Buscando en el mundo y a Dios (Thomas Merton & Ernesto Cardenal)

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Thomas Merton

Yo sabía de la existencia de Thomas Merton, sin haberlo leído, por Ernesto Cardenal. Pero el último libro, memorístico, de Antonio Muñoz Molina, Volver a dónde, escrito durante la pandemia, me incitó a la lectura de la obra de Merton, pues el ebdetense habla de él con notable devoción. Así que, a partir de entonces, decidí hacerme con tres obras del estadounidense: su autobiografía (La montaña de los siete círculos) un recopilatorio de sus charlas (Los manantiales de la contemplación) y una selección de sus diarios editada por Patrick Hart y Jonathan Montaldo, en traducción española de Isidro Arias Pérez. Al leer el libro de Muñoz Molina, deduje que el autor de Úbeda leía los siete diarios completos de Merton directamente en inglés, ya que este narrador posee la gran ventaja de dominar la lengua de Shakespeare. Ah, también me pillé la correspondencia, que atesora noventa cartas, que mantuvieron, entre 1959 y 1968, Ernesto Cardenal y Thomas Merton.

Aunque en 1915 nació en Francia, en la occitana Prades, capital del condado catalán medieval de Confient, en los Pirineos Orientales, Thomas Merton fue un prolífico escritor estadounidense. Conformó una potente obra en lengua inglesa. Su madre era precisamente de Estados Unidos y su padre, Owen Merton, pintor de cierta celebridad, procedía de Nueva Zelanda. Su infancia transcurrió de acá para allá. Comenzó sus estudios universitarios en Cambridge, Inglaterra, terminándolos en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Realizó su tesis doctoral sobre William Blake. En su autobiografía confiesa: “Creo que mi amor por William Blake tenía en sí algo de la gracia de Dios. Es un amor que nunca ha muerto, que ha contado muy profundamente en el desarrollo de mi vida.” De tradición familiar protestante, Merton siempre mostró algo de desprecio hacia la religión luterana. Desde siempre a él le atrajo más la liturgia católica. Influido por las lecturas de Blake, se convirtió al catolicismo en el año 1938. Tres años después ingresó en la abadía trapense de Nuestra Señora de Gethsemani en Kentucky, ordenándose sacerdote en 1949. En el convento permaneció 27 años, hasta su muerte.

Además de un gran y muy fluido prosista y ensayista de altura, Thomas Merton fue un hondo poeta. Y constantemente exhibió su faceta de activista por la paz, dispuesto a abrir un fructífero diálogo con otras religiones, escribiendo libros sobre el budismo, el movimiento zen y el taoísmo uniéndolos al catolicismo. Trató también los temas de los derechos civiles y los conflictos nucleares. En su diario, la entrada del 10 de octubre de 1948 es altamente lúcida y poética:

“Antes o después, el mundo está destinado a arder, y con él todas las cosas: todos los libros, el claustro juntamente con el prostíbulo, Fra Angelico juntamente con los carteles publicitarios de Lucky Strike, que no he visto durante estos siete años, porque no recuerdo haber visto ninguno en Louisville. Antes o después, todo será consumido por el fuego, y nadie sobrevivirá, porque para entonces el último hombre de la tierra habrá descubierto la bomba capaz de destruir el mundo entero y será incapaz de resistirse a la tentación de hacerla estallar y acabar con todo. Y aquí estoy yo sentado, escribiendo un diario… Pero el Amor se ríe del fin del mundo, porque el Amor es la puerta que da acceso a la eternidad. Quien ama está jugando en el dintel de la eternidad y, antes de que pueda suceder algo, el Amor lo habrá arrastrado más allá del umbral y habrá cerrado la puerta. Quien ama no tendrá que preocuparse de que el mundo se queme, porque no conocerá nada que no sea el Amor.”

Merton fue pacifista y antirracista.  En 1968 se trasladó a Tailandia para impartir unas conferencias sobre cristianismo y budismo en Bangkok. El 10 de diciembre se le halló muerto en su residencia al parecer electrocutado por querer reparar un ventilador. Mostraba una dudosa herida en la parte de atrás de la cabeza. No se le hizo la autopsia. Se especula que pudo ser la CIA quien lo matara, por el apoyo que mostró a Martin Luther King, asesinado en Menphis en abril de ese mismo año, año crucial en el desenlace de la guerra de Vietnam. Sin duda, el monje trapense era un personaje incómodo para el catolicismo convencional y el sistema militarista imperante. Su cuerpo está enterrado en la abadía de Kentucky, adonde fue trasladado desde Tailandia curiosamente en un avión en el que iban otros numerosos norteamericanos muertos en Vietnam.

En esos años vividos por Merton como clérigo, su acercamiento a Dios es plenamente satisfactorio. Dios, ente espiritual, diametralmente opuesto al mundo, al demonio y la carne, queda unido, sin embargo, en el pensamiento de Thomas Merton, a través del elemento humano. En el comienzo de La montaña de los siete círculos, su autobiografía, considerándose el activo artista que es, define que “la integridad de un artista eleva a un hombre por encima del mundo sin liberarle de él”. El contrapunto religioso, asociando lo humano con el mundo, así se expresa en su diario: “¡La alegría de ser hombre! Este hecho, que soy un hombre, constituye una verdad y un misterio teológicos. Dios se hizo hombre en Cristo. Al convertirse en lo que yo soy, Él me unió a Sí mismo e hizo de mí su epifanía, de manera que ahora se supone que yo lo revelo a Él.” A Cristo simplemente lo llamaba hermano.

Como Ernesto Cardenal, como Agustín de Hipona incluso (gran pecador en sus comienzos), Thomas Merton llega tarde al sacerdocio, habiendo cumplido cuatro décadas en su vida. Antes, conoció la juerga: beber, fumar, jugar a naipes, divertirse en pandilla, ser comunista con el alias Frank Swift, conocer a mujeres en el sentido con el que José conoció a María, descrito en el evangelio de Mateo (1,25), teniendo en cuenta que ese conocer es traducción del verbo griego gignósko, que significa conocer sexualmente. En algunos documentos biográficos se calla, por censura, que llegó a tener un hijo y él mismo extensamente confiesa que, siendo ya monje, en el último tramo de su vida, estuvo profundamente enamorado de una mujer, una enfermera, con la que, sin dejar de cultivar el erotismo, mantuvo su voto de castidad, hasta que el abad cortó tajantemente esa relación. Después de su conversión escribe: “Antes de convertirme al catolicismo, yo estaba medio chiflado, lleno de impaciencia, aburrimiento y pesar. Al hacerme católico, dejé de estar aburrido o inquieto, en cualquier sentido natural.”

Merton, como buen artista, fue un hombre contradictorio. Era muy proclive a las reuniones, a relacionarse con la gente. Llegó a ser maestro de novicios. Trató con religiosos de otras religiones, con diversos autores, con sus editores. Sus memorias llegaron a ser un sonado best seller. Los cheques que recibía por las abultadas ventas (entregas de 1.000 US$ de los de entonces, en 1948) se los entregaba puntualmente al abad. Conjugando su gran sociabilidad, también propendía a un absoluto aislamiento. En un momento dado, el abad le permitió, después de muchas reticencias, que, alejado de la comunidad, durmiese como ermitaño en un almacén de herramientas anejo a la abadía, con sólo unos tizones perviviendo en el lar, en las noches heladas, arropado por muchas mantas y recitando a solas los oficios nocturnos. De manera risueña, él declaraba que no era el tópico ermitaño del desierto, sino un renovado ermitaño del frondoso bosque que le rodeaba y le enamoraba. Por otra parte, él se queja asegurando

“que la postura de la orden es, de hecho, poco realista y bastante absurda. Que en una época como la nuestra nadie en la orden parezca estar preocupado por las realidades de la situación mundial de manera práctica, que los monjes en general, incluso aquellos que –como los benedictinos- pueden manifestarse plenamente, se vean inmersos en pequeñas cuestiones eruditas acerca de escritores y textos medievales de menor importancia, incluso para los sabios, es la mayor crisis moral en la historia del hombre. Esto me parece incomprensible. Especialmente cuando la política explícita de la orden cisterciense es impedir y obstaculizar toda expresión de compromiso, toda opinión manifestada por escrito que tenga algo que ver con la crisis. Esto me parece sumamente grave. La inutilidad de abordar la cuestión y tratar de solucionarla es evidente. Hablé sobre ello con el padre Clément de Bourmont, secretario del Abad General, y fue como si hablase con una pared. Total incomprensión y falta de empatía.”

Esta postura sigue estancada globalmente en el clero de la Iglesia Católica. Sin duda la mayor excepción puede constituirse en la figura del propio Papa Francisco, quien lo mencionó en un histórico discurso que pronunció en el Congreso de los Estados Unidos en septiembre de 2015, señalando que Thomas Merton “sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos”. En definitiva, desdeñando esos espurios ideales de la comunidad monástica, Merton cree firmemente que “no podemos ser santos si no empezamos siendo, por encima de todo, humanos.” Y especialmente él cree que “si he de ser un santo –y eso y no otra cosa es precisamente lo que debo pensar y desear-, parece que he de conseguirlo escribiendo libros en un monasterio trapense. Si he de ser un santo, no debo limitarme a ser un monje, […] sino que, además, he de poner por escrito aquello en lo que me he convertido.” Y le parece que el hecho de escribir, trabajo que asimila a su cotidianidad existencial, «lejos de ser un obstáculo para la perfección espiritual en mi propia vida, se ha convertido en una de las condiciones de las que dependerá mi perfección.”

Ernesto Cardenal

Un dato muy resonante en la biografía de Ernesto Cardenal, y enormemente divulgado, tuvo lugar cuando el papa Juan Pablo II, en marzo de 1983, visitó Nicaragua. Entonces, Cardenal, poeta, sacerdote y gran defensor de la Teología de la Liberación, era ministro de cultura del nicaragüense Gobierno Sandinista. Al llegar el pontífice al aeropuerto de Managua, el ministro, alineado con el gobierno, oliéndose la “tostada”, se arrodilló. Karol Wojtyla, al llegar a su altura, le recriminó duramente acusándole con el índice. Un año después, el papa polaco suspendió a divinis el ejercicio sacerdotal de Ernesto Cardenal debido a su postura izquierdista. No fue hasta 2019, a un año de su fallecimiento, cuando Francisco levantó la suspensión a divinis promulgada por Juan Pablo II.

Las afinidades entre Thomas Merton y Ernesto Cardenal son muchas. Dos religiosos que fueron, grandemente, hombres progresistas de su tiempo. Ambos poetas, traductores uno del otro. Por la universidad neoyorquina de Columbia habían pasado. Cistercienses, contemplativos, fueron por eso mismo revolucionarios, debido al ejercicio de serena reflexión  y de lúcida meditación que la contemplación implica. Situación más notoria en el caso de Cardenal. Los dos entraron en el sacerdocio a los cuarenta años, habiendo disfrutado antes de una existencia desinhibida. Ernesto Cardenal cuenta: “Después de unos años de una vida inquieta, en el doble sentido de la palabra ‘inquieta’, como vida mundana y como una vida angustiada por la vocación religiosa, llegó el momento en que tuve mi conversión, es decir, mi entrega total a Dios.” El nicaragüense, nacido en la ciudad de Granada en 1925, había sido muy enamoradizo y había tenido muchas novias, a la vez que siempre le movía el deseo acuciante de su entrega total a Dios. En sus memorias refiere que la ocasión de no comprometerse matrimonialmente con esas novias, siempre acaecía bajo elección divina. Y a pesar de sus sinceros gozos vitales, declara con clarividencia lo “que es el mundo: desde la quietud del monasterio puede parecer tranquilo y sereno, pero cuando uno entra es un infierno.” Sin embargo, Santiago Daydí-Tolson, en el prólogo a la edición que compila la correspondencia entre los dos clérigos, apunta que “el contemplativo no puede quedar ajeno al mundo y tiene que manifestarse en la acción.”

Antes de ordenarse, en 1965, sacerdote en Antioquia, en los Andes colombianos, Ernesto Cardenal ingresó en la abadía trapense Nuestra Señora de Getshemani. El maestro de novicios era Thomas Merton, del que Cardenal había leído todos sus libros. Así describe el novicio a su maestro: “Merton tenía unos ojos vivaces y regocijados; un semblante ingenuo e inocente; la cara redonda, y empezaba a ser calvo. Era un poco más gordo que delgado, no una figura alargada del Greco como yo lo imaginaba. Los trapenses no podían ser fotografiados, y así los millones de personas que leían a Thomas Merton, no podían tener una idea de cómo era.” Enseguida entablaron una  muy entrañable y fructífera relación. Merton le animó a Cardenal para que creara una comunidad cristiana en Hispanoamérica. Así, el poeta “granadino” fundó Solentiname, en una de las islas del archipiélago del mismo nombre, en el Gran Lago de Nicaragua, activando una sociedad versátil donde cabían todas las religiones e incluso las personas no religiosas aunque sí espirituales, fuera del carácter de los monasterios tradicionales y arcaicos imperantes. Ernesto Cardenal sostenía que, realmente, “Thomas Merton es el fundador espiritual de esta pequeña comunidad de Solentiname.”

Sin duda, con Rubén Darío, Ernesto Cardenal es el más grande poeta de Nicaragua y, por extensión, un miembro del clan más selecto de poetas hispanoamericanos. Su lenguaje poético es sumamente renovador, siendo atractivamente narrativa la elegante poética vertida en sus versos: “No es que yo crea que el pueblo me erigió esta estatua / porque yo sé mejor que vosotros que la ordené yo mismo. / Ni tampoco que pretenda pasar con ella a la posteridad / porque yo sé que el pueblo la derribará un día. / Ni que haya querido erigirme a mí mismo en vida / el monumento que muerto no me erigiréis vosotros: / sino que erigí esta estatua porque sé que la odiáis.” Este poema se titula Somoza desveliza la estatua de Somoza en el estadio Somoza, y pertenece al libro Epigramas. Cardenal fue traductor de Marcial y Catulo. A su novieta Claudia Argüello está dedicado este otro epigrama: “Me contaron que estabas enamorada de otro / y entonces me fui a mi cuarto / y escribí ese artículo contra el Gobierno / por el que estoy preso.” El propio autor explica su poema:

“El epigrama es autobiográfico pero no es enteramente cierto. Yo solía escribir en La Prensa artículos contra Somoza, como militante de un partido opositor, UNAP, pequeño pero muy beligerante, y esa vez por lo que habían contado lo escribí con más ira que de costumbre. En realidad los ataques tenían que ser cautelosos; era durante el primer Somoza, que gobernó 20 años y que en materia de censura fue mucho más duro que los otros Somozas. Uno no podía atacarlo directamente a él, ni mencionarlo siquiera; uno podía atacar al ‘gobierno’, al ‘régimen’ y él lo sentía como si se atacara a otros y no a él. Yo pensé que con ese artículo en el que me extralimitaba era muy probable que cayera preso, y me imaginé escribiendo desde la cárcel ese epigrama. Tampoco era cierto que entonces [Claudia] estuviera enamorada de otro como me habían dicho, ni lo estuvo todo el tiempo en que yo estuve enamorado de ella.”

Títulos consultados: 

Thomas Merton: La montaña de los siete círculos
Thomas Merton: Diarios (1939-1968)
Thomas Merton: Los manantiales de la contemplación
Thomas Merton-Ernesto Cardenal: Correspondencia (1959-1968)
Ernesto Cardenal: Vida perdida. Memorias I
Ernesto Cardenal: Las ínsulas extrañas. Memorias II
Ernesto Cardenal: Epigramas
Antonio Muñoz Molina: Volver a dónde

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