Capullos

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Descubrí el pudor tarde, en pleno ardor, poco tiempo después de que se me explicase en el recreo que hacerse una paja no era la tortura irreproducible que yo sospechaba, y por la que me había prometido permanecer virgen hasta el primer polvo, que ahora que la digo es una expresión bellísima. Yo me empalmé sin querer, quiero decir de un modo involuntario y sin excusa, en la clase de un profesor con fama de duro que después de la expulsión llamaba a tus padres y se reunía con ellos con la frente tan sudada de preocupaciones que yo imaginaba, en su crueldad, que se maquillaba para recibirlos. Aquella tarde estaba yo sentado en la última fila y avisé a mi compañero de pupitre de que teníamos un problema gordo, y él me dijo mirando de reojo que bueno, que tampoco era tan gordo. El cuchicheo aquél y el peligro nos dejó de pronto a los dos con un empalme amateur, de los llamados tontos. Y así nos estaba yendo la vida cuando, en un momento de locura que ya no sé si descifrar en clave puramente homosexual, dimos el paso imprescindible que sella las amistades de los hombres de honor. Él me enseñó la suya y yo le enseñé la mía; las cartas sobre la mesa. Nos bajamos un poco el chándal, temerosos de la mirada de Dios, y contemplamos unos rápidos segundos aquellos capullos rosados en su desnudez, sin apenas pasado, imaginando ambos en silencio ardiente las guerras que tendrían que librar. Cuando por fin levantamos la cabeza teníamos enfrente al profesor mirándonos a los ojos por no mirarnos directamente a la polla. Preguntó que qué estábamos haciendo, como si por un momento se le pasase por la cabeza que le fuéramos a responder, y al acabar de preguntarlo nos expulsó con la voz especialmente cortante, y sólo su gusto por la rectitud y la discreción, esa querencia suya por el castigo fulminante y sin escándalos, más propia de un colegio de curas que de Campolongo, donde lo común entre profesores era cortarse las venas invocando a Satán, le impidió decir una frase histórica: “Vestíos y salid de clase”.