Bulocracia: no sabe, no contesta

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Fotograma de la película ‘Increíble pero falso’ (2009), de Ricky Gervais.
Fotograma de la película ‘Increíble pero falso’ (2009), de Ricky Gervais.

Maldita sea. El CIS se ha puesto a realizar encuestas sobre la percepción ciudadana de la crisis del Covid-19 y, como siempre, se han olvidado de ponerse en contacto conmigo. Hay que ver, Tezanos, con lo fácil que lo tenías para pillarme en casa alguno de estos días… Pero no importa, porque, como buen ciudadano -y amante de las entrevistas-, he decidido invertir una pequeña parte de mi tiempo en revisar el examen corregido, hacerme a mí mismo las preguntas y ver cómo de cerca me encuentro de la facción más ortodoxa del pensamiento hegemónico español.

Por ejemplo, ¿que cuánto me preocupa la situación actual del coronavirus Covid-19? Mucho, como al 58,9% de los españoles. ¿Que si me gustaría tener más información por parte del Gobierno? Por supuesto, como el 54,5% de los encuestados. ¿Que si creo que las medidas adoptadas para combatir la pandemia son necesarias? Muy necesarias, como afirma el 72,6%. Pero, ¡puf!, qué aburrido es ir siempre con el equipo ganador. A partir de la cuarta cuestión decido ponerme del lado de los más desfavorecidos (el 0,1% o 0,2%) y no vuelvo a contestar. N.S./N.C., al menos, hasta llegar al sexto interrogante.

«¿Cree Ud. que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?» Sin duda, el simple hecho de plantear una cuestión así nos vuelve a todos vulnerables. Da igual que seas del 66,7% que opina que sería mejor «restringir y controlar las informaciones, estableciendo sólo una fuente oficial de información», del 30,8% que opina justo lo contrario o del 2% que no sabe, sino que todavía se lo tendría que pensar. Lo que está claro es que, en un país en que sólo existiera una única fuente oficial de información, todos saldríamos desfavorecidos. De hecho, bravo por ese 2% que no lo tiene claro, pues de la duda es de donde sale el sentido crítico y la verdadera vocación de estar informado y de informar.

Antes de nada, ¿cómo hemos podido acabar así? Y no me refiero a las pretensiones limitativas del Gobierno, sino a aquello en lo que, precisamente, tienen algo de razón: el debate en torno a la proliferación de los bulos y el descrédito mediático. Porque, exactamente, ¿cuándo dejamos de creer en la prensa? O, más bien, ¿cuándo se convirtió la desconfianza informativa, o de cualquier otra índole, en la regla general?

En realidad, bajo estas circunstancias, siento algo de envidia por el mundo imaginario de Ricky Gervais en ‘Increíble pero falso’ (2009), «un mundo donde la raza humana no ha desarrollado la habilidad de mentir», donde todo lo enunciado se asimila como cierto, al igual que asimilábamos como ciertas las noticias de los viejos tiempos, y, también, donde «todo el mundo dice siempre la verdad». Allí, «no existe el engaño, ni los halagos, ni la ficción. La gente dice exactamente lo que piensa, y eso a veces puede resultar un poco duro. Pero no tienen elección, es lo natural». En sus televisores sólo aparecen películas documentales e informativos, en la radio sólo hay tertulias, y en los periódicos, hechos anodinos pero contrastados sobre los que a nadie se le ocurriría dudar. ¿Qué ocurre, entonces, cuando el protagonista de la película -interpretado por el mismísimo Gervais- cuenta la primera mentira de la historia? Que todo empieza a desmoronarse.

Para contextualizarlo un poco más, el personaje central de la comedia se llama Mark Bellison, es un guionista frustrado que se encarga de hacer documentales sobre el siglo XIV, y la primera vez que su conciencia le incita a falsear la realidad es por dinero, por la necesidad de llegar a fin de mes. La segunda, por sexo, aunque se arrepiente de inmediato. La tercera, por codicia, pues quiere aún más dinero; aunque luego lo reparta y haga alguna que otra labor de caridad. La cuarta, para armar su propio relato acerca de la peste, de la enfermedad, y poder asegurarse, así, el éxito de su próxima película. Y, por último, miente para darle ciertas esperanzas a la humanidad, inventándose su propio dios y su propia teoría sobre la salvación del alma. Imagino que, a grandes rasgos, estos son los cuatro grandes motivos para mentir: el dinero, el sexo, el poder y la tranquilidad. E imagino, también, que por ahí habrán ido los primeros tiros relativos a la desconfianza personal, institucional y periodística que tanto nos mantiene en vilo en la actualidad.

Hay un momento de la película, concretamente, en que Mark Bellison se pone a hablar del más allá y de todas sus ventajas, y los periódicos, atentos, empiezan a recoger su testimonio: «Mansiones para todos», «El hombre del cielo sigue contagiando el sida a los bebés», «El hombre del cielo asesina a cuarenta mil personas con un maremoto». Claro, hasta ese momento, en el mundo de ‘Increíble pero falso’, nada era mentira y, salvo Bellison, todos seguían actuando de acuerdo a sus costumbres y a los principios morales que dicta la buena fe. Pero basta con una sola oveja negra descarriada para que todo, aunque sea lo de siempre, empiece a cambiar. También en la vida real.

Yo, personalmente, no sé quién introdujo el primer bulo en un medio de comunicación de los reales, a cambio, seguramente, de tranquilidad, dinero, sexo o poder, pero, desde entonces, nos ha lastrado a todos. Al contrario de lo que ocurría en la película de Gervais, lo que opina la sociedad, últimamente, es que todo lo que se dice en la prensa es mentira, y no se le da tregua. Es evidente que hay más falsedades de las que nos gustaría admitir, pero no todo el sistema está podrido, como se deduce de la idea que nos plantea Tezanos en el CIS, al preguntar indirectamente por la preferencia de tener, o no, un único modelo oficial de información. Tal y como dijo Carlos Alsina hace una semana en uno de sus monólogos diarios en ‘Más de uno’, «la lucha contra los bulos empieza por uno mismo», y no estigmatizando a un colectivo. Evidentemente, las manzanas podridas tendrían que salir fuera del tiesto: sean políticos, periodistas o tuiteros. Pero, del resto, ¿por qué no podemos presuponer una buena ética profesional?

Bastante tenemos ya con una crisis sanitaria. Evitemos, a toda costa, una crisis institucional marcada por la desconfianza y la bulocracia. Que se vayan de la vida pública aquellos en quienes no se pueda confiar, pero sigamos dándoles al resto una oportunidad, una pequeña presunción de inocencia. O bueno, qué sé yo. «No sabe, no contesta», grabaré como epitafio.

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