Los años han pasado y el mundo ya no es el mismo. Las imágenes del frágil ciruelo y del robusto membrillo de la infancia se perdieron en las cenizas del tiempo, bajo la crueldad de las grúas que derribaron casas y destruyeron vidas. Los misteriosos desvanes de la periferia de la ciudad, del lugar conocido con el nombre de “mahalaua Vatra Luminoasă”, paraíso de luz verde de la niñez encapsulado en la memoria de un grano de uva, dejaron de esconder enigmas, y el saúco, de cuyas flores preparábamos la deliciosa bebida de la infancia, se pudrió en el aire abrasador de los veranos y los recuerdos. La calle de mi barrio, antes llamada Podul Belicului, una de las más viejas de la ciudad, cuya colina siempre dominaba el paisaje con sus verdes prados, donde los altos árboles albergaban a miles de seres diminutos que dormían, sin miedo, bajo el cielo estrellado, se volvieron negros, la mayoría perdieron sus hojas como en una metamorfosis de la tristeza, todo un áspero y pálido paisaje que perdió su fuerza creadora.
Mientras que la ciudad lucha por sobrevivir entre antagonismos y anomalías, entre lo ecléctico y lo tradicional, donde los vestigios y las piedras siguen vibrando y palpitando bajo las suelas del tiempo implacable, una mirada más profunda nos recuerda que no olvidar aquel pasado del terror de la historia, y las heridas, que aún siguen abiertas, es nuestra obligación.
En Bucarest quedan aún lugares donde se ha enterrado definitivamente la memoria, junto con los huesos de muchos de los que habían estado encarcelados, durante la dictadura comunista, entre los muros del Monasterio de Văcărești, construido en los tiempos del voivoda Nicolae Mavrocordat, posiblemente el único templo de la fe del país que, en 1948, fue convertido en lugar de detención de presos políticos, y de todos los que, de alguna manera, estuvieron en contra del régimen comunista.
Cada mañana, en la colina Văcărești, las imponentes torres de la iglesia dedicada a la Santísima Trinidad resplandecían sobre el tapiz del cielo de acendrado azul, de un edificio emblemático, pináculo del estilo arquitectónico Brâncovenesc, desarrollado durante cuatro siglos en Valaquia. En aquel entonces, para dar cabida a las celdas, se construyeron los arcos de la galería en el lado este del recinto, de la abadía y la casa señorial. En el exterior del monasterio se levantó otro muro, reforzado con macizos contrafuertes y nueve casetas de vigilancia extrema.
Entre los muros de la penitenciaria Văcărești estuvieron presos algunos de los escritores más importantes, como Liviu Rebreanu, Ioan Slavici, Tudor Arghezi, Panait Istrati, que sufrieron las condiciones del régimen. Terrible experiencia que algunos, como es el caso de Ioan Slavici, dejaron prueba de ello en sus escritos:
“Era de noche, deshielo y aguanieve. Frente a los baños y hacia la prisión de mujeres, ardían grandes montones de basura podrida, desprendiendo vapores de humo. Hacia el fondo del patio, donde aún no se habían extendido las sombras, una multitud de personas disfrutaba de los últimos rayos del sol de enero. Flacos, como nunca antes en mi vida había visto, fugitivos, la mayoría sin camisa, vestidos con harapos, con las piernas envueltas en guiñapos y con mantas andrajosas en la espalda, me parecían una especie de seres traídos de otro mundo, para horror de quienes entraban. Al mismo tiempo, sentí un olor a podredumbre y a gente llena de suciedad, que me daban ganas de vomitar una y otra vez”.
En esos tiempos bastaba con que alguien de las personas conocidas, o de los compañeros de trabajo, escribiera una especie de carta donde acusaban a personas inocentes de cosas que nunca sucedieron, y una hoja llena de mentiras se convertía en una gran satisfacción para aquellos que querían ver, entre rejas, a todos los que se negaban a ser miembros del Partido Comunista. Al mismo tiempo eran destituidos y alejados para siempre de sus lugares de trabajo negándoles, de ese modo, el pan y la sal.
Una mañana, cuando salió por la puerta de madera color verde, mientras se dirigía a su oficina, dos miembros de la Securitate le esperaban, recogieron a mi padre en la calle, le esposaron y llevaron a la prisión de Văcărești. Era diciembre de un duro invierno cuando las nieves cubrían todo el paisaje con su manto helado. Mes cuando mi madre, embarazada de mí, iba a dar a luz.
Me enteré mucho más tarde del porqué del encarcelamiento de mi padre. Cuando le amenazaron con despedirlo si no ingresaba en el partido, y pese a la presión constante, fue repitiendo: “¡No!”. Fue una protesta que sólo los hombres valientes eran capaces de hacer y asumir las consecuencias, algo a lo que pocos de sus compañeros se atrevieron por miedo a perder su trabajo y acabar en prisión.
Dentro de la cárcel, la noche inacabable había perdido cualquier atisbo de suavidad. Por todos los rincones, un marasmo sin fin, frío, humedad, voces roncas y débiles que apenas podían responder al alcaide, que no dejaba de increparles como un loco, amenazando con dejarles morir de inanición. Solo los muros sagrados, de lo que un día fue santuario de la fe, escuchaban ese llanto y registraban el eco de las palabras: “¡Soy inocente!”. La cárcel de Văcărești se convirtió en un lugar que iba a obsesionar a mi padre el resto de su vida. Una dura experiencia que le marcó profundamente hasta que el olvido se apoderó de su memoria.
Pero uno los espacios más infernales fue la prisión de Aiud, donde el gran poeta rumano Radu Gyr pasó doce años de su vida. Al regresar a su casa, en 1956, los comunistas lo arrestaron de nuevo y lo condenaron a muerte por escribir el poema titulado ‘¡Levántate, Gheorghe, levántate, Ioane!’. Las autoridades lo consideraron una forma de incitar a luchar contra el régimen comunista. Posteriormente conmutaron su pena por veinticinco años de trabajos forzados. Desde aquellos tiempos, el mensaje poético de Gyr todavía retumba en la mente de los rumanos. Como estos versos de ese poema-manifiesto, uno de los más conocidos que circularon por las cárceles comunistas:
“Por la sangre de tu pueblo que fluye por las trincheras,
por tu canto crucificado,
por la lágrima de tu sol encadenada,
¡levántate, Gheorghe, levántate, Ioane!”.
En aquellos tiempos solo la fe en Dios, las oraciones constantes, suscitaban una paz momentánea. Y un poema podía resonar en la mente de los presos en el invierno más duro de sus vidas. Representaba un pequeño destello de luz que titilaba suavemente. Algunos habían aprendido de memoria el poema de Radu Gyr dedicado a la Natividad:
“La Navidad ha llegado también aquí,
para consolarnos en nuestro destierro;
caen blancos copos de nieve sobre mi vida,
nieve sobre mi alma.
Caen blancos copos de nieve sobre mi vida
que aquí agoniza.
Estrellas azules tiemblan sobre mis anhelos;
Dios nos ha puesto estrellas titilantes en nuestros corazones.
Dios ha puesto solo lágrimas espesas en nuestros corazones.
Pura Madre de Dios ¡tráenos la maravillosa Buena Nueva!
Tu querida sonrisa florece en el umbral
como un día soleado
Tu querida sonrisa es lo que más esperan, en el umbral, los presos.
Sobre las felicidades pasadas,
extiende Tu misericordia, Jesús.
Los presos esperan que llegues con los albores
suspiran en sus pechos, por Tu santa luz.
Los presos esperan que llegues con los albores”.
Concienciado con la Rumanía de la dictadura comunista, el poeta lusitano José Augusto Seabra baja a las profundidades de una tierra que amó, que visitó con aquella mirada pausada del peregrino y a la que dedicó el espléndido poemario La conspiración de la nieve (Conspiração da neve), testimonio de su compromiso con una cultura cercana que siempre estuvo presente en su memoria, a través de las lecturas de importantes representantes literarios como Emil Cioran, Mircea Eliade, Ana Blandiana, Lucian Blaga, Mihai Eminescu, Ion Barbu, Marta Petreu, Toma George Maiorescu, Tudor Arghezi, George Bacovia, Ion Vinea, y también escuchando a grandes representantes y virtuosos de la música como George Enescu y Dinu Lipatti.
Al excelentísimo embajador J. A. Seabra, excelso intelectual portugués, político, diplomático de carrera, y poeta de honda sensibilidad, he tenido el privilegio de conocerle mientras trabajaba en el departamento cultural de la Embajada de Brasil en Bucarest. Un día nos encontramos en la Casa de América Latina en Bucarest y me regaló su libro, una honda mirada poética de una Rumanía bajo las nieves del totalitarismo. El mismo sufrió las consecuencias de su lucha contra el régimen de Salazar, lo que le costó su libertad y, ulteriormente, el destierro a Francia.
Conocedor del terror dictatorial, desde su propia experiencia vivida en su país natal, sintió una solidaridad profunda con el pueblo rumano de la época de la dictadura férrea de Ceaușescu, y manifestó, desde sus inicios diplomáticos en Bucarest, su deseo de conocer de cerca los lugares más sombríos de la época comunista. En la revista Memoria, en ‘La caída de una dictadura’, de hecho el texto de una carta enviada a su traductora, Micaela Ghițescu, José Augusto Seabra escribe:
“Por eso, yo mismo, conociendo la represión de una dictadura similar a la de Rumanía, siento el deber de compartir su terrible experiencia en las cárceles comunistas, sin duda más horrorosa que la mía. Por eso, me gustaría ver con mis propios ojos los lugares de detención, tortura y ejecución de sus mártires, para hablar con los que sobrevivieron, a aquellos lugares donde cruzaron los círculos del infierno o el purgatorio carcelario. Quizás puedan describírmelo un poco y ayudarme a visitar algunos de estos círculos de aislamiento y sufrimiento”.
Volviendo a leer su libro no puedo no conmoverme con sus palabras del prólogo, ‘As Epígrafes’:
“Mientras volaba a Bucarest, la blanca nieve ya llenaba mis visiones fantasmales del infierno y el purgatorio en una Dacia mítica, donde los Cárpatos alzaban hacia el cielo la cabellera de un Drácula gris. Llevaba conmigo, clandestinamente, solo unos pocos epígrafes descoloridos de poetas rumanos, que habían llegado a mis manos durante los años de la peste, bajo el manto de la disidencia y el exilio. Me servirían de contraseñas para penetrar, gradualmente, en los meandros de la memoria de los campos de concentración y reconocer la indeleble geografía del terror tentacular: Jilava, Piteşti, Sighet… Recorrí, rastro a rastro, cara a cara, las sombras supervivientes de prisiones y huesos, las tumbas y los espacios abiertos de silencio superficial, espiando uno a uno los rastros de los archivos de la vergüenza, enterrados entre los pliegues del tiempo congelado”.
El duro invierno, fiel testigo del dolor, de las condiciones inhumanas, de la sangre que manchaba la nieve, es el personaje principal del poemario:
‘Sangrando’
Como grandes lágrimas de sangre,
las hojas gotean de las ramas.
George Bacovia
“El árbol sangra
así, lágrima a lágrima,
crucificando las ramas
entre las hojas, tan delgadas
como la nieve que gotea
sus últimos coágulos”.
Es el poeta mismo que se dirige a nosotros para contarnos, emocionado, cómo surgieron los versos:
“Y los poemas llegaron, en los intersticios de la nieve que se adelgazaba, conspirando en las largas noches de Bucarest, deshilachados en los árboles crucificados, goteando sangre negra. Es esta conspiración secreta la que atestiguan aquí, discretamente, en balbuceos que se desvanecen en la música de un réquiem o una resurrección”.
Aquel Bucarest del poemario, lleno de incertidumbre, fantomático, de un tiempo pasado y cruel, vuelve al presente sembrando de nuevo el miedo a contagiarse por el virus que circula por el aire, como si fuera el año de la peste.
‘El Manto’
“¿Qué manto te viste así
de blanco, si es tan opaca
la nieve, Bucarest, bajo la noche amortajada
en su danza loca
de un fantasma que ataca
el infierno, agitándose,
propagando la plaga
por el cielo que te queda?”.
En este periplo poético el árbol sigue sangrando, las lágrimas se siguen derramando, de nuevo las almas se quiebran, aparecen los espasmos, el dolor y la muerte. Tiempos cuando los inviernos parecían interminables, y las nieves de Bucarest eran construcciones oximorónicas de blancura de sangre, y las cicatrices cada vez más hondas:
‘Cicatriz’
Una herida lo más esquemática posible.
Ana Blandiana
“Dibujaron los moretones
del silencio, midieron
todas sus heridas
con la fría armadura
de los barrotes: para que
el esquema mordiera
la cicatriz de los labios de la herida”.
Rumanía, en la poética de Seabra, es una tierra congelada que no ha despertado todavía, y donde no ha llegado Perséfone para cubrir con su manto de flores el paisaje y devolver la primavera antes robada, sus territorios aún están hibernando bajo el hielo del terror. El ambiente invernal no es un mero elemento del paisaje, sino que tiene una función simbólica precisa.
En Los tristes, obra escrita durante su exilio en el vinoso y violáceo Ponto, Ovidio escribió desde de su dolor psíquico de la condición del desterrado, sobre esos inviernos de Scytia Minor, a los cuales no llegó a acostumbrarse:
“(…) mas cuando el triste invierno muestra su escuálida faz y la escarcha convierte el suelo en mármol de blancura deslumbrante, cuando el Bóreas se desata y la nieve se amontona bajo la Osa, entonces estos pueblos se sienten por el polo que estremecen las borrascas. La nieve cubre la tierra y ni el sol ni la lluvia la deshacen”.
Seabra recuerda su viaje a Tomis, y al poeta de Sulmona, quien le acompaña en su periplo lírico:
‘A Ovidio’
“¿Qué palabra sin lenguaje
se perdió, oh Ovidio,
entre el Lacio y el exilio,
entre Dacia y el olvido?
¿Quién conoce su indicio
y la sopla en tu oído
en el último silbido
del sonido hacia el sentido?”.
El alma de la ciudad amable, donde otrora el pastor Bucur reflejaba su rostro en el río Dâmbovița, se cubrió en esos tiempos con un negro velo de un crudo invierno dictatorial, que iba a durar más de cuarenta años. Tiempo en el que reinaba un silencio sepulcral en una tierra sedienta de libertad, lugar fantasmal de fronteras cerradas a la espera de un Ángel salvador capaz de devolverle la esperanza. Rezad, parecía decir una voz, imperiosamente, para que el Ángel pudiera recobrar la blancura de sus alas.
En La conspiración de la nieve el tiempo implora una oración para volver a ver las nieves eternas, impolutas y bellas –heraldos de tiempos de libertad–, y donde el poeta se adentra en lo que se llama la “Rumania profunda”. A través de la palabra que no olvida, capaz de redimir, de salvar la pureza de la nieve, del ser humano, de una tierra donde se ha integrado y que ha entendido desde el amor y la compasión, con su extraordinaria y honda mirada poética.
‘Ángel viejo’
Vi al ángel oxidándose.
Mircea Dinescu
“¿Qué alas rotas arrastras por el cielo
oxidando la nieve, oh ángel viejo,
y deshilachas tus huesos contra el viento
y el vuelo?
Así, sangrando, congelado
en el armazón del tiempo, no te rindas
y ancla en las nubes, goteando,
tus alas de nieve que se oxidan”.
En el mismo texto La caída de una dictadura, preocupado por las heridas de la memoria, el autor escribió:
“Los caminos de la memoria suelen ser largos y tortuosos, sobre todo cuando deben tomar desvíos imprevistos a través de confusos laberintos de espacio y tiempo, cruzando fronteras y calendarios, avanzando por desiertos, atravesando peligrosos matorrales y barrancos, hasta forjar caminos subterráneos, antes de devolvernos a los lugares y tiempos exactos de la herida original, donde las reminiscencias aún sangran en una discreta hemorragia”.
En el último poema el autor, en busca de alguna respuesta, se pregunta: “¿Qué frase alta que respira en el cuerpo encorvado en las vertebras heridas donde la música sangra?”.
En este gran poemario, el escritor hace hincapié sobre la importancia de la memoria, y, sobre todo, de la memoria concentracionaria y sus heridas, del daño irreversible en todos aquellos que sufrieron y experimentaron las cárceles comunistas, dolor que dejaría eternas heridas en el ser humano, “entre la piel y el alma”:
‘La conspiración de la nieve’
Liberado, un prisionero partió hacia Bucarest,
pero pronto regresó por culpa de la nieve.
Micaela Ghițescu
“La nieve en Bucarest aún sangra
a torrentes por dentro. Aún ahoga
los párpados del miedo. Con su azote
de relámpagos cegadores. Filos
romos:
entre la piel
y el alma”.
Después de leer esos últimos versos, del embajador y poeta José Augusto Seabra, me vienen en mente las palabras del gran representante de la cultura rumana, Petru Creția quien, en su ensayo Para los sin nombre, escribe:
“Por aquellos desconocidos y olvidados, perdidos en el barro ciego, y esparcidos en la niebla de los siglos, pero que una vez fueron la sal de la tierra y que llevaron el bien del mundo sobre sus hombros, se escriben estas líneas”.
Fuentes bibliográficas:
Conspiração da neve, José Augusto Seabra. ·dición bilingüe portugués-rumano, traducción Micaela Ghițescu, editorial Cartea Românească, 1999.
‘Ensayos morales’, del ensayo Para los sin nombre. Petru Creția, editorial del Museo de la Literatura Rumana, 2003.
Revista Memoria:
https://www.revistamemoria.ro/wp-content/uploads/2017/08/30-jose-augusto-caderea-unei-dictaturi.pdf
Traducción de los poemas de Radu Gyr, de los poemas de José Augusto Seabra, al español, así como de los fragmentos de la revista Memoria y de Ensayos morales, la D. C.





