Callarse para decir algo

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No hay cosa, el más mínimo guijarro de un camino, que no lleve a otra, que no sea una metáfora de otra cosa. Ni se piensa sin imágenes ni el universo sensible deja de darnos que pensar, constantemente. En este aspecto, vivimos rodeados de signos y metáforas.

 

Mirar, pensar y oír ya es hablar. No vemos con los ojos, ni con el cerebro. Vemos con un lenguaje, mientras escuchamos, atendemos o pronunciamos unas palabras. Mirar escuchando: así es el advenir del mundo. Lo cual sugiere, por supuesto, que las plantas, las piedras y los animales tienen su lenguaje, del cual no siempre sabemos mucho. También indica que todas las lenguas han de ser, en el fondo, la misma, pues tienen la gramática de un mundo exterior que, con sus mil configuraciones contingentes, acaece en un torrente. Cae en cascada que, por su fuerza, es incesantemente significativo.

 

En todo caso, no hay ningún órgano en particular que explique el lenguaje. La fonación, el cerebro, el oído, las manos, la expresión de la cara… no son suficientes. No hay órgano que explique el lenguaje, pues un sordo también lo tiene, del mismo modo que un mudo, una estación del año, un ciego, un niño o un animal. Si un cristal no tuviera un lenguaje nunca podría ser una piedra preciosa. Si un bosque o una cueva no tuvieran lenguaje no podrían ser algo parecido a un templo. Ni siquiera la ceniza es muda, recuerda Walser. Hasta su insignificancia es capaz de renacer en algo, dada su relación íntima con el omnipresente verbo de la tierra.

 

«Después de todo, si golpeamos una copa de cristal hace ruido, y esa respuesta, esa resonancia, es una forma extremadamente primitiva de consciencia», leemos en un libro poco conocido de Alan Watts. Y siempre hay resonancias, también en el más helado silencio. La solidez negra de los árboles hace señales verdes en sus copas, al transeúnte que es Pessoa. Toda realidad, también la más elemental, es simbólica. No hay cosa, el más mínimo guijarro de un camino, que no lleve a otra, que no sea una metáfora de otra cosa. Ni se piensa sin imágenes ni el universo sensible deja de darnos que pensar, constantemente. En este aspecto, vivimos rodeados de signos y metáforas.

 

Tal vez por esta razón la percepción es difícil, pues pone a prueba nuestro lenguaje y empuja siempre a otros significados. ¿Es este el motivo por el que hoy le tememos un poco a los sitios desconocidos y al exterior sin cobertura? De cualquier manera, simbalein «juntar»– aludía en Grecia a un objeto que operaba con dos partes, dos elementos mutuamente dependientes que al unirse lograban un efecto nuevo o sellaban un pacto. Pero si símbolo es la representación sensible de una idea, o la exteriorización de un pensamiento, no siempre esto se realiza por convención social explícita. Con frecuencia, al contrario, es la fuerza de un ser natural tigre, higuera, desierto, río, trigo, montaña, rayo la que impone el arquetipo de un significado común, tanto en la mitología como en la imaginación popular, en la heráldica como en la lírica de las naciones.

 

El ambiente, insiste Watts, es el alma de las cosas. «Cada cosa tiene una expresión propia, y esa expresión le viene de fuera»: un afuera que late dentro de cada ente, como su corazón. Todo es un símbolo porque desde que somos un diálogo, dice Hölderlin– cada cosa depende de otra, lleva a un firmamaneto de sentido, a otra vertiente. Ya el sonido más elemental es símbolo: pasos que se acercan, cantos de paloma, hielo que se raja en la noche, rumores de tormenta. El más mínimo grito humano puede de hecho tener muchos significados distintos, fenómeno que el silbo ha usado a fondo para la comunicación entre pastores canarios a través de los barrancos.

 

Una vez más, también aquí la pobreza terrenal mantenía la riqueza antropológica. Así pues, no estamos nunca ante la irrenunciable función antropológica del lenguaje. No existe en principio ninguna función. El lenguaje simplemente abre la existencia hacia el ser-afuera, lo Abierto que es parte sustancial de todo adentro. Lo cual también obliga a los insectos y a las plantas a buscar su propio cauce de expresión.

 

El ser más diminuto, recuerda continuamente Nietzsche, no puede dejar de considerarse el centro del universo, un foco de absoluta emisión de significado. El universo es una escritura, repite Cirlot. Las constelaciones son escritura, aunque tal vez discontinua y cuántica. Una cadena de montañas tiene ritmo, como un verso. Y el sonido del mar también lo tiene.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.