Calígula en la máquina del tiempo

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Xoel Fernández está haciendo Calígula debe morir en el Teatro de las Culturas, un soliloquio escrito por Mabel Fernández (la directora) y el propio actor. La obra se sirve de una excusa histórica (el enloquecimiento de Calígula tras la muerte de Julia Drusila, su hermana y amante) para proponer una reflexión en torno al mal, la vulnerabilidad y la naturaleza humana. Así, el texto está salpicado de anécdotas pintorescas sobre los excesos del emperador: cómo instauró un luto en que nadie podía reír, mantener relaciones sexuales o comer con sus padres; cómo hizo cónsul a su caballo, algún que otro asesinato. A Calígula ya lo conocemos desequilibrado de puro dolor, y durante una hora nos relata su vida desdichada y sus terribles crímenes (justificando los segundos, claro, por los primeros). Una obra así, como sospechan, requiere un esfuerzo enorme para un actor; no simplemente por lo evidente (estar solo en la escena) sino porque el ritmo y la fogosidad que exige hacer a este personaje verosímil terminan siendo extenuantes. Fernández muta con agilidad en las diversas facetas de su personaje: unas veces atribulado, otras histriónico, ahora colérico, después guasón. Es hábil interactuando con público y sus interpelaciones son eficaces. Las butacas están tan pegadas a la escena que uno teme que, en cualquier momento, ese tarado se le venga encima.

 

El principal pero que tiene la obra es, a mi juicio, el texto. Permítanme hacer una comparación que creo que será esclarecedora. El mejor monólogo que he visto en los últimos años fue Diario de un loco, de Gógol, interpretado por José Luis García-Pérez. Gógol nos ofrece una progresión, desde las primeras confusiones (que son, incluso, cómicas) hasta el final atroz del personaje: desquiciado, recluido en la brutalidad del manicomio. Tengo presente el recuerdo de contenerme las ganas de reír en los primeros momentos de la obra, porque presentía que me iba a arrepentir de la carcajada. Durante ese viaje, empatizamos de un modo sincero con su desdicha, porque presenciamos de manera íntima el sufrimiento de un hombre que está perdiendo el juicio. La obra de Gógol (no he tenido tiempo de releerla antes de escribir estos párrafos) no necesita interperlar directamente al público (utiliza hábilmente el recurso del diario), ni precisa de disquisiciones sobre cuestiones externas al viaje de su personaje. El problema no es que a Calígula ya nos lo encontremos fuera de sí, sino que para contarnos lo que quiere no le importe hacer fullerías. La más evidente es el uso de una máquina del tiempo: en algunos momentos está en el siglo primero y en otros en el veintiuno. Abundan las referencias a la cultura pop y las interpretaciones interesadas del pasado mirado con los ojos del presente. Pero la segunda trampa, y la que me parece más empobrecedora, es la apelación directa a los espectadores. En cierto momento, hablando de los abusos que sufrió de niño, el personaje mira a su audiencia y les reprocha: «nunca hacemos nada». No es solo jugar la carta demagógica de la redistribución de la culpa, que puede ser lícita en tanto el personaje es el maníaco que es, sino optar por la solución facilona de propinarle moralejas al público en vez de articular un texto del cual un espectador inteligente extraiga, por su propia cuenta y sin literalidades, el mensaje que corresponda. La verdad del arte debe brotar por sí sola, sin necesidad de subrayados.

 

Con esto no digo que Calígula debe morir no sea una obra interesante. La interpretación de Xoel Fernández es muy elogiable y la obra es sugestiva. En la función a la que asistí, muchos espectadores encontraron sugerentes esos juegos dialógicos (que son retóricos, claro) y la gente entró al trapo. Además, es admirable que salas como la que nos ocupa nos ofrezcan estos espectáculos.

 

Y un reproche: la música está lanzada con mucha torpeza.

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