Calma

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En Bahia abrió el tiempo por fin. Después de tantos días de lluvia y carretera, pasamos la frontera de Espíritu Santo y volvió a brillar el sol, hablamos de muchas cosas, llegó la luna llena y encontramos nuestro lugar en el sur de Bahia, en Arraial d’Ajuda, un lugar de paz a pocos kilómetros al sur del agitado Porto Seguro. El pueblito nos acogió con los brazos abiertos. Un taxista -siempre los taxistas- nos dio la clave: id a la callecita que sigue al mirador de la Iglesia de Nossa Senhora d’Ajuda. Hermoso mirador con vistas al mar; a la mata atlántica que cubre todavía con generosidad el litoral brasileño, a pesar de los cinco siglos de devastación y expolio; a un cielo inmenso y pacífico en que la luna se empeña en salir de dia. En Porto Seguro, la luna es coqueta y tiene prisa por mostrarse.

 

Al final de la calle, a un precio que mejoró nuestras expectativas más optimistas, nos topamos con la pousada de Alto Mar, un lugar sencillo, agradable, cómodo, regentado por personas de esas en que la bondad se entrevé en la primera mirada. Al otro lado de la iglesia, el aire de tranquilidad inquebrantable se entremezcla con ese aire de ficción de los lugares turísticos, las pousadas y los restaurantes con charme europeo y los rincones con palmeras de reminiscencias caribeñas. Entre dos piedras con la palabra PAZ entramos cada tarde y cada noche por esta Rua Bela Vista que realiza, por fin, nuestra promesa de paz. Como reza la placa del mirador: CALMA. O sábio jamais se aborrece. O amor te fortalece.

 

Estamos en la Costa del Descubrimiento, a pocos kilómetros de Santa Cruz de Cabrália, donde los portugueses oficiaron por primera vez, hace 500 años, una misa católica en lo que vendría a llamarse Brasil. Algunos recuerdan que lo que los europeos denominaron descubrimiento fue una invasión, sangrienta y devastadora como pocas. Hoy, los restaurantes chic siguen en manos de europeos y de sus descendientes, mientras las baianas con sus turbantes, vendiendo cocadas y acarajé, me recuerdan a cada esquina que estoy en el estado más africano de Brasil. Felizmente, como Lorena me enseñó en Colombia, la brutalidad, el genocidio, el expolio de dos continentes, América y África, dejó también una herencia positiva, esa mezcla diversa y mágica de las tradiciones indígena, africana y europea, que se deja sentir en acentos y rasgos, en el color de la piel, en la gastronomía y la música, en la religión y las fiestas populares, como la fiesta del Bonfim el día de Reyes.

 

Los contrastes están ahí. Las sangrantes contradicciones de este mundo al revés que en Brasil se evidencian. Las noticias que me llegan, a trompicones, de mi España viniéndose abajo, del periodismo en deconstrucción. Pero, en el sur de Bahia, es difícil perder la calma. Es difícil no afrontar este 2012 recién estrenado con esperanza, con tranquilidad, con paciencia. Con fe.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.