Cae la nieve en Nueva York

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Estación de tren en Westchester (Hudson Line), New York.

Otro invierno: la nieve.

Alguna vez fui acaso un hombre emocionado por la nieve. Por jugar en ella, deslizarme en ella, trabajar junto a ella.

Ya no soy ese hombre. ¿Quién soy?

Quién es éste que mira los copos caer y recuerda las calles blancas, los inviernos largos bajo su toldo amistoso: las noches al lado de la chimenea, las mañanas en que veía a los hombres y mujeres que como él, con botas, bufandas, gorras, abrigos muy largos, sobre la plataforma del tren, sorteando los peligros con paso lento, iban al trabajo.

Este hombre piensa, con cierto miedo, en la fuerza del motor que ha de llevarlo por las calles empinadas de su barrio. En los grados de temperatura dentro del auto, en las calamidades que suceden cuando las matas de los árboles, aún con hojas, se cargan con la nieve. En el frío.

Éste no es el joven que lanzaba los copos con sus primos en el jardín blanco de Mamaroneck, el que sobrevivía enguantado y resbalando por las escaleras del club de golf los domingos, los feriados, la Navidad en que le tocaba quedarse hasta muy tarde. No es tampoco el que le abría a otros hombres y mujeres que decían apreciarlo –en un idioma distinto–, la puerta del auto, la puerta de la calabaza jalada por caballos con la que daban la vuelta por los senderos iluminados y las velas de un Christmas en Knollwood.

Este señor, muy abrigado, no es el mismo que paseaba a los perros esquivando a las ardillas de Central Park, el que caminaba con la pintora valenciana sobre la arena entintada de blanco del mar de Coney Island, ni el que perdía los guantes mientras caminaba hacia el piso aquel de la calle Dean. Tampoco es el que a las 2 de la mañana se abrazaba a sí mismo bajo las frazadas y veía Kagemusha, Los siete samurais, Jules and Jim, Tokyo Story, Hannah y sus hermanas, Fanny y Alexander, detrás de las ventanas cerradas de un edificio de cuatro pisos en el Bronx, regentado por albaneses. Ese edificio de la calle Villa, donde ella entró alguna noche de invierno a portarse muy mal. Ese lugar donde esa prima que venía a llorar lo acompañó hacia la esquina del Bedford Cafe: ese Diner donde aprendió la diferencia entre los huevos Sunny Side Up y Over Easy.

Estaciones, meses. Cuánto ha cambiado este tipo que alguna vez solía comparar el sonido de sus pisadas con el de dos niños suecos que corrían por las calles nevadas de Uppsala. Este señor que hace no tanto abría las ventanas de su habitación en Lima, la que miraba hacia el jardín, hacia la pálida luz de esos diciembres de cielo medio claro que anunciaban el verano.

Hoy empieza el invierno. Y esta vez me parece, como que no soy yo.

East Hampton, New York
Old Tappan Zee bridge. Río Hudson. New York.
Estación de tren de Glenwood. Westchester, New York
Vista desde Riverdale. Bronx, New York.
Peekskill, New York
Hudson Valley, New York.

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