaba más que se bebía. Alguno acababa ebrio, pero al estilo de
los hermanos Panero: borrachera verbal como de artista maldito. Se solía
rematar la fiesta acudiendo a tugurios con música horrísona donde todo esfuerzo
vocal resultaba inútil.

            El botellón
actual es otra cosa, bastante desconcertante. Se supone que en ellos se bebe
mucho, pero en el Charco de la Pava sólo ha habido un coma etílico, es decir,
que sólo acabó en camilla el 0’014% de los asistentes. En Granada sólo hubo
cuatro jóvenes embriagados hasta la inconsciencia. Los botellonistas,
ciertamente, colapsan los accesos al punto de encuentro, dejan el lugar
sembrado de botellas rotas, bolsas de plástico y otras inmundicias, y alivian
aguas menores y mayores sans souci et sans compliment. Vomitan
involuntaria o deliberadamente, e intercambian íntimos fluidos con entusiasmo.
Todo esto ocurre en los botellones modernos, pero en ellos también se practica
el botellón sin, es decir, la ingesta de agua y zumos de frutas; o se
tertuliea sobre bobadas juveniles; o se mogollonea, una actividad consistente
en sumergirse en el bullicio por simple placer.

            Observado desde fuera, un botellón parece algo dantesco y
cutre, una mezcla de tumulto sin causa aparente y de impúdica exhibición de
malos modales. Desde dentro, en cambio, el botellón se parece inquietantemente
a la misma sociedad que lo rechaza. Si se pudieran concentrar en poco espacio
muchos usos sociales contemporáneos, el resultado sería un botellón. Reúnanse,
por ejemplo, a todos los que gritan en bares restaurantes, a los que beben
desaforadamente, a los que orinan en los callejones, a los que no usan las
papeleras públicas, a los que no soportan que se hable en serio de ningún
asunto, a los que llenan las verbenas populares y no han pisado jamás un teatro
o una librería. El botellón resultante sería igualmente cochambroso e
insustancial. O más, si cabe: muchos de los botellonistas juveniles lo son de
ocasión, estudiantes que abandonan la costumbre cuando acaban sus carreras. Lo
mismo, andando el tiempo, hasta prohibirán a sus hijos que pierdan el tiempo de
este modo; y es que habrán sido cocineros antes que frailes. El hipotético
botellón de los adultos, en cambio, tendría algo de irremediable, por consuetudinario.
La gran fiesta de la España grosera y zafia que, además, presume de serlo.