Buscando el Yo

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La palabra “felicidad” aparece en Google 48 millones de veces. “Amor” lo hace 215 millones. “Yo”, 315 millones. Cualquiera dirá que “yo” no es un término equiparable a “felicidad” o “amor”. Alguien escribe “felicidad” en la Red cuando se refiere a la felicidad, y “amor” cuando se refiere al amor. “Yo”, en cambio, aparece porque es un pronombre. Cuando se escribe “yo” no significa que estemos hablando del “Yo”. Usar las herramientas de búsqueda avanzada restringe aparentemente el resultado. Con todas las palabras: Yo; con la frase exacta: Yo; con alguna de las palabras: Yo. El resultado: 87 millones de hallazgos yoicos. Pero esta estupenda delimitación es ilusoria: Google no ha buscado Yo y sólamente Yo. Se ha entretenido en hallar todos los lugares donde aparece yo+yo+yo, incluidas la alusiones a Yo-yo Ma, al juego del yo-yo y a los gorgoritos de los cantantes de yodeln (yo yo yo hidrehooo).

 

Probemos con “yo sólo yo”: la búsqueda se restringe a unos doce mil ítems. Pero es inútil. Buscamos una categoría, no un pronombre más un adverbio más el mismo pronombre. Google no nos entiende.  El buscador repite ad nauseam páginas donde se reproduce una canción de Toto Cotugno; “…sólo yo, sólo tú…”

 

Con “amor” no ocurre lo mismo. Tecleamos “amor de madre” y aparecen 241.000 hallazgos. Tecleamos “amor al dinero” y se nos muestran 331.000 ocurrencias. Tecleamos “amor a los perros” y el buscador muestra 745.000. Es de suponer que la gente ama más a su madre que su dinero o a su perro. Pero el amor de madre no parece un sentimiento que merezca ser exteriorizado. Suponemos que los que confiesan amar a su perro lo hacen porque otros aborrecen aquello que aman. En China se come carne de perro. En Andalucía se ahorcan galgos. En otros lugares se organizan peleas de perros y son a muerte. No es el caso del amor de madre. Es muy raro que las madres coman carne de primogénito o de benjamín. También es infrecuente que los ahorquen u organicen peleas a muerte entre hermanos. Las madres adoran a sus hijos. Lo dicho: esta incondicionalidad del amor de madre carece de interés internáutico.

 

¿Y qué decir de la felicidad? Pues que más de trece millones de lugares contienen la palabra. No hace falta, además, delimitar la búsqueda. El amor admite adjetivos, matices y hasta categorías. La felicidad, en cambio, es una de esas palabras que son como el santo grial de la web: un término absoluto, es decir, aquel donde coinciden totalmente lo que se busca con lo que se encuentra. Allí donde aparezca la palabra “felicidad” hay felicidad. Calculando que las redundancias pueden reducir el porcentaje de páginas a la cuarta parte, se puede suponer que más de cuatro millones de páginas satisfacen nuestro afán inquisitivo. Dedicando sólo diez segundos a consultarlas, habría que emplear más de ochenta y seis mil días en la tarea, sin descanso. Si se reservan ocho horas diarias para dormir, alimentarse y mantenerse así razonablemente vivo, se superan los cien mil días. La felicidad total, como se ve, es inalcanzable. A menos, claro está, que exista la reencarnación. La búsqueda de los dos términos al alimón sólo arroja 145.000 resultados. Casi todos tratan sobre ese conjunto de creencias vagamente budistas que prometen felicidad en cualquier otra vida distinta a la que uno vive o ha vivido. Incluso hay sitios donde por el módico precio de un mensaje de móvil y luego de responder a un cuestionario dadá, te indican cómo han sido tus vidas anteriores (véase www.tuvidapasada.es).

 

Pero el problema inicial subsiste: si busca la felicidad es porque yo quiero ser feliz. Si busco el amor es por lo mismo. Si busco “yo”, en cambio, no encuentro lo que busco. El Yo se escapa a cualquier intento coherente de formalización taxonómica. Es desesperante ocuparse de un término tan ligado a nuestra época y tan vagoroso. Uno lee a Baudrillard, a Anthony Giddens o a Richard Sennett y el desconcierto aumenta. ¿Cómo interpretar frases como ésta: “el narcisismo depende de una parte elemental del aparato psíquico que entra en suspensión”? La cita es de Sennet: The Fall of Public Man, capítulo décimo.

 

Probemos con otra cosa. Se trata de leer a alguien que pocos soportan. No escribe bien. No es gramatogénico, que esa cualidad que poseen muchos ensayistas consistente en escribir de modo inteligible para cualquiera. Está muerto.

 

Probemos con Hegel.