Capri c’est fini

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Ahora estoy tirado sobre la cama, en la habitación 706 de un hotel de Nueva Orleans. Escucho una y otra vez Capri c’est fini, la canción que enseñó a Vila-Matas que todas las cosas se acaban. En mi calle, la St. Charles Avenue, un sucedáneo impecable del tranvía llamado deseo de Tennessee Williams transporta turistas de una punta a otra de la ciudad por entre los rascacielos de cristal frío. El Superdome, no lejos de aquí, parece una isla de luz donde todavía rondan las almas. Anoche acabamos, cómo no, en Bourbon Street, abandonados a los placeres más antiguos que se conocen. No fuimos los únicos.

 

¿Cómo he llegado hasta aquí? En coche, cruzando Texas y parte de Louisianna, medio dormido, mirando las interminables praderas, los interminables aparcamientos, los centros comerciales, idénticos y deprimentes. Una suave brisa podría llevarse todas las iglesias y los talleres -casi indistinguibles- y no quedaría ni rastro de esta vida que observo por la ventanilla, sólo el espacio y la luz, imposibles de comprender en este país que parece reírse de la Historia.

 

Esta mañana, en el cementerio de Sant Louis, tumbas con nombres franceses, los Laresche, los Cassard, los Jourdain, los LeBreton, palmeras, cielo azul y humedad. El último cementerio que visité fue el de Collioure y, en cierto modo, todo me devuelve a ese momento. Allí, la tumba de Machado, la de Patrick O’Brian que no fuimos capaces de encontrar, el calor, las palmeras, los Cassard mediterráneos. Aquí, Marie Laveau, la reina local del vudú, algunos piratas, un tal Ladislav Papez que capta mi atención. Nacido en Checoslovaquia, muerto en Nueva Orleans en 1938. Violinista. La imaginación se dispara y me da una tregua, un descanso a tanta memoria.

 

Al otro lado del muro, una joven belleza se asoma al balcón y habla con alguien de la calle. Se ríe, cautiva, seduce y su niño le tira de la falda. Una joven madre, preciosa, negra, que domina a los mortales desde su balcón con vistas a un cementerio de piratas y bohemios.

 

De vuelta al mundo entramos en el Johnny White’s Sports Bar. 90 años de historia, 24/7, sin cerrojos en las puertas. Cuatro mujeres ocupan la barra, otra la sirve. Un bulldog blanco y viejo al que le falta una pata trasera custodia la entrada. La gente que pasa le hace fotos. Una de las mujeres juega con a una máquina de póker, bebe whisky, fuma, se consume. En la pared, un Mohammed Ali pintado por un niño de diez años y en el techo, una bandera de una división aerotransportada de Vietnam, quién sabe. La foto sobre las botellas de tequila de un chaval vestido de soldado. La mujer que se consume da media vuelta en un gesto extraño, como ocultando el rostro o como si no quisiera ver más nada y me da un billete de cinco dólares. Pon algo de música, hazme el favor. Me acerco al jukebox y elijo Ring of fire de Johnny Cash. Ella lanza un gritito sin mirarme. Era un tiro fácil. Sorbe el whisky y vuelve a quedarse atrapada en la pantalla de lucecitas, cartas y fichas virtuales. Bebemos.

 

Pienso en mi Capri y desearía que volviera para que ya no se acabara nunca.

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