Caligrafías celestes

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Algunas alboradas de domingo amanecen así de tranquilas en la Huerta del Retiro. No se oye ni un pájaro, ni corre una chispa de aire. El temprano panorama matritense aparece tan dormido como sus habitantes; nada ni nadie se mueven, incluido el aire.

 

Los primeros aviones trasatlánticos que salen de Barajas, dejan grandes estelas de humo blanco sobre el cielo de la Villa, cuando la cruzan en dirección Oeste hacia Portugal. En esas mañanas ensimismadas se hacen por fin visibles las carreteras del aire.

 

El viento es la goma de borrar manchas en la atmósfera. Sin viento alguno, las colas de humo de los grandes reactores quedan suspendidas en el aire durante horas. Al principio, semejan grandes flechas blancas que surcan el aire; más tarde se van inflando, y toman formas caprichosas, siempre alargadas como embutidos de nube.

 

El cielo dominguero dedica su día de ocio a pintar caligrafías celestes con caca blanca de aeroplano.