Calistenia de alejamiento permanente

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«A wild angel had appeared to him, the angel of mortal youth and beauty, an envoy from the fair courts of life, to throw open before him in an instant of ecstasy the gates of all the ways of error and glory«

Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man.

 

¿Por qué me fui? No sé si todos los inmigrantes, en algunos momentos cruciales de su  vida se lo preguntan. Sin embargo, yo he llegado a los 40 hace algunos meses y la pregunta me parece pertinente. No sé si la he reflexionado entonces, no me consta que me haya costado horas de insomnio ni que me haya perturbado el apetito –incluyendo el sexual– ni afectado mi sensibilidad. En algún momento de mi vida, a los 27 años, decidí empezar un viaje que se permitía la posibilidad de ser el de despedida. Y lo hice.

 

Una noche antes, una de las mujeres que más quiero, con el rimel y el color de las pestañas corrido, lúcida en su aparente embriaguez, me dijo mirándome a los ojos: tú no vas a regresar. Yo respondí que aquello era un disparate. Dije que ver el mundo no significaba abandonar el Perú, justifiqué que apenas si había pedido permiso en el trabajo y que, por lo tanto, terminados esos 6 meses de licencia estaba obligado a regresar. No sé si me creyó, supongo que no. Algunas veces, cuando he conversado con ella, años después de ese incidente, me da la impresión que hay un cierto grado de resentimiento por esa decisión. Que yo he abandonado a mis amigos, a mi familia, a mi país.

 

Lo he hecho. A pesar de mi edad y de mi inexperiencia, sin ánimo de darme más peso del que creo tener (casi nada), supongo que para mis padres, mis hermanos, mis amigos, algunos de mis familiares y mis conocidos, mi decisión de quedarme fuera del país supuso un abandono y una pérdida. Me imagino que aquella decisión mía implicó de su parte una resignación y, tal vez, el dolor que puede sentir quien cree que le ha dado a otro todo lo que tiene y sin embargo, éste se ha ido lejos.

 

El caso de mi hermano es muy especial. Él siempre ha sido reservado, pero jamás me ha demostrado otra cosa que no fuera cariño. La escasa distancia entre nuestras edades nos convirtió en compañeros de juego y en amigos, desde muy corta edad. En las fiestas y en reuniones familiares, siempre fuimos inseparables. Crecimos con las mismas amistades, frecuentamos los mismos lugares de juego, de juerga, de evasión. Hay una fuerte diferencia de carácter y aquella nos distanció de cierta forma aún cuando estaba yo en Lima. Estas diferencias se han hecho cada vez más hondas. Mi hermano me ama y sin embargo, cuando juzgo ciertas de sus actitudes, con la separación y la distancia (le han negado la visa dos veces y no pudo ir a mi boda, no conoce mi país, mi ciudad, mi trabajo, mis amigos, ni mi casa) el cariño se ha agravado. Mi carácter, el mismo que me permitió abandonar a los míos con relativa facilidad, me hace mirar ciertos momentos del pasado con crueldad de observador objetivo y no el cariño subjetivo del hermano. Supongo que esta reflexión me ayudará a sanar. Supongo que el amor prevalecerá. Sin embargo, la lejanía tiende a convertirnos en extraños.

 

Sufrí en Lima, con la intensidad con la que suelen sufrir ciertas personas que tienen una susceptibilidad especial. Con la ridícula importancia que le conceden a los sentimientos algunos de nosotros, sufrí de amor. Los 40 años vienen con lentes especiales y te mejoran la visión. Sólo así puedo entender ahora la intensidad de aquellas pasiones no correspondidas, situándolas con respeto al lado de las pasiones que yo no correspondí. Así como encuentro en mi memoria la intensidad del error en el cual insistí con ésta y esta otra mujer; también puedo identificar la patanería con la cual me comporté días y noches, cuando buscaba placer sin ofrecer nada a quien buscaba algo más; cuando juzgué insignificante el mismo amor que a mí me había consumido al estar del otro lado del cariño. Así como me patearon, yo también pateé. Así como yo sufrí, ella también sufrió.

 

Un amigo al que quiero mucho, pero que veo dos o tres horas al año cuando puedo cruzarme con él en Lima o en Nueva York, una vez me abrazó con fuerza y me dijo que me admiraba: «Yo no tendría el valor de irme así como así». Se refería a esos primeros viajes al extranjero, solitario, que vistos con la distancia del tiempo, hoy identifico como ejercicios de inmigración, como calistenia de alejamiento permanente. Entonces yo no creía que me iba, sino que simplemente conocía. Mis viajes eran aventuras que servirían a una vida completa enredada en los quehaceres y pormenores de la vida peruana. No me consideraba madera de inmigrante. Si bien es cierto que en aquellos viajes pude ver la promesa de la vida completa y feliz de quien empieza de nuevo. La reimaginación del individuo, el placer de hacerse uno mismo, desafiando al destino. El gusto de convertirse en otro. Porque yo soy ése pero también soy éste. El que negaba que se iba y el que reconoce que se fue. El espejo de aquel hombre que se llamaba como yo me llamo y jamás sospechó que podría ser yo.

 

Lima es cruel. Y tal vez soy un limeño cruel, en la medida en que a mí esa ciudad no me hizo nada e igual la abandoné. Educación privilegiada, clase media, tiempo libre, creencias y libertad para disponer de mi vida: todo aquello lo tuve, y lo dejé. No tengo derecho a criticarla, porque cuando aparezco en sus calles me siento todavía uno más de aquellos que la habitan. Siento que puedo caminarla otra vez e impresionarme con sus aires de villa triste y desordenada. Puedo contemplarla sin rencor, vieja y repintada y hacer el esfuerzo –inútil– de interpretarla. Inevitablemente hay calles que me conversan más. Por ejemplo: aquellas veredas de la urbanización donde las bicicletas de mi hermano y mis amigos saltaban en las mañanas quemantes de las vacaciones de verano; ese callejón donde besé sin poder descansar a mi primera enamorada de verdad; esas columnas alrededor de la Plaza de Armas; esas escaleras tan empinadas hacia un motel con nombre de monumento histórico, o esa pared frente a la calle Juan Pazos donde te apreté para besarte; ese camino entre la hierba debajo de un puente donde me eché sobre el concreto para fumar y beber, el estacionamiento de un centro comercial donde besaba a una muchacha hasta el amanecer; el descampado donde los tres hermanos nos bebíamos juntos una botella gordita y helada de vino Undurraga; un jardín, un parque, una primera caminata desolado por la Javier Prado, a pie desde el Estadio Nacional, una primera manejada ebrio, en un Toyota Corolla, para dejar en su casa a unos amigos más borrachos que yo; tus manos detrás de mi cuello, desde un taxi; tus olas salpicándome, sobre unas rocas; mi entusiasmo en una curva, el amanecer frente a una esquina, etc, etc.

 

Inmigrante, hijo del limo. «El poeta hinca sus treinta y dos dientes en el durazno diurno» decía Cortázar al hablar de John Keats ¿Será cierto? Cortázar sabía de emigrar y de vivir corriendo sobre puentes. Mi memoria camina una y otra vez sobre el mismo tapiz, la misma vieja lengua negra, el complicado olor a orina y pólvora de mis primeros 27 años. Como una bicicleta que no avanza, o tal vez que al no avanzar, precisamente, así camina.