Capítulo 8. Aprendiendo el difícil arte de la pesca con las manos

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Algún que otro domingo, si el tiempo acompañaba, alquilábamos en el puerto una lancha a motor y nos llevábamos recipientes con los restos de la comida sobrante de la semana. Mientras navegábamos me daba la sensación de que atravesábamos una enorme plancha de metal que se ondulaba con el viento. A veces llegaba hacia nosotros la niebla y hacía que se entristeciese el mar. Más tarde la niebla se alejaba y, en el vientre de nubes leves, rozaba lentamente el horizonte descolorido.

 

 

 

 

Fondeábamos en mitad de la bahía y sentíamos el agua tocando el tambor del barco y veíamos las mejilloneras a cierta distancia tachando la superficie. A veces, allá lejos, por el gran puente colgante que atraviesa la ría, cruzaba un largo gusano de niebla.

 

Primero abríamos las sobras más pequeñas y las arrojábamos por la borda, los fideos de la sopa, el arroz, las lentejas. El agua se teñía por un momento y los restos flotaban dispersándose alrededor del barco. Tras unos minutos de espera todo comenzaba a agitarse y una masa incontable de peces diminutos salía a la superficie creando formas de peces enormes que se desplazaban a gran velocidad. El olor a pescado y algas me mareaba.

 

Después vaciábamos el siguiente recipiente con sobras algo más grandes. De allí a un rato sentíamos golpes profundos debajo de nuestros pies y el bote comenzaba a balancearse. En la superficie aparecía una maraña de peces más grandes que los anteriores que, a medida que avanzaban se iban comiendo a los otros, más pequeños.

 

Arrojábamos también restos de sopas y cremas con texturas gelatinosas y entonces emergía un manto de medusas que rodeaba el barco. Yo tenía la sensación de que flotábamos en un mar plastificado.

 

Al concluir poníamos la proa rumbo al puerto, sacábamos el rizón a la superficie y encendíamos el motor. El agua viajaba con nosotros y la estela se vestía de un gris abotonado de destellos. Un sol lejano y frío se iba ahogando. Sentía mi sangre, que se volvía mar.

 

Era difícil, pero siempre traíamos algún que otro pescado que habíamos cogido con las manos. Tirados en el tambor del barco, al vaivén de un cálido y turbio líquido marino, luchaban por vivir.

 

 

 

 

Próxima entrega:


Capítulo 9:  Olores al acecho