Capítulo 6. La cocina de las nubes

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Al día siguiente a media tarde llegó el chino con las maletas y se metió en su dormitorio. No salió de allí hasta la mañana siguiente, temprano, a la hora de desayunar.

 

Coincidimos los dos en la cocina, él traía un saco lleno de hierbas con las que se hizo una infusión verdosa de olor intenso. Nos sentamos a la mesa y hablamos de China, de su comida y también de las tapas españolas, sobre todo las de Andalucía y el País Vasco. ¡Pero después había que pagarlas, claro! Se empeñó en recoger las tazas del desayuno. Yo, con mis manos, dejé la mesa limpia de migas.

 

En aquella época yo hacía prácticas de cocina en un restaurante de un amigo de mi padre cerca de la universidad. Desde el primer día Gang y yo salimos juntos a nuestros respectivos lugares. Atravesábamos un parque de troncos alargados y bancos de piedra vacíos. Arriba las copas eran masas verdes que ocultaban el cielo. Con nuestros pies pisábamos una tupida superficie de agujas finas y olorosas hojas oscuras de eucaliptos.

 

A esas horas tempranas oíamos cantar a los pájaros que tejían una red con sus sonidos a lo que, de vez en cuando, los cuervos, con sus graznidos, le hacían agujeros. A lo lejos se escuchaban las bocinas de los coches y el sonido amenazador de algún taladro.

 

 

 

 

Había más gente en el camino, oleadas de estudiantes universitarios con mochilas, libros y carpetas, que se abrían como abanicos por el laberinto de senderos y troncos.

 

A veces, en nuestro paseo, las nubes le inspiraban los platos de nuestras cenas. Recuerdo un día que vio una nube con la forma de un saco de garbanzos, y aquella noche los hizo con espinacas. También veía formas de vieiras, caracolas, peces, corderos y cabras, barras de pan, pollos asados y hasta un día me mostró un pavo.

 

Cuando el cielo estaba empedrado de nubes blancas entrecortadas, sabía que iría al mercado a por una coliflor y que la comeríamos cocida con patatas. Otras veces me enseñaba el cielo lleno de carreteras y senderos de sal como las hojas secas de bacalao; las nubes oscuras con forma de gallo que se encarga de despertar y embravecer el mar, los panes negros que se columpian en las cimas de las montañas o los enormes peces, que mientras avanzan sobre el océano del cielo, se van comiendo las nubes más pequeñas. También me enseñó las algas y los largos tentáculos de pulpos que dibujan los aviones, las manos de las nubes que cuando estiran sus palmas y tensan los dedos, tapan el sol.

 

Hacía que me fijase en los árboles y en sus sombras, y veía sus caras con sus narices grandes, bocas abiertas para dejar pasar al viento. Los bajos y achaparrados con forma de seta, los que eran pulpos sinuosos de ramas gruesas y los puntiagudos, gigantescos pimientos verdes. Me enseñó a distinguir los mordiscos que tienen los árboles, decía que se los hacía el viento por las noches llevándose las hojas y las ramas por los aires para después dejarlos amontonados en las faldas de las montañas. Y las manchas de sangre que aparecen en los tréboles, y los rostros hambrientos que dibujan las orugas en las hojas.

 

Me mostró el viaje de los olores que salen de las cocinas de la ciudad a las calles y los parques. Cuándo se meten en las plumas de los pájaros, en las rendijas de las piedras. Se sumergen en el agua de las fuentes y descansan sobre las lagartijas. Cómo rozan los árboles, las hojas, las ramas. Cómo esquivan la soledad de los cementerios. 


 

 

 

Próxima entrega:

 

Capítulo 7:  Muerte y resurrección: el secreto de la cocina oriental