Caja con pompa de jabón

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Joseph Cornell construyó una cajita para Emily Dickinson. Daba igual que Emily Dickinson estuviera muerta. Joseph Cornell quería ofrecerle un lugar para descansar, por si ella estaba cansada de dar tumbos de un lado a otro. Y Cornell le puso a la cajita una ventana abierta que daba a un gran océano, para que Emily Dickinson pudiera escaparse si no se sentía a gusto en la cajita y prefería regresar al lugar en el que ella habitaba, aunque todo el mundo supiera que estaba muerta. La cajita parece una cárcel: pequeña, claustrofóbica, con un cerramiento de rejilla gris. Pero tiene al fondo esa gran ventana azul que da al mar. Por si Emily Dickinson prefería regresar. ¿Adónde? ¡Ah, eso sólo lo sabía Emily Dickinson!

 

Otra caja de Joseph Cornell se llama Caja con pompa de jabón. En realidad, Cornell hizo muchas cajas con pompas de jabón. Toda una serie. En esas cajas guardaba un arito de metal, un trozo de hueso de pájaro, un viejo horario de mareas, una luna menguante recortada de una revista. Quizá también había allí un sitio para Emily Dickinson. Y a lo mejor era ella la pompa de jabón.

 

Todos guardamos una caja con una pompa de jabón. O mejor dicho, muchas cajas con muchas pompas de jabón. Eso es la vida, una gran nave abandonada llena de cajas con pompas de jabón. Algunas cajas tienen cerramientos de rejilla y un vago aire carcelario. Otras son anodinas. Otras son confortables. Otras son inhóspitas. Otras tienen una luminosa ventana que da al mar. Y en todas ellas flota una solitaria, enorme, invisible pompa de jabón.

 

Ahora cojo una caja y la miro. No hay muchas cosas dentro de esa caja: una mesa de billar, una chica detrás de una barra, un gran espacio vacío con un hombre solitario en una esquina. Me acerco la cajita y veo más cosas: dos hombres jugando al billar, el ruido del viento en la calle, la música de fondo de una canción. Eso es lo bueno de las cajitas con pompas de jabón: que a veces también contienen música. Me la acerco al oído. Primero oigo el viento, un viento huraño que hace chocar el rótulo de una tienda contra una fachada de piedra. Pero poco a poco logro escuchar la música que suena en ese lugar en el que hay una mesa de billar y una barra. Es una música que hace siglos que no oía y que nunca me ha gustado demasiado, pero es la única música que encierra esa cajita con pompa de jabón: Don´t give up, una canción de Peter Gabriel.

 

Ya logro identificar el contenido de la cajita. Es el bar Charlie Tron´s, en Deià, una noche de invierno de 1987. Hay una chica sirviendo copas detrás de la barra y sólo tres clientes. Uno es el tonto del pueblo, un hombre con cara de pájaro que se llama Macià. Los otros dos son los hombres que están jugando al billar. Uno es zurdo. Es Ollie Halsall, un guitarrista inglés que vive en Deià. El otro, el diestro, es Kevin Ayers, un músico inglés que también vive en Deià. No hay nadie más. Bueno sí, yo, la pompa de jabón.

 

Me acerco a la barra y le pido una cerveza a la chica que sirve copas. En el pueblo me han asegurado que es inabordable. Ése es el adjetivo que han usado: «inabordable». Es una chica musculosa, distante, con cierto aire masculino. La miro a los ojos, cuando ella se inclina sobre la pila de agua sucia, y no veo nada inabordable en ella, sino unos ojos grandes y empañados, unos ojos que no han visto a nadie que les dijera que eran unos ojos muy bellos en vez de inabordables. Eso es lo que veo, unos ojos empañados por la neblina de que nadie les haya dicho nunca que eran unos ojos bellos. Y quizá sea eso lo que la hace parecer inabordable, esa neblina que empaña sus ojos y que flota ahí delante cuando ella se inclina sobre el agua sucia del fregadero.

 

Oigo el ruido de una bola que choca con otra. Macià está en una esquina, con una botella de cerveza vacía en la mano. Nunca habla con nadie. La gente del pueblo le saluda y le da un golpecito en el hombro y él sonríe y se aleja un paso y sacude un poco el cuello como un pájaro al que le están poniendo una tablilla en una pata rota, nada más. Ése es Macià.

 

En la mesa de billar, Kevin Ayers está limpiando el extremo del taco con polvo de tiza. Ollie Halsall está apuntando a una bola. Se conocen desde hace muchos años, han tocado juntos en algunos discos –el más famoso es June, 1,1974, con Nico, Brian Eno y John Cale- y ahora los dos viven en Deià. Ollie tiene una novia mallorquina a la que veo caminar por el pueblo con su cesta de esparto al hombro (la «senalla»). Es una chica agradable que tal vez sueña con niños y una casa grande, una chimenea, una hamaca en el jardín. En los conciertos improvisados en el pueblo, Ollie siempre toca la batería. Es uno de los mejores guitarristas del mundo, pero prefiere tocar la batería y que otros toquen la guitarra. Quizá ya no piensa en la música. Quizá prefiera soñar que algún día tendrá una casa grande, hijos, una chimenea, una gran hamaca en el jardín.

 

Kevin Ayers es más o menos mi vecino. Vive cinco o seis casas más abajo, en es Clot. Que yo sepa, vive solo. A veces lo veo en su Seat 850 coupé, conduciendo por la carretera de Sóller. Otras veces lo he visto con un mantón de Manila sobre los hombros, callado, sonriente como el gato de Cheshire, escuchando a alguien al que está claro que no tiene ningún interés en escuchar. Otra vez lo he visto leyendo un libro en la entrada del bar Las Palmeras, con los pies extendidos sobre una silla. Me fijé en el libro: parecía un best-seller de ésos que se compran en las estaciones de tren o en los aeropuertos, con muchas letras doradas y una portada llena de colores chillones. Kevin Ayers parecía absorto en el libro. Pero cuando me fijé mejor, vi que estaba dormido.

 

De vez en cuando, Kevin Ayers daba un concierto en algún sitio con una banda improvisada en Sóller o en Deià. A última hora casi nunca lograba salir a escena. Una vez logró llegar al escenario tambaleándose. Llevaba los antebrazos cubiertos de tiritas. «Mucho dolor, mucho dolor», dijo cuando se acercó al micrófono. Intentó empezar una canción, tocó varios acordes, perdió el equilibrio, se interrumpió. «Mucho dolor», volvió a decir. El concierto duró quince minutos. Kevin Ayers hizo una reverencia, estuvo a punto de caerse de nuevo al suelo y se marchó. El bajo tuvo que sostenerlo hasta llegar a los vestuarios.

 

Pero ahora suena Don´t give up. Kevin Ayers y Ollie Halsall juegan al billar. Macià está en su esquina, con su botella vacía en la mano. La chica inabordable está en la barra, en el mismo sitio, inclinada sobre el fregadero lleno de agua sucia, con los ojos empañados por esa triste neblina gris que la gente del pueblo cree que la hace «inabordable». El viento ruge en la calle, por la que no pasa un alma, y hace chocar el rótulo de una tienda contra una fachada. «No te rindas», canta Peter Gabriel con Kate Bush.

 

Miro bien la caja y ahora veo más cosas. Veo que Ollie Halsall, el guitarrista zurdo, morirá de sida en Madrid cinco años más tarde. Veo que la chica de la cesta de esparto vagará sola por el pueblo. Veo que Kevin Ayers se irá y volverá y nunca más volverá a componer nada digno de recuerdo. Veo que la chica de la barra se irá y nadie volverá a saber de ella. Sólo Macià se quedará en su sitio, aceptando los golpes en el hombro como un pájaro al que le están entablillando una pata rota.

 

Don´t give up, canta Peter Gabriel. Y la pompa de jabón flota un segundo en el aire, antes de quedarse atrapada en esta cajita que dentro de poco volverá al gran almacén abandonado que llamamos vida.