Canciones de 2023 (I): «(Just Like The) Setting Sun», de Beach Fossils

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Domingo 22 de octubre, Zúrich. Atravieso el cementerio de Sihlfeld camino de Plüsch, mi cafetería preferida del barrio. El cementerio es un festival de colores otoñales, con una amplia variedad de tonalidades entre el rojo ocre, el verde y el amarillo. Hago una fotografía con el móvil al panteón de la familia Gorgot (Pedro Gorgot, Carlos Gorgot y Ida Gorgot Bayer). Una rápida búsqueda en Google me sugiere que Pedro Gorgot Paronella fue un gerundense que aterrizó en Zúrich en 1874 y fundó en aquellos años la Bodega Española, una tienda de vinos y restaurante que todavía existe en el centro de la ciudad.

En Plüsch me encuentro con una compañera de la universidad. Nos sentamos en una mesa diminuta junto a un amplio ventanal. Compartimos datos biográficos básicos. Hablo de mi sobrino y ella me cuenta que creció en un pueblo muy pequeño de Austria, donde sus padres todavía viven. Al poco tiempo me muevo a otra zona de la cafetería con enchufes para poder cargar la batería del portátil. Desde mi nueva posición puedo ver la tienda de guitarras cerrada. A mi lado un chico y una chica se quejan – unas veces en inglés, otras en alemán –  de las vicisitudes de ser músico en una ciudad tan cara y hablan de otros amigos que tienen más éxito gracias a sus publicaciones constantes en Instagram. Pienso en dos amigos que tienen una banda y hace poco fueron contactados por uno de los sellos más importantes del indie de España. No tener muchos seguidores en Instagram contribuyó negativamente a que no fichasen por el sello.

Cuando salgo de la cafetería apenas hay gente por la calle. Los domingos en Zúrich es difícil encontrar comercios abiertos, especialmente supermercados. Recuerdo una frase del relato de Leila Guerriero que leí hace unos días: «El domingo late afuera como un fantasma o como un miedo». Está empezando a anochecer cuando escucho “(Just Like The) Setting Sun”, una canción de Beach Fossils que encaja muy bien en el ambiente fantasmagórico de la ciudad. Las canciones de su último álbum parten casi siempre de recuerdos concretos – “Woke up in California / Fucked up when we were younger” o «Staying out all night / We’re all taking drugs» – que se difuminan poco a poco entre guitarras envolventes. Cuando empieza la canción pienso en el primer disco de Ride y me acuerdo de escuchar “In a Different Place” una mañana nebulosa corriendo por el canal de Regent en Londres; en mi momento favorito de la canción, cuando entra el estribillo, pienso en Crosby, Stills, Nash, & Young y en el documental Harvest Time que vi el invierno pasado en los cines Curzon de Camden. Cuando acaba la canción hago una captura de pantalla de una parte de la letra que dice así: “Wish I was easygoing / Need too much melatonin / I know we’re burning out / Just like the setting sun”.

En la calle Aemtlerstrasse y varias de sus perpendiculares (Gertrudstrasse, Idastrasse, Bertastrasse) están algunos de mis edificios residenciales favoritos de Wiedikon. La tipología de los edificios es relativamente homogénea: casi todos tienen un balcón minúsculo y unas contraventanas que se abaten contra la pared. Las contraventanas son muy similares a las de la fachada trasera de casa de mis padres, que siempre me han encantado. Cuando era pequeño nunca las veía cerradas: mi padre era el encargado de cerrarlas antes de acostarse, cuando yo ya estaba durmiendo, y de abrirlas por la mañana, cuando todos los demás estábamos todavía durmiendo. No fue así una noche de verano de mi adolescencia cuando tuve que salir a cerrarlas porque los vecinos de la casa de enfrente estaban haciendo un exorcismo y tuve miedo de los espíritus malignos.

Cuando acaba la canción dejo sonar el resto del disco sin prestar mucha atención. Giro a la izquierda atravesando un colegio con varias pistas polideportivas. Allí se reúnen un grupo de familias sudamericanas para comer y jugar al fútbol. De vuelta en el cementerio hago una fotografía a una de sus entradas principales, limitada a cada lado por seis abetos elegantemente esbeltos y frondosos, y una pareja que camina hacia mí se da cuenta y posa para la foto. Pienso en el cementerio de Assistens en Copenhague junto al que viví durante seis meses y al que volví este verano una vez terminada la conferencia. Pienso también en el cementerio de Skogskyrkogården, en Estocolmo, al que mi hermano me llevó en mi primer viaje low cost de fin de semana cuando todavía estaba en el colegio. Recuerdo la cara de mis amigos cuando les conté entusiasmado – quizás en el descanso entre clase de química y dibujo técnico – que había visitado un cementerio y una biblioteca en Estocolmo, ambas obras del arquitecto sueco Gunnar Asplund. También pienso en un concierto de El Guincho en una sala de Södermalm repleta de gente cool.  

Antes de salir del cementerio me siento en un banco a escribir en las notas del móvil y hacer fotos a todo lo que me rodea, obsesionado con capturar este momento para siempre. Pienso en el día que descubrí fortuitamente esta zona de Zúrich en una soleada mañana de abril; pienso que pronto ya no estaré aquí y me siento un poco ridículo al anticipar la nostalgia de dentro de dos meses cuando piense en Wiedikon, en Plüsch, en Idaplatz, en los cines Riffraff, en el concierto de Chris Staples en El Lokal, en los ultraortodoxos de Manessestrasse, en nadar en el río Limmet un viernes de octubre, en el Kunstahaus y la fotografía de Ernst Scheidegger, en el museo de Vitra y el minimalismo de Tadao Ando, en las vistas desde el Uetliberg con C y D o en el cordon bleu de Schnabel en el centro de Basilea. Quizás, pienso de nuevo, canciones como “(Just Like The) Setting Sun» me recordarán que todo esto sucedió, que una tarde de domingo exploré un barrio de esta ciudad en gustosa soledad.