Camouro

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Esta capítulo pertenece a la serie La Privada Moderna

Camouro

Don Guzmán era muy jaranero y querido por to­dos. Pero cuando sucedió lo que había de suceder y la familia se separó de él, comenzaron a silenciar su nom­bre que sustituían por “el canalla”.

Pues de “canalla”, nada. Lo que pasaba era que le gustaban mucho las señoras despampanantes y de las otras. Yo creo que le gustaban todas. Hoy, que han pa­sado los años, creo que todos fuimos injustos con él. Sobre todo yo, que lo adoraba. Ya sé que, por ser un ni­ño, era lógico que me sometiese a la presión de los ma­yores de mi familia. Pero, en el fondo de mi alma, siem­pre sentí que no le había correspondido con arreglo a la admiración que por él sentía.

El era el prototipo de hombre que presidió mi ni­ñez y mi adolescencia. Era mi referente masculino y de ahí nacería el sentimiento de “padre ausente”, una vez que me habían muerto al que había creado en mi co­razón.

Cuando se está formando la afectividad de un ni­ño, las mujeres deben arroparle en sus años primeros pero, después, deben ir dejando el paso a la admira­ción por todo lo que de viril y fuerte, de arriesgado y duro comporta la figura del padre o del que hace las veces de aquél.

No es justo defraudar a los niños. Sobre todo en su adolescencia. De la noche a la mañana no se puede hacer de un héroe un canalla. Y él había sido mi héroe y creo que jamás ha dejado de serlo. Las mujeres de mi familia me engatusaron con los idiomas, las carreras, la cultura, etc. No reniego de todo lo que esto me ha apor­tado. Pero ¿qué trabajo hubiera costado dejarme al Rey en su sitio? Algunas mujeres, a veces, se comportan co­mo la mantis religiosa. Admiran al macho por las cua­lidades que, después, censuran en él. Y el encanto de Don Guzmán estaba, precisamente, en su consecuencia vital. No era pequeña esa lección que me estaba dando y que me hubiera podido servir en cualquier otro or­den de la vida. Ser consecuentes. Ahí era nada.

Por eso sufrí tanto cuando, años después, alejado por millares de kilómetros espaciales y eras de afecti­vidad, supe que él estaba enfermo y que corría el peli­gro de morir solo. Aquel hombre tan animado y tan amigo de sus amigos. Protector nato de todos los ne­cesitados y comprensivo hasta la inconsciencia con los débiles de toda suerte. Sí. Sé que llamé por teléfono a las hermanas que acudieron a su lado en los últimos momentos y que les dije que se gastaran lo que fuera pero que no le faltase nada. Que lo llevaran a un Sana­torio. Que me tuvieran al corriente… qué sé yo… oí, al otro lado del teléfono la voz entrecortada por sollozos de una de sus hermanas mientras repetía en voz alta mis palabras a mi padrino. El, me decía, tenía sus grandes ojos azules, mares de luz y de afecto, clavados en el teléfono al otro lado del cual tenía que imaginar al universitario que no podía recordar más que como a un niño de unos diez años que fuera el último re­cuerdo que tenía de mí.

¿O quizá, retrocedió en el tiempo y se vino a aque­llos años felices que él llenó de sol en mi vida de los Gazules? Cierto que él había sido el astro de aquel mi­crocosmos y de sus alrededores. Yo le volvía a ver en el boxeo y en el fútbol, en la playa y en los “curros” adon­de se iban a escoger caballos durante “a rapa das bes- tas”, cuando los marcaban en Mougás y en la Valga. El habría sido un dios griego o, si acaso, un patricio ro­mano en provincias del Imperio. Lo malo es que, tanto él como yo, nos equivocamos de Edad histórica. Eso, era lo que nos unía y nos mantiene vinculados en el afecto del recuerdo.

Lo que, durante años, no me he perdonado fue el no haberme escapado de donde estuviese y haber vo­lado a su encuentro. Ya sé que eso no hubiera arregla­do nada porque…, a las pocas horas de haber telefo­neado yo, cerró los ojos para siempre. Cuando llamé de nuevo ya sólo pude escuchar sollozos que anegaron los míos y me sumieron en una tristeza inmensa como el azul de sus ojos, como el mar y como el cielo.

Por aquel entonces, él solía organizar, con otros matrimonios, excursiones a la playa. Recuerdo aque­llas mesas inmensamente largas en el Bar Camouro de la playa del Albeitar, cuando aún tenía aquella es­pecie de lago enfrente y cuando aún se podía ir en bo­te por la desembocadura del río y por aquella suerte de albufera con patos que salían disparados de entre los juncos.

Por la mañana, organizaba partidos de fútbol en la arena de la playa. Allí había futbolistas del Trueno, aficionados de todas las edades, y los hombres más va­riados y de procedencias diversas. Mi padrino dirigía, animaba, regateaba y decidía las cuestiones que sur­gían. El estaba en todo. Con su traje de baño de punto y con tirantes. Algunos llevaban trajes de baño a rayas.

Para bañarse, algunos se ponían gorros de tela y era frecuente que mi padrino llevase varias cámaras de camión para que jugase la gente que no sabía nadar. El sí que sabía. Y a mí me enseñó desde muy pequeño, un poco a lo burro, como se hacía entonces, pero era mejor aprender que no tener que pasar por la tortura de los baños de impresión. Qué ideas. Cuando comenzaban los baños, esto es, después de que la virgen del Carmen bendijese las aguas, ¡toma ya!, tenías que pegarte los catorce baños aunque diluviase y batieras diente con­tra diente. ¡Qué placer! ¡Qué masoquismo! o sadismo más bien, porque nos bañaban a la fuerza. Y había una especie de “bañistas o bañeros” que eran fauna aparte. Te agarraban mientras tú pataleabas y te llevaban ha­cia adentro. Tú berreabas mientras tu mamá, las tías y la abuela contemplaban desde la orilla, mojándose los pies, con la sombrilla quizá o con el paraguas según el caso, mientras las imaginabas. “¡Qué bien le vienen es­tos baños! ¡Qué bien le van a sentar!” ¡Qué dislate! Si nuestra generación debería de estar completamente traumatizada y no sólo por el problema del sexo y de la religión, que ésta era otra. Sino por aquellos baños. Menos mal que yo me libré porque mi padrino no era un bestia. El me decía “¿Tú te fías de mí? Pues bueno, no tengas miedo, yo te sujeto”.

Y así me llevaba un poco adentro y me bañaba ju­gando con él. No faltaba, de cuando en vez, la señora oportuna. “La cabeza, que el niño se moje la cabeza para que sean los baños completos”. Pero mi padrino me decía por lo bajo, “Si se tragara una raspa al revés y se estuviera callada”. O cosas por el estilo que a mí me maravillaban. Luego, me acercaba a la orilla lleván­dome colgado de su cuello y jugando conmigo ilusio­nado, quizá por el hijo que mi madrina no le había po­dido dar.

Al acabar el baño, me llevaba a caballo, sobre los hombros, hasta donde se encontraba mi madrina pre­parada con una enorme toalla. Después, nos vestíamos y nos íbamos al merendero. Aunque lleváramos comi­da como para un regimiento de reclutas hambrientos, él se metía por las cocinas, todos lo saludaban, y esco­gía de esto y de lo otro, encargaba sardinas asadas, un pescado así o asao, unos pimientos de Tambuje fritos, y todo lo que se le ocurría.

La comida era una fiesta. Con ellos podías levan­tarte de la mesa, ir y venir. Comer algo e irte a jugar. Regresar a los postres y hacer lo que querías. No como aquellos niños que los veías con un inmenso bocadillo de tortilla o de filete empanado, sentados sin moverse y las madres, arpías, repitiendo sin cesar mientras re­partían tortilla o ensaladilla, o intercambiaban un tro­zo de empanada, que ellas decían cacho, o se reían a carcajadas, pero vueltas a las pobres criaturas les decí­an sin venir a cuento “¡Tú te comes todo eso y no te muevas de aquí!” Y los chicos estaban dándole al bo­cadillo sin decir esta boca es mía. Entre otras cosas, porque no podrían. Pues no se comía pan en aquellos tiempos, que digamos. Y luego, ah, luego a nadie le permitían ir a jugar a la playa, “No os vayáis a mojar los pies y se os vaya a cortar la digestión”. A jugar al pinar y si podían reposar, mejor. A mí no me preocu­paba mucho porque dona Margarita era más moderna y nunca insistió mucho en lo del reposo, la siesta, el corte de digestión y otras zarandajas. Pero como mis amigos tenían que purgar allí sentados pues yo me te­nía que aguantar.

Eso si no me iba yo solo a pasear y a contemplar a la gente comiendo, hablando, riendo o retozando con el cuento de la siesta en los pinares y más allá. O en la playa desierta. No os vayáis a creer que a mí sólo me gustaban los entierros. No. Yo me iba de mesa en mesa y me sentaba. Si me interesaba lo que decían me que­daba, si no me marchaba a otra mesa.

Y cuando había acabado con todas las mesas y to­dos dormían como marmotas o como osos, porque al­gunas personas, echadas sobre las mantas marrones que recordaban las de los soldados, parecían osas par­das, me largaba a las cocinas a ver comer a los criados. También me sentaba con ellos y no por sentimientos democráticos, en aquellos tiempos, sino porque me ha­cían reír con sus burradas o con sus chistes de aviesa intención o con sus puyas a las maritornes.

Los domingos del verano eran una fiesta. Regre­sábamos a casa muertos de sueño. Por entonces, no ha­bía autobuses regulares ni frecuentes líneas de tranvías y mi padrino, como en el coche no cabíamos, fletaba un camión que conducía el señor Aureliano o el golfo de Narciso Capullo. Y todos los Gazules iba dentro con sus cestas, con sus mantas, sus garrafas y sus jaranas.

Para que os deis una idea de lo que aquellos ca­miones cubiertos significaban, no olvidéis la escasez de gasolina que entonces había. Y que, por otra parte, desde la parada del tranvía hasta los Gazules había un trecho muy largo y, además, el último tranvía regresa­ba a las siete, más o menos, y con el camión regresába­mos a las doce o todavía más tarde. Yo volvía en el ca­mión y cedía mi puesto en el coche a alguna señora. Aunque mi madrina insistía en que podía ir en sus bra­zos… pero comprendía que lo que a mí me gustaba era el jolgorio del camión. Además, allí iban Agueda, Bea­triz, Enma…, que se comprometían a cuidar de mí.

Hoy la gente no se puede hacer una idea de lo que significaba en aquel tiempo un domingo entero en la playa. Otras veces, mi padrino organizaba una excur­sión al monte Orto o al Xanxan, o a las fiestas de la Ru­da en Trasmanes o a cualquier otro sitio. Mucho se di­vertía la gente en aquellos camiones. Y yo sacaba la mayor tajada porque era el ahijado del organizador de todo aquello.

También es cierto que, a veces, aparecía dormido en mi cama porque algún alma caritativa me había traído en sus brazos. Y otra veces, por comer lo que no debía en todas las mesas, tenía vomitonas de abrigo. Pero valía la pena. Al día siguiente, dieta y ya estaba.

Un día en que nos preparábamos para salir para la fiesta de la Ruda en Trasmanes, yo hacía tiempo mientras la gente de los Gazules se acomodaba en el camión. Mi madrina me dijo que no me moviese de la calle y que fuera en el coche con ellos porque la Ruda era un lugar de mucha gente y me podía perder. Pero los manes no estaban de mi parte aquella mañana. Pa­só algo casi mejor que un entierro: ¡una boda que se ce­lebraba al otro lado de los Gazules! Yo, como siempre, seguí a la gente y, cuando me quise dar cuenta, ya esta­ba por el postre y gritando vivan los novios. Algo me debió sentar mal y me llevaron a mi casa. Mi madrina estaba desconsolada y muy preocupada.

“¿Pero cómo no habré caído en la cuenta de que tenías que estar de perejil en esa boda? Ya se ha mar­chado tu padrino. Todos se han marchado y yo he tenido que quedarme desconsolada buscándote con Isolda”.

Yo ni me atrevía a responder porque se me acerca­ba una vomitona por haber bebido vino y licores. En el fondo, pensaba que a mi madrina no le habría impor­tado mucho el no ir porque así podría quedarse leyen­do y escuchando música, pero como si adivinase mi pensamiento me dijo, mientras me sujetaba la frente sobre la taza del water “Aureliano me está esperando con el coche. Tu padrino se ha ido con todos condu­ciendo él el camión”.

  • yo, entre náuseas, “¿Tú no te vas a quedar?” “Ni yo ni Isolda, que es su día de salida”. Y yo venga a vomitar mientras preguntaba “¿Y yo?” “Te queda­rás durmiendo esta mona ¡a tus años!, qué bonito, qué espectáculo, si te vieran tus padres… No, si un día a ti te raptan”.
  • eso me gustaba. Yo siempre he estado esperan­do que me raptasen. Pero nunca tuve suerte.

Me tuve que quedar durmiendo la mona en casa de doña Claudia y aquel año no fui a la Ruda. Ahora estoy seguro de que si no fuera porque a “aquel hom­bre”, mucho se decía eso antes, no se le podía dejar suelto, mi madrina se hubiera quedado encantada.

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José Carlos García Fajardo
Seis hijos y doce nietos. Doctor en Derecho. Licenciado en Filosofía y Teología. Premio Nacional Fin de Carrera de Periodismo. Filosofía y Literatura en la Universidad de París y Relaciones Públicas en Oxford. Autor de Comunicación de Masas y Pensamiento Político (1984), Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África (1999), Marrakech: una huida (2001), Manual del voluntariado (2004), entre otros. Fundador de la ONG "Solidarios para el Desarrollo".

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