Capítulo 20. Una caja de misteriosos frascos

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Desperté acurrucado en la oscuridad de las sábanas, oyendo la cisterna del baño que trabajaba sin descanso. Me levanté y al pasar por el pasillo hacia el cuarto baño, entré en el dormitorio de Gang. La puerta estaba abierta de par en par. Él ya se había ido. El armario estaba vacío, las sábanas y las mantas dobladas, y encima  de ellas, su caja con los frascos llenos de aquellos líquidos milagrosos. ¿Por qué me los había dejado?

 

Tenía dolor de cabeza y fui a la cocina, metí la luna dentro de un vaso y se deshizo en miles de burbujas. Bebí y al rato había desaparecido el dolor. Después guardé la caja en el fondo del armario de Gang y lleno de rabia puse las mantas encima para no verla.

 

Me senté en su cama y se hundió ligeramente el colchón. Mi estomago no dejaba de hacer ruido. Imaginé a Gang arrastrando las maletas por la acera  y corrí hacia la ventana y apoyé las manos en el travesaño de madera del balcón, esperando que él aun estuviese por allí, el aire era húmedo y entraba por mi nariz como un spray. Una niebla espesa cubría la calle, como si todo estuviese bajo una lona. Los árboles, la gente, habían sido difuminados. Recuerdo que estornudé durante un buen rato. Caían diminutas gotas a cámara lenta. Me di la vuelta y salí de la habitación, la cisterna del baño seguía funcionando.

 

Calenté leche en una taza en el microondas, me senté inclinando la cabeza hacia atrás y con los dedos toqué mi prominente nuez. Con una cucharilla arrojé en el líquido blanco un par de montañas de café, el humo transparente que salía de la taza se volvió aromático.

 

“Traición, traición”. Me acordé de aquellas palabras.

 

Los primeros días pasaron y el piso se quedó en silencio, sin música, sin efectos especiales. Me dedicaba obsesivamente a ordenar el cajón de los cubiertos, daba una perfecta transparencia a los vasos y conseguía dejar como nuevas  las sartenes.

 

A medida que los días avanzaban empezaba a notar cambios en las comidas. Todo lo que iba cocinando no salía como yo quería o esperaba. Cuando quitaba la tapa de cualquiera de las ollas, y veía cómo estaba la comida, comprobaba que lo que había dentro no era lo que había metido. Entonces me llevaba sustos y sobresaltos.

 

Soledad llamaba a la puerta a menudo ofreciéndose para cualquier cosa y preguntándome si sabía algo de Gang. Lo echaba de menos, decía. Y recordaba aquella comida que habíamos tenido los tres juntos  con su familia  y la espectacular aparición del difunto. Yo seguía yendo al restaurante y recogía todos los días el pan, pero ella ya no lo traía en la furgoneta, lo hacía una mujer pelirroja. 

 

Dentro del armario, en la penumbra, la caja no parecía gran cosa al lado del amasijo de zapatos viejos bostezando, pero una atracción incontenible hacía que fuese a menudo a la habitación de Gang para levantar la manta y así ver el interior de la caja con los misteriosos frascos. Mientras, los zapatos que la rodeaban se transformaban a mis ojos en toda clase de bocadillos y berenjenas.

 

Saqué la caja y la coloqué en la mesa de la cocina. ¿Para qué servirían exactamente cada uno de aquellos frascos de diferentes tonalidades?

 

Guiándome por la intuición y por lo que le había visto y oído a Gang, fui probando en mis platos aquellas gotas estimulantes y anotando en una libreta los resultados. Sabía poco de las medidas y pasé grandes apuros, sobre todo con los pescados y alguna que otra carne.

 

Uno de aquellos días recibí una llamada de teléfono. Mi padre había fallecido. Colgué el auricular sin atinar y el aparato cayó al suelo. Estuve largo rato pensativo, en silencio, mi cara se iba mojando de lágrimas. 

 

Me encontré de nuevo en aquél salón de mi mirada de niño. Él yacía dentro de la caja, su rostro había sido maquillado y excedido en los colores, parecía que estaba vivo. Cerca de la nariz tenía una mancha como una mariposa tropical, de esas que van a beber humedades en  la piel.

 

Las tornas habían cambiado. Sobre una mesa baja vi una jarra de cristal con zumo de naranja y granos de granada, me serví en uno de los vasos que había alrededor. Por un instante vi de nuevo a mi padre semitransparente haciendo lo mismo que yo, con el vaso en la mano, asombrado por lo que estaba pasando, pero esta vez él no saldría de allí.

 

Supe después que había heredado el pequeño restaurante. Entonces renuncié a sus empleados y lo cerré por algún tiempo. Con todo lo que me estaba pasando era muy peligroso estar a merced de tantas miradas por la cocina.

 

Antes de abrir el negocio pasé varias semanas pintando y decorando las paredes, lo actualicé casi todo, así como el sistema de los manteles del comedor. No tendría ayuda, estaba dispuesto a arreglármelas solo con tal de que no descubriesen nada de lo que me estaba pasando. Yo sería el cocinero y también estaría al lado de la caja registradora.

 

Contraté a una empleada, Esperanza, para que me ayudase a servir las mesas, prohibiéndole desde el primer día que entrase en la cocina.

 

mesa

 

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 21. Los huevos definitivamente me daban pavor