Capítulo 2. Yo era un niño de pantalones cortos con las piernas llenas de negrones

0
291

Recuerdo la primera vez que fui consciente del olor de la comida. Estaba dentro de un ataúd y mi madre había cocinado lentejas. Eso me salvó la vida.

Yo era un niño de pantalones cortos con las piernas llenas de negrones por culpa del camino de grava de la casa. Aquella tarde jugaba en uno de los lindes de la finca. Había árboles frutales que salían de círculos de barro seco, y todo lo demás eran mechones de hierbas despreocupadas. Mientras apoyaba mi cuerpo sobre una tela metálica que servía de cerca el sol calentaba mis orejas, coloreaba las frutas y mis mejillas.

Oí un ladrido. Arriba una nube se estiraba al sol. Después se contrajo en su concha blanca. A lo lejos, por encima de una arboleda, se aproximaba una masa de nubes color plomizo.

Un pastor con los zapatos cubiertos de barro guiaba un rebaño de ovejas y cabras que levantaban una niebla de tonos ocres por el camino. Algunas repetían bien alto la letra B y las más avispadas decían la B y la E. Yo había aprendido a leer hacía poco tiempo.

El pastor me miró con ojos rasgados bajo la sombra de las cejas, se paró en jarras y, levantando repentinamente la cabeza, dijo: Oye, niño, si me lanzas naranjas y limones te doy un cordero.

Le contesté que sí inmediatamente y comencé a tirar de las ramas que rebotaban hacia arriba a medida que arrancaba la fruta. Al instante se las lanzaba, una tras otra. Algunas veces fallaba el tiro y caían a una acequia en forma de cuña sin gota de agua. La mayoría llegaron hasta el camino aunque al hacer todo ese trabajo me pinché los dedos.

Él, apresurado, metía la fruta en un saco. Cuando la recogió toda se lo puso al hombro y, con una frialdad pasmosa, se dio media vuelta. Entonces le grité: ¡Eh, eh! ¿Y mi cordero…? ¡Lo prometiste!

Él giró la cara enseñándome algún diente solitario, que bailaba dentro de un garito sucio y oscuro, después apareció la lengua e inmediatamente emprendió la marcha arrastrando su alargado colchón de ovejas.

Empujé la cerca con tanta rabia que cedió y caí en la acequia entre un amasijo de tela metálica. Sentí un fuerte golpe en la cabeza al chocar con el cemento. Una de mis orejas ardía. Por un momento permanecí con los ojos abiertos mirando al cielo. Era una anciana con el pelo suelto.

Después supe que habían pasado bastantes horas cuando vino a visitarme un olor intenso a lentejas y abrí los ojos. Todo estaba negro, mucho más negro que el lugar donde mi madre guardaba los conejos. Me faltaba el aire y algo apretaba mi cuello –más tarde comprobé que me habían puesto la corbata favorita de mi padre-. De fondo oía una ordenada letanía.

Comencé a dar golpes con las manos, gritando, dando patadas a aquella oscuridad estrecha, agobiante y dura.

Alguien levantó la tapa y todo se iluminó. Pude ver otro techo, el que ven los recién nacidos por primera vez. Era blanco y rugoso, iluminado por una lámpara que me era familiar.

Se asomaron un montón de rostros desconocidos que miraban asombrados. Cayeron al suelo los platos, se esparcieron las lentejas y saltaron rebotando las cucharas. Vi a mi madre vestida de negro con un collar que parecía hecho de brillantes habichuelas blancas. Me sacó de allí llorando y comiéndome a besos envueltos en saliva, dando gracias a Dios, pero lo que mi madre no sabía es que había vuelto gracias a sus lentejas.

También vi a mi padre pálido con su traje oscuro y la corbata negra. En sus manos sujetaba un vaso de zumo de naranja con granos de granada. Inquieto, moviendo las piernas, hacía gestos de incredulidad, sacaba un pañuelo del bolsillo una y otra vez y se secaba las gotas que brotaban de su frente. La tía Juliana se desmayó y permaneció por un momento en el suelo con la falda y la combinación levantadas, enseñando sus piernas de jamón de york y algo de sus bragas. Había mucha gente con ropas oscuras que yo no conocía. Y muchas voces y carreras por el pasillo.

En la pared vi el retrato de mi abuelo rodeado de un marco de olas, serio, impasible, mirando a la nada.

Esparcidos por todo el salón comedor quedaron copas con licores, infusiones, platos y cucharas con restos de lentejas.

Próxima entrega:

Capítulo 3. Soy cocinero y me da miedo cocinar