Caminando con extranjeros

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Según una vieja leyenda los nómadas –cazadores, peregrinos, trovadores o profetas- son precisamente aquellos que se aferran a una mítica región central que no cabe en ningún sitio, una deseada zona de sombra que les expulsa de toda sede. Por el contrario, la corrupción estructural de nuestra época estriba en que todo el mundo necesita un sitio, una identidad bajo la cual refugiarse. “Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado”, insiste Thoreau.

 

Dadme por amigos y vecinos hombres salvajes, no domesticados. La naturaleza de un salvaje no es sino un pálido símbolo de la terrible ferocidad que conocen los hombres buenos y los amantes. Caminar. H. D. Thoreau                                                                                                   

De Sócrates a la Beat Generation, de Novoneyra a Walser, la experiencia está unida al paseo, al viaje, al desplazamiento y el cambio de escenario. Y no se trata sólo de un cambio de lugar, pues es sabido que el entorno nos muda. Solamente fuera de nuestra rutina, en un ambiente ajeno y no climatizado por nuestro narcisismo, descubrimos nuevos horizontes, otros signos que nos afectan.

 

La cuestión del pensamiento, en Oriente y Occidente, en Europa y América, está íntimamente vinculada a la vivencia de caminar, de atravesar paisajes, cubrir etapas y sufrir ritos de paso. “La arboleda de nuestras mentes ha sido devastada, vendida para alimentar innecesarias hogueras de ambición”, insiste el autor de Walden. Para sobrevivir al esplendor de lo idéntico, la clave parece ser abrirse al exterior, recorrer parajes, como si el saber y los cambios que éste produce estuvieran hermanados con el ejercicio muscular de la travesía, con el hecho físico de cambiar de clima y lugar.

 

¿Ser pionero en un mundo sin ley, sin reglas? Recordemos simplemente que entendemos la cura a través de la variación, por el beneficio del tránsito. ¿Qué se le ha dicho siempre al melancólico, al depresivo, al que está hundido en un laberinto? Tome distancias, salga fuera, pasee, haga un viaje. Caminar, conversar, leer, viajar, ir al cine: el conocimiento de sí mismo se alimenta de las contingencias que ocurren fuera de la inercia, allí donde no estamos protegidos por la familiaridad “universal” de los signos.

 

Tanto o más que la formación especializada, son los accidentes, las deformaciones de un camino las que nos forman. Tal vez por esta razón una época profundamente conservadora como ésta, por la derecha y por la izquierda, ha congelado las vidas en logos de identificación, en vías numéricas, pasillos ideológicos, políticos o estatales. Todo el mundo solicita reconocimiento, ser visible. Pero estar en camino, decía Pasolini, significa aceptar no ser reconocido, ni siquiera reconocible.

 

En problema, entre otros, es éste: ¿Quién hecha de menos a un desconocido? Quizás por tal razón, la soledad actual de los caminantes –Jünger, Gary Snyder, Philip S. Hoffman– difícilmente puede evitar el alcohol o las drogas, que al menos prometen un viaje in situ, una liberación eventual del aislamiento.

 

Sin embargo, en el camino está el encuentro. Según una vieja leyenda los nómadas –cazadores, peregrinos, trovadores o profetas- son precisamente aquellos que se aferran a una mítica región central que no cabe en ningún sitio, una deseada zona de sombra que les expulsa de toda sede. Por el contrario, la corrupción estructural de nuestra época estriba en que todo el mundo necesita un sitio, una identidad bajo la cual refugiarse. “Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado”, insiste Thoreau.

 

Y otra vez: “En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Querría retornar a mí mismo en mis paseos”. Pero hay que recordar que, lejos de nuestra histeria de la identidad, tal cuidado de sí incluía este emblema de Caminar: “El mundo con el que estamos familiarizados no deja rastros y no tendrá aniversarios”.

 

Cierto, al caminar nos limpiamos de adherencias y a la vez nos multiplicamos, encontramos otras posibilidades que nos libran de la sordera de la rutina, enriqueciendo un poco nuestras vidas. ¿Qué sería del aburrimiento occidental sin las peregrinaciones y las migraciones; sin las vacaciones, las eventuales travesías y la exploración de nuevos territorios? Y hay que tener en cuenta que de un auténtico viaje nunca se vuelve, pues al regresar ya no eres el mismo, aunque casi nadie note nada extraño.

 

Caminar nos «distrae», nos libera del dogma de la identidad a favor de la existencia. A la vuelta podemos ver las cosas de otro modo. Así pues, escuchemos otra vez la sabiduría del camino, el conocimiento que se hace al andar. Un conocimiento que el viajero Nietzsche expresó así: Desconfía de todo pensamiento que antes no haya sido caminado.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.