Cara pública, cruz privada

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Sobre El hijo del chófer, de Jordi Amat

 

La vida carece de argumento. En tanto se vive, todo es un caos. Una maraña de acontecimientos, consecuciones y altibajos. Pero con el paso del tiempo el río de la vida en estiaje acaba secándose y deja al descubierto todas sus tramas, todos sus cantos, encantos, rodados y la estela de un camino por reconstruir. Entonces, al rumor de sus huesos, alguien acude para contar esa historia. Pero antes «nadie conoce el argumento completo de su vida. La vida no tiene argumento. Solo lo inventan los biógrafos cuando elaboran sus ilusiones biográficas», dice Jordi Amat en su libro El hijo del chófer (Tusquets).

Esta narración de hechos reales retrata la vida, «oscura, demasiado», de un hombre que dedicó sus días al periodismo pero que muy pronto empezó a caminar hacia la deriva. Se llamaba Alfons Quintà (1943-2016). Un nombre y un apellido temidos por muchos que trabajaron con él. En un noble principio, era tan solo el hijo único, tímido y callado de Josep Quintà, el chófer del escritor Josep Pla. Ahí, en aquel tiempo en que visitaba la vida lenta del autor de Viaje en autobús se forjó todo. Bajo la sombra de un padre que según cuenta Amat era más chófer que padre, se fundó la leyenda de Alfons Quintà. «La leyenda sórdida de un personaje atípico».

Adentrarse en los claroscuros del protagonista y en la narración de El hijo del chófer no fue fácil para su autor. «No ha sido agradable y ponerle el punto final ha sido apaciguador. Necesitaba quitármela de encima». Antes de embarcarse en este libro de no ficción literaria, para Jordi Amat, Alfons Quintà era uno más en su lista de futuros entrevistados cuando preparaba un proyecto biográfico sobre la figura de Josep Benet, que Amat publicó en 2017 con el título Com una patria. Vida de Josep Benet (Ediciones 62). Empezó a interesarse por Quintà cuando leyó el obituario que este escribió sobre Benet: «Josep podría haber escrito mi vida con detalle». Se dice que muchos libros empiezan así: desvelándose, mostrándose, escogiendo ellos al autor. Desde luego, cuando Amat leyó aquello no se quedó indiferente. Menos todavía cuando en diciembre de 2016 Quintà asesinó a su mujer y luego se quitó la vida.

Ese mismo trágico año el periodista Juan Luis Cebrián publicó sus memorias, Primera página (Debate, 2016). Cuando Jordi Amat escribió sobre ellas en La Vanguardia dedicó unas líneas para hablar de un episodio de relevancia para la política catalana que relata Cebrián y en el que Quintà es protagonista. Corrían los años de la Transición y Quintà era delegado en Cataluña de El País, «el diario más influyente de España cuando los diarios todavía tienen influencia». Pero tal y como se relata en este libro, los subsuelos de la información y el engranaje clandestino de reuniones, conversaciones y movimientos para erigir un nuevo país y un nuevo sistema tuvieron sus consecuencias y sus actuaciones que coartaban la naciente libertad de expresión: los artículos de Quintà sobre los entresijos de Banca Catalana y contra Jordi Pujol empezaron a molestar. De modo que «por presiones políticas y económicas», el periódico tuvo que prescindir de él. Hasta ahí Quintà solo es una víctima, la cara pública «del gran periodista de la democracia en Cataluña» que podría haber sido. Pero cuando Amat empezó a tirar del hilo se daba cuenta de que se adentraba en las entrañas de la cruz privada de «un psicópata».

En 1968, antes de ejercer de periodista, su novia rompió con él y entonces la persiguió con una pistola amenazándola de muerte. Adversidades como esa o la expulsión de El País en 1980, empezó a encajarlas Quintà con «resentimiento» y un concepto de venganza que había leído en Marco Aurelio: «Venganza es no ser como ellos». Cuando ocurrió lo que cuenta Cebrián en sus memorias, el hijo del chófer pasó algunos años lejos del periodismo hasta que se dejó seducir por los manjares del poder político catalán, representado por Pujol, al que tanto había criticado en sus artículos —el más icónico lo incorpora Jordi Amat en este libro—, y fue nombrado director de la recién nacida TV3. «Podría haber tenido su Watergate. Pero él mismo se encargó de ocultarlo (…) Ha empezado a despeñarse por la línea descendente de la parábola de su vida».

Allí, en los estudios de televisión, maneja de nuevo sus dos caras: la del director solvente «que cumple con el intenso programa de reuniones» y la de quien impone en la redacción un terror de «ogro arbitrario» que «come con las manos», que amarga al personal, que grita, que insulta. Que amenaza de muerte. «Sabe aprovecharse de esa posición. Sabe que los otros saben que es mejor intentar mantener buena relación con él que enemistarse. Y porque sabe que ellos saben, se aprovecha de esa circunstancia». Pero todo el mundo lo evita. Él mismo provoca su abandono. Cuando deja de dirigir TV3 Quintà da tumbos por otros medios catalanes entre constantes fracasos.

El hijo del chófer no es solo una mera narración cronológica. Indaga en el porqué; navega en las sombras de la psicología de una persona compleja que arrastra traumas infantiles y familiares. En la biografía de Alfons Quintà hay un momento que coincide con sus inicios y despegue profesional en que decide romper con su pasado. De pronto empieza a hacerse a sí mismo, a labrarse su prestigio. Tiene avidez e inteligencia periodísticas y «una red de contactos que ya es la suya. No es la de su padre». ¿Qué pasó entonces para querer alejarse de la etiqueta del hijo del chófer de Josep Pla? ¿Por qué no quiso nombrar apenas aquel pasado si aquello le forjó como periodista, si aquello debió de ser un episodio privilegiado? Allí, en las tertulias en la masía de Llofriu, «el lugar donde Pla despliega su seducción», escuchando a la intelectualidad catalana del momento. «El poder intelectual es la influencia de las ideas». Allí, acompañando a Pla al puerto pesquero de Roses y siendo testigo de cómo el escritor ampurdanés conversaba con los pescadores y hacía acopio de material literario. Como un ejercicio psicoanalítico, Jordi Amat urde, yendo y viniendo del pasado al presente, del flashback al flashforward, las tramas y los traumas de la mente de Quintá.

«Ser amigo de Pla o su escudero o su caballero servidor acaba teniendo para Josep Quintà más importancia que ser marido y padre. Su único hijo primero lo intuye con desconcierto y luego lo asume con dolor. El matrimonio de sus padres ha empezado a carcomerse. El padre apenas está en casa. O está con Pla o está con los amigos de Pla (…) Cuando Josep Quintà regresa a casa, su hijo espera el momento en que lo verá marcharse de nuevo. Cree que lo hace para vivir con otra familia. Con la mirada sigue los pasos del abandono. Ese recorrido traza una grieta en su conciencia donde se va posando el resentimiento». Su huella de identidad será esa grieta abierta a lo largo ya de toda su vida. Y esa grieta traspasará en el fondo su mirada periodística. Porque un reportaje de Quintá sobre Pujol o Banca Catalana podía tener para él mucho de exorcismo personal. «Una noticia puede iluminar un tiempo. Diagnosticar la patología de una sociedad y descubrir cómo se proyecta en la psicopatía del autor. Una exclusiva puede ser un intento de parricidio».

Enseña Jordi Amat en la nota final de su libro que «la no ficción literaria tiene una función social fundamental». El hijo del chófer se centra en Quintà, sí, pero también refleja «las palpitaciones del tiempo». Dibuja el contexto de una época de la historia reciente del país desde Cataluña. La Transición, la forja de nuevos ideales, las libertades, la edad dorada de la prensa cuando no existía internet y la información viajaba entre aeropuertos y maleteros de motocicletas que corrían a toda pastilla hacia las redacciones. Pero también es una época convulsa en que la historia la escriben los lemas de las pancartas, las imágenes de la televisión y la política con «un pie en el cuarto poder». Una época de traiciones, de encuentros y negocios privados, el ensayo de la vida pública en el laboratorio de los despachos, la urdimbre a veces peligrosa entre gobierno y periodismo, entre cultura y nacionalismo, y esa «política más allá de la ley». Se asiste a este escenario, a estos párrafos, con frenetismo, como si el discurrir de las décadas aconteciese muy deprisa, al galope de los tiempos y de un estilo ágil y ligero, de frases cortas y tajantes que recuerda al de Javier Cercas en Anatomía de un instante (Mondadori, 2009).

Y en todo ese enjambre estuvo un hombre. Un hombre llamado Alfons Quintà que era un rastreador de la corrupción política y podría haber sido uno de los grandes. «No era un buen escritor de periódicos. Su prosa era descuidada, frenética, cocainómana, pero es un buen periodista a la hora de obtener la información que revela los secretos sobre tramas de intereses y el funcionamiento del poder». Pero a los cincuenta años, edad de máximo esplendor para un periodista según Amat, el hijo del chófer ya hacía tiempo que navegaba a la deriva.

Navegar. Cuando Quintà salía a navegar con su barca se desdoblaba en el hombre que quería ser y no podía. En el mar desaparecen todos sus miedos atávicos, su sensación de hijo de abandonado. El mar acoge a todos y él se acordaba sin traumas de aquellos años de su niñez entre su padre, Josep Pla y las gentes sencillas. «Le vuelven a la memoria las palabras de sabiduría vital de aquellos pescadores que conoció en la bahía de Roses». Y entonces Quintà crecía en entusiasmo. Se ambicionaba, soñaba, quería hacer un periódico que fuera el New York Times de Barcelona. «Él se imagina como uno de esos legendarios periodistas a los que lee, veteranos de la prensa internacional que le parecen un ejemplo de profesionalidad y comprensión de la realidad, que descubren la corrupción y tienen las mejores fuentes para describir lo que nadie se atreve a contar».

Quintà quiere ser ese periodista. Pero por desgracia «ése no es él». Dice Amat que «el barco es la infancia perdida. Y no la rencontrará porque la felicidad murió entonces». De modo que enseguida «pasa de la utopía a la psicopatía». Ya no es el mar una libertad sino un abismo. «De repente Quintà intimida, asedia, atemoriza» a aquellos a quienes invita a un paseo por la mar. Las ansias de humanidad y las aspiraciones «del que en su día fue un gran reportero» se ven frustradas. Y finalmente se ve traicionado y dominado «por sus demonios y el afán de venganza». He aquí el hijo del chófer. Las dos caras de «los despojos de su biografía», que ya por siempre permanecerán en este documento que entrelaza psicología y periodismo, historia y literatura, política y corrupción. Pero también mirada objetiva y mirada compleja, interpretativa, poliédrica. A partir de una perspectiva que muestra al protagonista desde todos los ángulos posibles.

 

 

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