Camaleón

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Hace unos cinco años, en la Granja de Esporles, en Mallorca, mi padre conversaba con su amigo Miquel Parets. Hablaban de Burundi, donde ninguno de los dos había estado desde hacía mucho tiempo. Hablaban de la misión de Gitongo, donde Miquel había sido misionero y mi padre médico durante cinco o seis veranos consecutivos, y Miquel, en un momento dado, le preguntó a mi padre si se acordaba del camaleón.

 

 -¿Qué camaleón?

 

 -El que teníamos en la misión.

 

 Mi padre frunció el ceño. Hizo un esfuerzo. Y entonces se le iluminó el rostro:

 

 -¿El que montaba guardia encima de la puerta?

 

 -Claro. Aquel que nos servía de insecticida. ¿No te acuerdas?

 

Y en aquel momento mi padre sonrió como si le hubiesen hablado de un nieto que hacía siglos que no veía, un nieto muy querido que por alguna razón viviera en el otro extremo del mundo. El camaleón de Gitongo era un animal insignificante que no debía de medir más de diez centímetros, pero había conseguido que dos hombres ya mayores lo recordasen cuando hablaban de su vida pasada en África. Si yo hubiera sido un camaleón, habría estado muy orgulloso de mi hazaña.

 

 Cuando estuve en Burundi no vi ningún camaleón, pero ese camaleón del que hablaban mi padre y su amigo Miquel Parets se me quedó grabado en la memoria. Andando el tiempo lo convertí en el camaleón Balduino (un nombre que su dueño le había puesto en honor del rey de Bélgica, Balduino, el marido de Fabiola), y lo metí en una novela que ambienté en Burundi. Balduino me caía muy bien y era uno de los personajes de la novela a los que le tenía más cariño, pero la novela se me hizo demasiado larga y tuve que eliminarlo. De todos modos, Balduino se resistió a desaparecer. Y no sólo eso, sino que luchó con tanto tesón que al final logró salirse con la suya. Estaba claro que Balduino no quería morir así como así. Y ahora ya es un personaje. Insignificante, sí, diminuto, sí, y de no más de diez centímetros de realidad ficticia, por supuesto. Pero Balduino “existe” en las arenas movedizas de la ficción. Si alguien quiere encontrarlo, está en este relato, que he titulado: “El camaleón y el rey”. Copio el enlace: http://delamanchaliteraria.blogspot.com/2010/07/el-camaleon-y-el-rey.html

 

Desde la conversación de mi padre con Miquel Parets, me he hecho un admirador de los camaleones. En Mallorca no hay camaleones, y en España tampoco son abundantes (sólo es posible encontrarlos en la franja más meridional de Andalucía). Hace algunos años, en la costa de Huelva, tuve la suerte de encontrarme un camaleón, mientras paseaba entre los tamariscos que crecen en las dunas de una playa. No sé por qué, había imaginado a los camaleones más grandes y más llamativos. En realidad son muy poquita cosa, y casi no se mueven, pero me dio la impresión –quizá porque son muy poquita cosa y no se mueven- de que los camaleones son animales felices. Desde luego, siempre están sonriendo, y eso es difícil cuando uno tiene dos grandes ojos que no paran de mirar a todas partes por miedo a lo que pueda ocurrir. Quizá eso haga más admirable su sonrisa: el hecho de que el camaleón parece muy consciente del desastre de mundo en el que le ha tocado vivir. Porque otra vez, al volver de echar gasolina, me encontré un camaleón cruzando una pequeña carretera comarcal. Debería haber parado el coche y rendirle honores a aquel camaleón, porque había que ser muy valiente para cruzar una carretera llena de veraneantes mareados por el sol y la cerveza. Pero allí estaba el testarudo camaleón, atravesando la carretera sin importarle nada de nada. ¿Quién dijo Napoleón? Nada de Napoleón: ¡Camaleón, Camaleón Bonaparte!

 

Ayer, paseando por una playa de Huelva, mi mujer me señaló a un hombre que estaba descargando una barca de pesca.

 

-Mira, es el Pitacho. Es el mayor, me parece, porque eran tres hermanos. Creo que ése era el que estaba enamorado de mí. Yo tenía doce o trece años, y él debía de tener uno menos que yo. Era tímido, muy tímido. Y como no se atrevía a decirme que me quería, un día me regaló un camaleón. Pobre chaval. ¡Un camaleón!

 

Es una de las declaraciones de amor más hermosas que he oído.