Cairo II

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Con el calor que hace en estos países me pregunto si el secreto para derrotar al islamismo no consistirá en cebar con whoppers a todas las tías mayores de 20 años para que acaben hartas de verdad de que las tapen con una sábana. Gordas despelotadas contra el Estado Islámico.

 

Pedro, sin apellido, se sienta a mi lado con un ipad en el que guarda con mimo documentación y fotografías sobre toda cuanta mezquita existe en El Cairo. La Victoriosa coño, que los artículos están para dar lustre y esplendor. A escasos metros una mujer con aspecto de mendiga, aunque vete a saber, igual es una periodista o una oenegera, busca mi mirada sonriendo. Señoras que todavía no se han enterado de que el turismo también evoluciona y los turistas hijos de puta ya vienen curtidos en mil batallas. “Mujer, que yo vivo en el Líbano. No nos han alterado ni un millón de refugiados sirios como para que usted en un cántico a la alianza de civilizaciones pueda conseguir algo”.

 

Dejamos atrás la muralla fatimí que rodea la ciudad para dar una vuelta por el cementerio que se extiende enfrente. Es un cementerio viejo con muchas tumbas de madera. Pedro asegura que los egipcios no se atreven a adentrarse en las ciudades de muertos porque la propia televisión los ha convencido de que están llenos de ladrones y asesinos. A mí, con mi buena conciencia del sur de Europa, me importan un huevo los ladrones mientras la robada no sea yo. No hay por qué asustarse, asegura el fantástico guía, si alguien pide algo se habla con él, con tranquilidad, se sonríe, continuas avanzando como si nada. No queda claro qué pasa a menos que seas Donald Trump y lleves dos pistolas en el bolso y un arco con flechas a la espalda, si uno es idiota, viaja solo, y en seis años solo ha logrado manejar cinco insultos básicos, mi caso.

 

Los primeros desgraciados que moran en los recintos funerarios no tardan en aparecer curiosos ante la presencia de guiris. Las pirámides no están por allí. Una gorda inmensa con túnica y brazos al descubierto sale a la puerta de su casa para cambiar impresiones con el guía sobre una tumba blanca, preciosa, destrozada por las inclemencias del tiempo. Su hija adolescente, preñada, velada, nos mira enfadada desde su silla de plástico. Con el calor que hace en estos países me pregunto si el secreto para derrotar al islamismo no consistirá en cebar con whoppers a todas las tías mayores de 20 años para que acaben hartas de verdad de que las tapen con una sábana. Gordas despelotadas contra el Estado Islámico. Que se cubran ellos.

 

Por el camino polvoriento surge también un piojoso chaval dándole empujones a un burro lleno de mierda y abalorios. Quiere captar nuestra atención, el burro hace cabriolas, los amigos del niño le pegan al pobre animal para que empiece a dar coces y crear así un conflicto diplomático. La miseria de los que sonríen es sencillamente aplastante.

 

Pedro decide que ya es hora de abandonar los lujos de la civilización y en un arranque de pasión me conduce fuera de la calle principal a vagar entre la arena de las lápidas. No hay forma humana de perderse entre el laberinto de tumbas. Sale gente de los lugares más insospechados interesada por lo que andas haciendo por allí. Yo sonrío como una tonta creyendo que de esta manera tengo un 1% más de posibilidades de que no me peguen un tiro. No tengo ni idea de dónde estamos, comienza a anochecer. Vislumbro a dos adolescentes que nos están siguiendo entre la marea de maderas podridas y los edificios marrones y cochambrosos que contienen el avance de los muertos. A morder la arena antes de los 40, una tremenda putada… Decido no seguir esquivando al destino y sin guadaña en la mano me doy la vuelta, esperando a que nos alcancen. “Matadme aquí” quiero gritar enseñándole el pecho al universo pero los chavales piden hacerse una foto. Dos manos sucias y callosas rodean mis flancos. Si empiezan a sobarme el culo voy a dejarme, si quieren hacer un vídeo también. Lo que sea para salir viva de allí.

 

Se despiden. El cabrón español promete venir a verlos, con su foto. Impasible prosigue su marcha hasta dar con un callejón mugriento por el que apenas cabe una persona. Gatos, rostros raídos, basura, bombillas solitarias, el color gastado por el sol inmisericorde… al fin hemos dado con algo parecido a una calle.