Capítulo 3. Soy cocinero y me da miedo cocinar

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Ya no lo hago. Mi padre me había dejado una pequeña casa de comidas en la zona antigua de la ciudad, una calle vestida de nubes grises, de adoquines redondeados, de camelios enclenques y naranjos de troncos oscuros, de alguna mancha de tonalidades verdes en el suelo de las aceras, de cables de la luz cosiendo las fachadas, de miradas desde detrás de los visillos observando el pasado incompleto, o tal vez el aire del más allá. Edificios que desaparecen de un día para otro, para aparecer después de repente, sin vida, muertos, anodinos y  nuevos. De una señal de ceda el paso y de coches, demasiados coches.

Me iba muy bien el negocio. La gente se peleaba por entrar y guardaba cola para saborear alguno de mis guisos. Hasta llegué a poner el cartel de FILA ÚNICA con letras rojas sobre fondo amarillo. El local se llenaba y me gustaba oír el bullicio y las risas rebotando en las paredes.

 

Aunque ahora dudo si lo que hacía lo hacía realmente bien; las cosas no son siempre lo que le parecen a uno.

 

Mi restaurante tenía ocho mesas que cubría con hules de cuadros de colores,  así era rápido y fácil limpiarlas con una bayeta húmeda. Las paredes las había decorado con carteles de películas con alusiones al mundo de la cocina: El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. El festín de Babette. El chef enamorado. Comer, beber, amar. La gran bouffé. Viridiana. Vatel Las truchas.

 

En una alacena de dos puertas como tabletas de chocolate guardaba la vajilla. Los platos estaban pintados con diseños de la ópera Atila de Verdi. Los había decorado un pintor a partir de unos dibujos que había hecho en 1988 en el Lincoln Center de Nueva York. También guardaba allí las copas de vino de distintos colores con sus bases y cuellos dorados. Parecían copas de veneno.

 

Nadie podía ver las cosas terribles que pasaban dentro de la cocina. Por eso era absolutamente necesario que estuviese solo toda la mañana. Hasta última hora nunca sabía si podría abrir el local. Corría las cortinas de las ventanas que daban a la calle y  cerraba con llave la puerta. Me llevaba demasiado tiempo manipular los alimentos, siempre ocurrían incidentes que lo retrasaban todo. Por eso vestía un mono de mecánico y subía la cremallera hasta arriba para protegerme de líquidos y manchas de comida.

 

Esperanza me ayudaba a servir las mesas, pero lo hacía después de que yo hubiese cocinado. Ella no sabía nada de lo que estaba pasando y tenía terminantemente prohibido aparecer antes de tiempo. A veces, escondido, la observaba en la calle mientras ella admiraba los escaparates de las tiendas de ropa interior de la acera de enfrente: medias, batas, pijamas de algodón, camisones y zapatillas en maniquíes paralizados de labios dibujados y uñas rojas como pétalos de geranios. Me gustaban sus brazos voluptuosos que le salían de unas mangas apretadas. Sus pechos eran olas a punto de estallar.

 

Cuando terminaba de cocinar me vestía con el uniforme blanco reglamentario como si nada hubiese pasado. Mientras, la gente guardaba cola en la acera para entrar.

 

En la barra color caramelo colocaba los postres, que eran mi especialidad. Los preparaba con los ojos cerrados para no ver lo que ocurría y, para no escucharlo, ponía la radio bien alta, una emisora de radio fórmula, la que tuviese más anuncios y  la música más escandalosa y batía los huevos a toda velocidad haciendo mucho ruido contra el plato. Al principio lo hacía con un tenedor, pero no dejaba de oír esos sonidos. Luego terminé haciéndolo siempre con la batidora.

 

Me salían temblorosos flanes de huevo, jugosos tocinillos de cielo, muses de limón, de lima, de mango, de chocolate con plátanos y tartas de queso con arándanos. Las fresas con nata eran islas saliendo de una niebla blanca y espesa en el mar de la China.

 

Los clientes saboreaban mis platos de pescado y sentían las silenciosas profundidades del mar, el ruido de las olas rompiendo hasta diluirse en espuma cuando rozan la arena de la playa. Y comiendo cualquiera de los platos de aves, becadas, perdices, codornices, faisanes, cormoranes y patos, sentían la humedad de las hojas caídas en lugares sombríos, el aire azul de las alturas, el aroma de los juncos recortados sobre cielos naranjas y los olores marinos.

 

Si a alguien se le caía una copa de vino, quedaba en la mesa un lago al atardecer con reflejos de un sol rojo. Alguna mosca caótica volaba por encima de los platos, vasos, cubiertos y servilletas y los comensales la veían como la silueta negra de un pato siguiendo una trayectoria recta en el cielo. Luego en su casa, por las noches, seguían soñando.

 

Quienes comían las carnes y costilletas de mi restaurante ganaban en sabiduría. Entraban en sus mentes hazañas de la historia y comenzaban a hablar a los demás de guerras y hechos portentosos. Si iban un momento al baño ante el retrete les fluían las ideas. Al terminar de comer se levantaban con aires de sabio, arrastraban las sillas, tropezaban con alguna pata de la mesa y se olvidaban el abrigo, las gafas o el mechero y al rato volvían a buscarlos. Luego salían haciendo gestos con las manos y disertaban consigo mismos.

 

A mis clientes las marcas redondas de vino en el mantel les recordaban plazas de toros, grandes faenas de toreros y vueltas al ruedo saliendo por la puerta grande. Para ellos los vasos caídos de agua eran ríos sinuosos de agua fresca y las migas perdidas por la mesa eran nubes que iban cayendo del cielo.

 

Podía entender los sonidos que hacían los cubiertos, los platos y las copas a lo largo de las mesas. También los murmullos y lamentos de la comida entre los dientes.

 

Ponía servilletas de papel porque me gustaba ver cómo la gente creaba formas con ellas y las abandonaba en la mesa ya vacía. Luego yo las recogía con apariencias de mitras, pañoletas, pajaritas, piedras y barcos. También observaba los platos de mis clientes después de haber comido. En los paisajes que dejaban descubría caminos y sendas que habían dibujado con el pan. Con las sobras de los estofados de lentejas contemplaba montañas a lo lejos, rocas, huellas de carros y ganado por caminos de barro. En el rastro de los purés de verduras aparecían paisajes románticos, senderos perdiéndose entre arboledas y muros cubiertos de musgo. En los restos de arroces y pastas quedaban cielos de nubes naranjas y rojos, mares amarillos, marañas de algas y espumas de arroz. Con los de remolacha descubría lagos de color fucsia, reflejos de lunas blancas y nenúfares. Las tonalidades de lo que habían sido sopas de pescado recordaban al sol cuando deja de pintar encima del horizonte. Se deslizaban, se diluían, se iban borrando hasta quedar el blanco brillante del plato.   

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 4. Percepciones inquietantes de un cocinero