Capítulo 17. Eva

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pan cabra

 

Cuando iba a por el pan, siempre tenía que esperar en una cola que se estiraba hasta la calle. Una vez dentro de la panificadora veía a las dependientas despachar con el uniforme blanco y el gorro de tela que les aprisionaba la cabeza para que no se les cayese ni un solo cabello. Estaban contentas con sus uniformes porque les recordaban al de las enfermeras.

 

En la espera hacia el mostrador observaba las bandejas de pasteles dentro de las lunas inclinadas de cristal, las compactas milhojas blancas, las magdalenas, los brillantes bollos de leche, las rosquillas de anís, los roscones, los emparedados de vegetales, las empanadillas. De vez en cuando alguna de las chicas aparecía abriendo las puertas de la trastienda. Podía intuir los trozos de masa distribuidos en las bandejas y los hornos de cocer, y cómo arrastraban cestos llenos de barras humeantes y olorosas. Cuando se iban y detrás se cerraban las puertas, al fondo, cerca del horno podía ver en la penumbra unas figuras pálidas, sepulcrales, estatuas revestidas de polvo blanco.

 

En la cola, a la persona que tenía delante siempre le gustaba el pan todo lo contrario a cómo lo quería yo. Posaba sus manos sobre el mostrador de cristal empañado de harina y decía: Démela blanca y crudita por favor. Entonces la dependienta le daba una barra pálida que iba soltando harina. Cuando por fin me tocaba el turno, por inercia me las daba todas crudas. A veces yo ni protestaba, me daba ya igual.

 

Algo muy diferente ocurría en el restaurante donde yo trabajaba. Una chica nos traía el pan todos los días y a la misma hora tocaba la bocina de su furgoneta, que por cierto era bastante desagradable. Cuando esto sucedía me daba un vuelco al corazón y dejaba inmediatamente lo que estaba haciendo y corría hacia la puerta.

 

Desde el primer día le dije que nos diese las barras bien cocidas y de aspecto dorado. Pronto me sentí atraído por ella, intentaba siempre darle la máxima conversación posible en el poco tiempo del que podía disponer. Mientras todo esto ocurría, de fondo se oía el sonido de las barras rozándose unas con otras hasta que quedaban inmóviles en  el cesto.

 

Nos vemos mañana, le decía.

 

Entonces se iba su pelo largo que resbalaba en la espalda, su trasero, sus piernas, su mano agarrando el cesto vacío, el talón de su tenis. Inmediatamente, los que estaban en la cocina me llamaban.

 

Hacía de pinche y servía mesas. Aprendía con aquel trabajo pero lo que me enseñaban era pura rutina, una cocina aburrida que se repetía cada semana.

 

Por supuesto allí también pasaba mis apuros con las comidas y, dentro de lo que podía, disimulaba e intentaba pasar inadvertido.

 

Pensé que si conseguía que ella viniese al piso y probase alguna de nuestras cenas, quizás no me olvidaría, para bien o para mal. Tenía que intentarlo.

 

Un día, cuando se disponía a entrar en la camioneta, la llamé: Eva, ¿estás libre el sábado por la noche? Ella se dio la vuelta  y en tan sólo unos segundos pensó la respuesta. Sí. Y la invité a cenar.

 

Al llegar a casa saqué una lata de cerveza de la nevera. Enseguida apareció Gang por la cocina y le conté entusiasmado que tendría una invitada muy especial el fin de semana. Le pregunté qué podía hacer de cena, ya que la quería impresionar. A él le encantó la idea.

 

Llegó el día y nos pasamos toda la tarde del sábado metidos en la cocina. Gang puso mucho empeño al preparar aquellos platos y me regaló dos extraordinarios. Al primero lo llamó Ensalada templada de pensamientos positivos y  el segundo fueLuna llena, estrellas lejanas y ancas de rana. Cubrimos la mesa con un mantel rojo y en el centro, a la espera, encendimos una vela.

 

Llamaron a la puerta y corrí a abrir. Aquella imagen me gustó. Venía vestida con un abrigo de color tabaco y debajo llevaba un vestido azul. Desde el lazo central de un cordel fino sujetaba un paquete de confitería. Me fijé en sus piernas delgadas que se estiraban hasta los pies haciendo el pino en la rampa de unos zapatos de tacón. Le di un beso de bienvenida y ella tembló. Aquella noche no tenía nada que ver con la chica salpicada de harina que veía  cada mañana.

 

La llevé hasta la cocina. Gang daba sus últimos toques a los platos, olía muy bien. Se miraron, él se inclinó, y a continuación, la besó. Eva, dijo. Noté algo extraño en aquel primer encuentro que no me gustó. 

 

Le pedí a Eva que se sentase y serví vino rojo en su copa. Cuando Gang trajo a la mesa el primer plato y empezamos a comer, ella quedó sin palabras, pero le delataban sus ojos. La ensalada de pensamientos positivos tenía una textura dulce que crujía entre los dientes y luego se transformaba en algo fundente que se deshacía en la boca. Al saborearlo sentíamos el aroma del verano, cuando éramos niños caminando en medio de campos plagados de vinagretas en flor y experimentábamos emoción al descubrir un trébol de cuatro hojas y retener en la cavidad de una mano algún que otro saltamontes.

 

El segundo plato fue un espectáculo. Gang apagó la luz de la cocina y trajo tres lunas llenas. Se podía ver en ellas la rana plateada que siempre vi allá arriba. En el fondo negro del plato brillaban cantidad de estrellas. Ella no se podía creer lo que estaba sucediendo y reía emocionada. ¿Quién cocinó esto?, preguntó. Fue Gang, le respondí.

 

Luna

 

Luna 2

 

Luna

 

Llegó el lunes y se vieron en el cielo unas nubes blancas que se desplazaban lentamente, a la manera de una caravana de camellos sobre un desierto azul.

 

Un día más me puse a trabajar de pinche y a medida que lo hacía los utensilios de cocina se iban despertando, las cacerolas, las sartenes, las fuentes y los platos.

 

Como todos los días a la misma hora sonó la irritante bocina y acto seguido entró ella cargada con el saco de barras de pan y el rostro manchado de harina. Ese día me sonrió llena de complicidad, diciendo: Gracias por invitarme la otra noche a cenar, fue muy especial. ¿Qué tal está Gang? Bien –contesté-. Si quieres quedamos otro día. Y así fue. El sábado siguiente la teníamos sentada de nuevo en nuestra cocina.

 

Desde la primera noche intenté acercarme más a ella proponiéndole tomar una copa los dos a solas y así conocernos mejor en algún pub tranquilo de la ciudad, pero debía de montármelo bastante mal porque siempre acabábamos saliendo los tres juntos a locales de ambiente caldoso y lleno de humo, rebosando gente hasta la entrada, aceras y alrededores, con una música en la que los sonidos graves y profundos entraban en mi estómago  hinchándolo como un globo.

 

Ella estaba siempre atenta a lo que salía de la boca de Gang, como si le produjese una poderosa atracción. 

 

Desde aquella noche en la que el chino y yo habíamos tomado el brebaje, se habían ido despertando dentro de mí sensaciones completamente nuevas con la comida. Notaba movimientos imperceptibles en los alimentos, sus olores me llegaban muy intensamente, sentía sus rumores y, lo más inquietante,  empezaban a surgir dentro de mí apetitos inconfesables.

 

Comencé a tener sueños muy extraños, lugares donde los animales eran el propio paisaje. Las vacas eran montañas que se movían lo mínimo, con pequeños escalofríos o temblores. Gigantescas, permanecían pastando con la cabeza en la tierra, rumiando muy lentamente. Las manchas blancas en las laderas de sus cuerpos eran nieves perpetuas, y las marrones o negras eran zonas de tierra y extensiones de bosques recubiertos de ceniza. Los rabos de los animales espantaban al viento.

 

En el sueño, el cielo estaba lleno de leche o cubierto de bandadas de aves negras que viajaban solamente en dirección al Norte. De la tierra emanaba agua y ésta formaba ríos con forma de tridentes. Los campos eran cabellos de reflejos verdosos moviéndose de un lado a otro igual que las algas del mar.

 

Otro de los sueños recurrentes trataba de reuniones secretas alrededor de mesas de piedra rectangulares, con gente encapuchada. Todos tenían la piel gorda y blanca de las cabezas de los pulpos y servían platos con trozos de animales del mar cortados a tijera.

 

Siempre ocurría en un recinto cerrado con el techo curvo de los túneles. A nuestro alrededor había varias piscinas de agua salada donde nadaban escualos, pulpos gigantes y calamares. Desde mi observatorio veía lomos oscuros que salían del agua. De vez en cuando el agua se alborotaba y salía disparada abriéndose como una mano, haciendo ruido, salpicando el suelo de cemento.

 

Una mañana, después de tener uno de aquellos sueños, fui a la cocina para prepararme el desayuno. Me senté en la mesa tranquilamente, la ventana estaba abierta, a fuera se encontraba el tendal donde colgábamos la ropa. Entraba desde la ventana una luz triste y velada, parecía que pronto comenzaría a llover. Encendí la luz. Después de tomar un té, vi en la ventana una enorme aleta de escualo que se asomaba erguida e imponente, al instante se sumergió en la corriente del patio y di un respingo en el asiento.

 

Me asomé por la ventana con cautela. Las paredes y ventanas, la ropa colgada, todo se envolvía en una atmósfera azulada. Supe entonces que había sido tan sólo una esquina del plástico que protegía la ropa de la carbonilla de las chimeneas y también de los excrementos de las sucias palomas,  levantada por el viento.

 

De ninguna manera podía superar las habilidades que tenía Gang cocinando, por lo que él acaparaba la atención de Eva. Desde la primera vez que llegó a nuestra cocina, se había quedado tan impresionada con lo que vio y probó que siempre quería repetir. Yo quería estar a solas con ella y me dedicaba a llamar su atención, a ser en cada una de aquellas cenas lo que no era, vistiéndome de forma diferente en cada ocasión de acuerdo con el menú.

 

Ella llegaba siempre expectante, con los ojos muy abiertos, pero ya cómplice de Gang, preparada para asistir a un espectáculo de magia, que me hacía recordar a la mujer que acompaña al mago. Y me fui obsesionando. ¡Eva sólo tenía ojos para él!

 

Una de las últimas veces que cenamos juntos él había cocinado pasta. Dentro de la cacerola  había provocado una tormenta. El humo de la tartera había formado una nube oscura que flotaba por encima de los fogones. De vez en cuando algún espagueti salía disparado, dando un salto y ocultándose en el interior de la nube. Después de unos segundos de nuevo bajaba para sumergirse en el agua hirviendo con una sacudida de zigzag.

 

Ya en el plato, la pasta tenía resplandores intermitentes que salían de la salsa, como una de esas tormentas que van perdiendo intensidad, alejándose, agachándose por detrás del horizonte. Cuando aquél aparato eléctrico por fin se fue y hubo calma en nuestros platos, comenzamos a comer. Su sabor estaba cargado de lluvia y tierra y se iba desvaneciendo desde la oscuridad de la boca.

 

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 18. Traición