Capicomunismo

0
299

 

Escribió Pascal que cuando buscamos la verdad sólo encontramos en nosotros incertidumbre. Siempre, claro está, que nuestra búsqueda de la verdad se lleve a cabo libremente, sin las ataduras que suponen los prejuicios y la propaganda. En caso contrario, nuestra búsqueda terminará siempre del mismo modo: con una confirmación de lo que ya pensábamos. En otras palabras, el burro uncido a la noria nunca llega a un destino en el que no haya estado antes por muchas vueltas que sea capaz de dar.

 

En su libro Maonomics (Editorial Paidós, 2011) la economista italiana Loretta Napoleoni nos ofrece el resultado de su detallado análisis sobre el modelo económico, político y social chino con un propósito básico: compararlo con nuestra versión del capitalismo para comprender qué podríamos hacer mejor.

 

Según Napoleoni, en muchos aspectos, la visión que tenemos de China en Occidente se ha construido en base a ciertas inexactitudes, cuando no descansa directamente en auténticas leyendas. Asegura además que mientras la versión del capitalismo occidental ha mostrado rigidices infranqueables a la hora de enfrentar los cambios más vertiginosos de la globalización, el modelo chino ofrece una flexibilidad digna de ser tenida en consideración. Es decir que, mientras que en Occidente utilizamos andamios metálicos para construir edificios, en China siguen empleándose andamiajes de bambú, incluso en la construcción de modernos rascacielos. “No es de extrañar que la globalización se haya revelado un triunfo en China, un país donde el Estado sigue dirigiendo la transformación económica, y un fracaso en Ocidente, donde se delega la gestión de la economía en un mercado generalmente corruptor”, afirma Napoleoni.

 

Napoleoni no justifica en ningún momento las limitaciones del modelo chino: falta de derechos políticos, depredación medioambiental, explotación de los trabajadores, etc. Pero esas carencias no le impiden constatar que en el país asiático lo que es cierto hoy mañana ya ha cambiado, en algunos casos para mejor: incluida la situación de los derechos humanos en el país. En otras palabras, ninguna foto fija de China logrará describir con precisión el proceso de continuo cambio que vive el país. Mucho menos si se trata de una foto fija tomada con lentes occidentales (por mucho que el cuerpo de la cámara sea Made in China).

 

La economista italiana no ahorra críticas contra la versión del capitalimo que se nos ha impuesto en las últimas décadas. Incluso se atreve a cuestionar algunas de nuestras certezas: la principal sería que, contrariamente a los chinos, vivimos en una alegre democracia. “En un sistema en el que la élite financiera decide los destinos del mundo, repartiéndose la parte del león de la riqueza producida, mientras la política le va a rastras, ¿qué sentido tiene la palabra democracia?”, nos pregunta Napoleoni.

 

El principal atractivo de Maonomics es precisamente ese cuestionamiento de algunos de los aspectos que en las democracias liberales damos por seguros. Sobre todo cuando asumimos -con una arrogancia no exenta de temeridad- una descripción de nuestras sociedades como modelos que, en cierto modo, han logrado lo inalcanzable: llegar al fin de la historia, al finisterre de todas las utopías económicas y sociales. Napoleoni viene a decir lo que ya saben en Galicia: que en todo Finisterre se encuentra también una Costa da Morte en la que pueden encallar hasta los barcos tecnológicamente más desarrollados si el capitán no los sabe maniobrar.

 

Según Napoleoni, nuestros políticos grumetes han llevado a cabo maniobras cortoplacistas en las que cuesta ver soluciones reales para nuestros problemas: entre otros, cabe destacar el cada vez más elevado precio de la energía. Un hecho que motivó, en gran medida, una deslocalización masiva en búsqueda de el abaratamiento de uno de los principales costes productivos, la mano de obra (algo que en parte motivó también, por cierto, la apresurada ampliación de la Unión Europea hacia el Este). En opinión de Napoleoni: “la deslocalización únicamente dio a las empresas una breve pausa de respiro, ya que las expuso a largo plazo a la competencia brutal de países como China. Hoy se sabe, pero hay quien todavía se hace ilusiones creyendo que nos salvarán el diseño y la creatividad por ser, en estos ámbitos, superiores a los chinos. No es así, y si no logramos cambiar el curso actual de la historia corremos el peligro de acabar pidiendo limosna a los turistas chinos que viajen a nuestras ciudades-museo”.

 

Las soluciones a problemas complejos nunca son fáciles. Lo que sí resulta fácil -o debería resultar fácil- es realizar una descripción objetiva de los síntomas más problemáticos. Napoleoni dedica, por ejemplo, bastantes páginas del libro a analizar las dinámicas -positivas y negativas- que genera la relación entre empresas privadas y Estado. Una cuestión ideológica, pero también una relación que condiciona la eficiencia de una economía. “Para algo el gobierno es una entidad distinta a la industria; tal diferencia debería permitir a la clase dirigente imponer políticas que, aunque descartadas por las empresas, resultasen a largo plazo ventajosas para ellas o para el país. Pero en nuestro democrático Occidente se hacen las cosa de otra manera”, afirma la economista italiana.

 

La historia económica le da la razón. Como también parece bastante razonable la afirmación que justifica Maonomics y que debería motivar su lectura: “China no es necesariamente un ejemplo, pero puede servirnos de referencia para corregir las tergiversaciones de nuestra información”.

 

Ya se sabe que la distancia entre la certeza y la incertidumbre depende de la profundidad del autoanálisis que estemos dispuestos a llevar a cabo para retratarnos sin autocomplacencia.